Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 10: EL PISO SEGURO
Diez minutos después del atentado en el estacionamiento subterráneo, tres patrullas policiales y una ambulancia acordonaban la escena. Gabriel Prado caminaba entre los escombros de metal y cristal con la mirada oscurecida por la frustración. Su presencia en el lugar era abrumadora; vestía el mismo traje oscuro de la noche anterior y mantenía las manos dentro de las ranuras de su gabardina mientras escuchaba el reporte del técnico forense.
Elena estaba sentada en la parte trasera de una ambulancia, cubierta por una manta térmica dorada, mientras un paramédico le limpiaba un rasguño en la mejilla. Damián permanecía a pocos metros, escoltado por dos oficiales armados que le impedían acercarse a ella.
Gabriel caminó hacia Elena y le hizo una seña al paramédico para que los dejara a solas.
—Tiene suerte de estar viva, señorita Marín —dijo Gabriel, apoyando el pie en el estribo de la ambulancia—. Las cámaras de seguridad del estacionamiento fueron manipuladas tres minutos antes de la aceleración del vehículo. Quienquiera que conducía esa camioneta conocía los puntos ciegos del sistema.
—Fui atacada por el contenido del testamento —dijo Elena, mirando a Gabriel fijamente—. Alguien no quiere que tome posesión de las acciones de Julián.
—O alguien montó este espectáculo para hacerla parecer una víctima ante mis ojos y desviar la atención del verdadero centro de la investigación —replicó Gabriel sin parpadear—. Sin embargo, no puedo ignorar el riesgo físico real. En este momento, su taller no es seguro y la casa de su prometido es una escena del crimen acordonada.
Gabriel se inclinó hacia ella, bajando el tono de su voz para que los oficiales y Damián no pudieran escucharlo.
—Voy a trasladarla a un piso de seguridad confidencial bajo la custodia directa de mi unidad. Nadie en la comisaría ni en la familia Valdés sabrá la dirección de ese inmueble.
—No necesito un arresto domiciliario disfrazado de protección, inspector —protestó Elena.
—No es una opción, Elena —interrumpió Gabriel, utilizando su primer nombre por primera vez con una firmeza impecable—. Es la única forma de mantenerla con vida mientras determino si las huellas que encontré en la mansión son las de una asesina o las de una mujer a la que le están montando la trampa de su vida.
Gabriel se giró hacia Damián, que los observaba con la mandíbula apretada.
—En cuanto a usted, señor Valdés... su sorpresivo retorno del extranjero justo a tiempo para heredar el cuarenta y nueve por ciento de la corporación y su presencia casual en el momento exacto del atentado lo convierten en la persona más relevante de este caso. Mi equipo lo llevará a la sede central para una toma de declaración extendida.
—No puedes retener de forma indefinida a un ciudadano sin cargos formales, Prado —dijo Damián con sarcasmo—. Mis abogados ya están en camino a la fiscalía.
—Tengo veinticuatro horas para verificar sus movimientos en el extranjero antes de que sus abogados puedan hacer nada, señor Valdés —respondió Gabriel con una sonrisa gélida—. Aprovéchelas para pensar en una mejor respuesta sobre por qué su gemelo de plata estaba en el taller de la prometida de su hermano muerto.
Una hora más tarde, Gabriel conducía un vehículo sin logotipos policiales por las calles del sector residencial alto de la ciudad. Elena viajaba en el asiento del copiloto, contemplando las gotas de lluvia resbalar por el cristal.
El vehículo se detuvo en el estacionamiento subterráneo de un edificio residencial moderno y de pocas viviendas. Gabriel la guio por un ascensor privado hasta el piso ocho. Al abrir la puerta de madera blindada, Elena se encontró con un apartamento minimalista, de líneas pulidas y ventanales que daban a los tejados de la ciudad.
—Este lugar no figura en los registros oficiales de la institución policial —explicó Gabriel, dejando las llaves sobre la barra de mármol de la cocina—. Paga la renta una cuenta bancaria de protección a testigos. Estará segura aquí.
Elena caminó hacia la ventana, sintiendo el cansancio acumulado de más de veinticuatro horas sin dormir aplastándole los hombros.
—Gracias, inspector... Supongo que debo agradecerle que me mantenga con vida.
Gabriel se acercó a ella desde atrás. Por primera vez desde que se conocieron, la frialdad en el rostro del detective pareció suavizarse levemente. Se quitó la gabardina, dejándola sobre la silla, y extendió la mano hacia el rostro de Elena.
Con una sutileza imprevista, los dedos del detective rozaron la piel de la mejilla de Elena, justo al lado de la venda protectora que le habían colocado los paramédicos. El contacto de su mano era cálido, firme y portaba una tensión de contención que hizo que a Elena se le cortara la respiración.
—No voy a permitir que nada le pase, Elena —susurró Gabriel, manteniendo la mirada fija en sus ojos—. Pero necesito que confíe en mí. Si me oculta un solo detalle más sobre Julián o sobre Damián... no podré defenderla de lo que viene.
Elena lo miró en silencio, sintiendo la extraña combinación de seguridad y peligro que emanaba del detective. Sin embargo, cuando Gabriel se giró para ajustar el cierre de seguridad de la puerta, la solapa de su saco se abrió levemente, dejando al descubierto no solo su arma reglamentaria en la holster del pecho, sino también una segunda pistola de calibre pequeño, no oficial, ajustada en una funda de cuero a la altura de su tobillo derecho.