Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Fiebre
Paloma borró el *Gracias* con el canto de la mano antes de que la Suburban terminara de bajar la rampa del estacionamiento de Bosque Alto. No finjas que me conoces. Tenía razón: no lo conocía. No sabía por qué la había defendido tres veces en una noche para después hablarle como a una intrusa, y ya no pensaba preguntárselo. Dos guardias salieron de la caseta hacia la cajuela para bajar la silla de ruedas.
—Déjenla —dijo Alejandro desde el asiento—. Que la baje ella.
Los guardias se miraron y se hicieron a un lado. La silla de acero pesaba casi lo mismo que Paloma. La jaló del borde, la sacó a medias, y cuando tiró para desplegarla, el zapato se le fue de lado sobre el piso recién trapeado y la silla y ella se fueron juntas hacia adelante, directo contra él. Alejandro detuvo la silla con una mano y a ella del codo con la otra, sin cambiar la cara.
—Cuidado con la silla. Es lo único que me queda.
Uno de los guardias tosió para no reírse. Paloma era la única en ese estacionamiento que entendía el chiste completo: el hombre de la silla podía pararse cuando quisiera, y la estaba poniendo a cargarla delante de testigos para que nadie lo dudara. Se enderezó y le desplegó la silla junto a la puerta. En el rincón del estacionamiento había un Alfa Romeo rojo que no combinaba con nada.
—Lo trajo el chofer de los Linares en la tarde, señora —le dijo Fermín, siguiéndole la mirada—. Con dos maletas suyas. Dijo que el carro es de usted, que es la dote.
En la tarde. Antes de la fiesta, antes de que Carmina entrara al salón, su padre ya había mandado sus cosas a esa casa, como quien despacha un paquete. El Alfa Romeo era lo único que en toda su vida había estado a su nombre, y se lo habían dado para no tener que volver a verla.
Arriba, en la sala, Alejandro habló sin mirarla.
—Tu cuarto es el de huéspedes. A mi estudio no entras. No comemos en la misma mesa. Y nadie de afuera tiene que saber que no hablas.
Paloma asintió. Quiso escribirle que no se preocupara, que llevaba quince años siendo el secreto de alguien y sabía hacerlo mejor que él. No escribió nada. Recogió su maleta y se fue al cuarto de huéspedes.
* * *
A la mañana siguiente oyó salir la Suburban a las nueve, y al fondo del pasillo vio la puerta del estudio entreabierta. A mi estudio no entras. Entró. Sobre el escritorio había una carpeta con una etiqueta escrita a mano, *Matrimonio Linares*, y lo primero que encontró adentro fue un poder notarial. Lo leyó despacio, con el dedo, como leía en el ático las cosas que no le tocaba leer. El licenciado Alejandro Iturralde Arriola facultaba a su abogado para contraer matrimonio con *Paloma Linares Cordero*. Abajo estaba la fecha: *6 de marzo*.
Carmina había empezado con la fiebre el 7. Paloma lo sabía porque desde ese día toda la casa de la Roma había girado alrededor de su hermana, y a ella le subieron la comida más tarde que nunca. El poder era de un día antes. Nunca había sido un trámite por Carmina: su padre había puesto el nombre de Paloma en esos papeles desde el principio, y después la sentó frente al juez a decirle que los abogados lo arreglaban. Detrás del poder estaba la copia del acta, con su nombre y su firma. Le dolió más que la mano de Alejandro en el cuello, porque a él no lo conocía, y a su padre sí.
Al fondo de la carpeta había un sobre cerrado que decía *Capitulaciones y convenio*. Paloma le pasó el pulgar por la solapa. En la escalera se oyeron unos pasos de chancla y una mujer tarareando. Metió el sobre donde estaba, alineó la carpeta con el borde del escritorio como la había encontrado y salió sin hacer ruido.
En el cuarto le escribió a su madre. Quería preguntarle si lo sabía, desde cuándo, si alguna vez pensó decírselo. Escribió solo una línea.
