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La Muda Del Serrallo

La Muda Del Serrallo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Venganza / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Ayla se despertó antes de que Sahra entrara.

El aire del dormitorio olía a cuerpos dormidos y a la humedad que siempre subía del suelo. Lina respiraba con la boca abierta. Yasmin roncaba bajito. Nur estaba de espaldas, el hombro subiendo y bajando con calma. Ayla se sentó en el colchón y se quedó quieta un momento, sintiendo el peso del día que venía.

Sahra apareció con la misma cara de siempre.

—La muda. Levántate. La bandeja ya está en la cocina.

Ayla se puso la túnica gris. Se ató el cabello con un trozo de tela vieja. Bajó las escaleras de piedra descalza, como todas las mañanas. El frío del mármol le subió por las piernas.

En la cocina el médico personal del sultán, un hombre delgado de barba blanca, revisaba una bandeja de madera. Había un cuenco de caldo, pan blanco, un poco de queso fresco y una jarra de agua con hierbas.

—Tú la llevas —dijo sin mirarla—. Dejas esto en la mesa de afuera de la cámara. No tocas la puerta. No miras adentro. Si alguien te pregunta, digues que solo entregas y te vas. Aunque no puedas decirlo.

Ayla asintió. Tomó la bandeja. Pesaba más de lo que parecía. El caldo humeaba y le calentaba las manos a través de la madera.

El camino hasta la cámara del sultán era más largo de lo que había calculado. Subió dos tramos de escaleras. Cruzó un pasillo con alfombras gruesas que ahogaban el sonido de sus pasos. Pasó junto a dos guardias que la miraron de arriba abajo y después apartaron la vista. Nadie detenía a una esclava con bandeja.

La puerta de la cámara era de madera oscura, tallada con leones y lunas. Delante había una mesa baja de bronce. Ayla dejó la bandeja exactamente en el centro. Se enderezó. Por un segundo se quedó quieta.

Desde dentro llegó una voz. Grave. Cansada.

—¿Quién es?

Otro hombre contestó, más cerca de la puerta:

—La esclava del desayuno, mi señor. La muda.

Hubo un silencio. Después la misma voz otra vez:

—Que entre.

Ayla sintió que el estómago se le cerraba. El eunuco que vigilaba la puerta la miró con sorpresa y después abrió un poco.

—Entra. Deja la bandeja en la mesa de al lado de la cama y sal. Rápido.

Ayla cruzó el umbral.

La habitación olía a incienso caro y a medicinas amargas. Había poca luz. Las cortinas estaban medio cerradas. En el centro, una cama grande de madera oscura. Y en ella, medio sentado contra varios cojines, estaba el sultán Kael.

No se parecía a la figura lejana que había visto desde la ventana. Tenía la barba más corta de lo que esperaba. El pelo negro le caía un poco desordenado sobre la frente. Los ojos eran oscuros y estaban entrecerrados por el dolor o el cansancio. Las piernas, cubiertas por una manta pesada, no se movían.

Ayla bajó la mirada al instante. Caminó hasta la mesa baja que había junto a la cama. Dejó la bandeja sin que temblara. Dio un paso atrás.

—Mírame —dijo él.

Ella levantó la cara. No había otra opción.

Kael la estudió unos segundos. La vista le bajó a las manos agrietadas, a la túnica gris, al cuello sin joyas. Después volvió a los ojos de ella.

—No tienes miedo —dijo. No era pregunta.

Ayla no contestó. No podía. Solo sostuvo la mirada el tiempo justo y después bajó la cabeza otra vez.

—Sal —ordenó el eunuco desde la puerta.

Ayla giró y salió. El corazón le golpeaba tan fuerte que le dolía el pecho, pero los pasos eran firmes. Bajó los mismos pasillos. Cruzó las mismas alfombras. Cuando llegó otra vez a la cocina, el médico ya no estaba. Sahra la esperaba con los brazos cruzados.

—¿Qué pasó?

Ayla hizo el gesto de dejar la bandeja y salir. Sahra la miró un segundo más y después asintió.

—Vuelve al corredor largo. Y no hables de esto con nadie. Aunque no puedas.

Ayla tomó el cubo. Se arrodilló en el mármol frío. Empezó a fregar.

Por dentro todavía veía los ojos del sultán. Oscuros. Cansados. Vivos.

Y por primera vez desde que había llegado a Zafira, sintió que la distancia entre ella y el hombre que le había destruido la vida se había hecho peligrosamente pequeña.

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