*Mamá, ¿me deja volver a casa?*
La respuesta llegó media hora después.
*¿Volver a qué? Ya eres de los Iturralde. Pórtate bien y no me busques problemas.*
Paloma apagó el celular y lo metió en el cajón del buró.
* * *
Esa noche se sentó en el piso del balcón, con la espalda contra el vidrio. Las losetas estaban heladas y en abril la ciudad no pasaba de diez grados de noche, pero no tenía a dónde más ir, y a la medianoche seguía ahí. Pasada la una, el cuerpo empezó a temblarle de otra manera: primero frío, luego calor, luego las dos cosas juntas.
No tenía cómo llamar a nadie. Del otro lado de la pared se oía un radio bajito, así que se arrastró hasta la cabecera y golpeó con los nudillos. Tres golpes. Otros tres. Otros tres.
La puerta se abrió y una mujer bajita, de trenza gris y bata de franela, prendió la luz.
—¿Mija? ¡Ay, Dios, estás hirviendo! ¿Qué tienes?
Paloma abrió la boca. Salió aire y nada más. La mujer le tocó la frente, después la cara, y algo en sus ojos se acomodó despacio.
—No puedes hablar, ¿verdad, mija? —Paloma negó con la cabeza—. Ándale, ya estoy aquí. Soy Toña. Nana Toña.
El doctor Méndez llegó a las tres con cara de desvelado, la revisó y le dijo a Nana Toña que era estrés agudo, un cuadro viral y desnutrición leve: suero, reposo y que comiera de verdad. Le pusieron el suero en el brazo izquierdo. Cada vez que Paloma abría los ojos, Nana Toña seguía en la silla junto a la cama, con el rosario en una mano y el celular en la otra.
A media tarde del día siguiente, Nana se le acercó con un video pausado en la pantalla y la frente arrugada de concentración.
—Mira, mija. Aquí dice cómo se dice agua en señas.
Se tocó la barbilla con la mano abierta, torcida, más cerca de la oreja que de la boca, y con tanta seriedad que Paloma se tapó la cara con el antebrazo y se rio sin sonido, con los hombros, hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas. En su casa, su madre había prohibido las señas; nadie de su familia había intentado nunca hablarle así. Le tomó la mano a Nana, le dobló el pulgar y el meñique para dejarle tres dedos arriba y se los llevó a la barbilla. Nana lo repitió sola, y esta vez le salió bien. Paloma buscó el pizarrón en el buró.
*¿Le va a decir a la señora Mercedes?*
Nana Toña lo leyó con los lentes en la punta de la nariz.
—A la casona no le cuento nada, mija. Aquí nos entendemos a señas.
—*Gracias* —le dijo Paloma con las manos.
Nana no entendió la seña, pero se le puso la cara roja de gusto igual.
* * *
Esa noche la fiebre volvió a subir, y Paloma flotó entre el sueño y la cama sin saber qué hora era. Ya de madrugada, una mano se le posó en la frente. Era grande y estaba fría, y se quedó ahí mucho tiempo, sin moverse. Paloma no abrió los ojos; escuchó. No había rechinido de ruedas en el pasillo ni chasquido de frenos junto a la cama, solo una respiración larga y después unos pasos que se alejaban sobre la duela. El dueño de esa mano había entrado caminando, y en esa casa solo había un hombre que caminaba a escondidas.
Despertó con el cuarto lleno de luz y la fiebre ida. El suero ya no estaba, solo una curita en el brazo. Sobre el buró, su celular estaba conectado al cargador y encendido, aunque ella lo había dejado apagado dentro del cajón.
Bajó a la cocina descalza, agarrada del barandal. No había nadie. En la estufa, a fuego bajo, había una olla de peltre que olía a canela, y junto a ella, apoyada contra el azucarero, una hoja doblada. La letra no era de Nana Toña. Era de hombre, apretada, inclinada hacia la derecha.
*Nana Toña salió. Hay atole en la olla. Desayuna.*