Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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No siempre tienes la razón
Aria descubrió que trabajar directamente para Dante Vassari tenía tres grandes desventajas.
La primera: el hombre creía que las palabras «urgente» y «para ayer» significaban exactamente lo mismo.
La segunda: jamás admitía que estaba equivocado a la primera.
Y la tercera, la peor de todas, era que parecía disfrutar especialmente cuando ella perdía la paciencia.
Como aquella mañana.
—No.
Aria parpadeó frente a la pantalla.
—¿Perdón?
Dante ni siquiera levantó la vista de los documentos que estaba leyendo.
—He dicho que no.
Ella respiró hondo.
—¿Podría al menos escuchar mi propuesta antes de rechazarla?
—Ya la escuché.
—Me tomó veinte segundos explicarla.
—Fueron suficientes.
Aria cerró lentamente su computadora.
—Fantástico. Me encanta trabajar con alguien que toma decisiones basándose en su capacidad para interrumpir.
Dante levantó la mirada.
—Y a mí me encanta trabajar con personas que creen que llevarme la contraria es una habilidad profesional.
—No se preocupe. Llevarle la contraria es una consecuencia natural de escucharlo hablar.
El silencio que siguió fue absoluto.
Desde el otro lado de la mesa, el director financiero fingió concentrarse en sus papeles.
Nadie en aquella empresa hablaba así con Dante.
Nadie, excepto Aria.
Dante dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Terminaste?
—Por ahora.
—Bien. Entonces puedes explicarme por qué consideras que mi propuesta es incorrecta.
Aria arqueó las cejas.
—¿Ahora sí quiere escucharme?
—No abuses de mi paciencia, señorita Moretti.
—No abuse de la mía, señor Vassari.
El director financiero cerró los ojos un instante.
Aquello iba a terminar mal.
O muy mal.
Dante se recostó en su silla.
—Tienes cinco minutos.
Aria volvió a abrir la computadora.
—Necesitaré siete.
—Tienes cinco.
—Entonces tendrá una explicación de cinco minutos y una inversión que podría salirle bastante más cara de lo necesario.
Dante la miró fijamente.
—Siete minutos.
—Qué generoso.
Ella comenzó a presentar sus cálculos.
El proyecto consistía en abrir una nueva sede comercial en una ciudad estratégica. Dante quería acelerar la inauguración para adelantarse a un competidor que llevaba semanas intentando ganar terreno.
La idea era buena.
El problema era la prisa.
Aria explicó que el proveedor elegido no podía garantizar las entregas durante los primeros dos meses. Además, el alquiler del depósito temporal elevaría los costos y el contrato contemplaba penalizaciones que nadie había incluido en la proyección original.
—Si inauguramos en la fecha que propone, tendremos una sede abierta, pero no tendremos mercancía suficiente para mantenerla funcionando —concluyó—. Gastaremos más dinero para ofrecer menos productos. Y nuestros competidores podrán utilizar ese fracaso para quedarse con los clientes que queremos atraer.
Dante no dijo nada.
Aria cambió de diapositiva.
—Si retrasamos la apertura tres semanas y negociamos con el segundo proveedor, reducimos los costos, garantizamos el abastecimiento y evitamos las penalizaciones.
El director financiero se inclinó hacia la pantalla.
—Los cálculos son correctos —admitió—. Con ese ajuste, el margen de beneficio mejora considerablemente.
Dante miró los números.
Después miró a Aria.
—¿Has comprobado la capacidad de distribución del segundo proveedor?
—Sí.
—¿Y su historial de entregas?
—También.
—¿La disponibilidad de personal?
—Incluida en el informe que le envié ayer.
Dante tomó la carpeta que tenía delante.
La abrió.
Revisó la primera página.
Luego la segunda.
Aria cruzó los brazos, esperando.
Finalmente, él cerró la carpeta.
—Retrasaremos la apertura.
El director financiero asintió.
—Me encargaré de comunicarlo a los equipos.
Los demás comenzaron a recoger sus cosas.
Aria guardó su computadora con una pequeña sonrisa de satisfacción.
—Gracias por escuchar mi propuesta.
Dante la observó.
—No te acostumbres.
—No se preocupe. Sería peligroso para mis expectativas.
Ella se levantó.
—Señor Vassari.
—¿Qué?
—La próxima vez, intente escuchar antes de decir que no.
Y salió de la sala.
Dante permaneció sentado, mirando la puerta por la que acababa de desaparecer.
—¿Quiere que le traiga un café? —preguntó el director financiero, que todavía estaba recogiendo sus documentos.
—¿Por qué?
El hombre dudó.
—Parece que lo necesita.
Dante le dedicó una mirada fría.
—Fuera.
El director salió inmediatamente.
Cuando se quedó solo, Dante apoyó los codos sobre la mesa y se pasó una mano por el rostro.
Su lobo estaba inquieto.
No era la primera vez que Aria lo desafiaba, pero había algo particularmente irritante en ella.
No se intimidaba cuando él alzaba la voz.
No buscaba su aprobación.
Y, cuando demostraba tener razón, no intentaba disimular su satisfacción.
Debería resultarle insoportable.
Lo que le resultaba insoportable era darse cuenta de que esperaba sus respuestas.
Que, en una reunión llena de profesionales experimentados, su atención siempre terminaba regresando a ella.
—No empieces —murmuró.
Su lobo permaneció en silencio.
Pero Dante sabía que estaba escuchando.
Una hora después
Aria estaba en la pequeña cocina de la planta ejecutiva, intentando abrir un sobre de azúcar.
El sobre se rasgó por un extremo y una pequeña lluvia de azúcar cayó sobre la encimera.
—Perfecto —masculló.
—¿Siempre tienes problemas con cosas tan sencillas?
Aria reconoció la voz antes de volverse.
Dante estaba detrás de ella.
Por supuesto.
Porque, aparentemente, el universo había decidido que su día no podía mejora.
—Solo cuando mi jefe me hace perder horas de trabajo discutiendo decisiones que podría resolver escuchándome durante siete minutos.
Dante se acercó a la cafetera.
—Al final te escuché.
—Después de intentar callarme tres veces.
—Dos.
Aria lo miró.
—¿Está contando?
—Tengo buena memoria.
—Entonces recuerde que le dije que el segundo proveedor era mejor desde ayer.
Dante preparó su café sin contestar.
Ella volvió a intentarlo con otro sobre de azúcar.
Esta vez consiguió abrirlo, pero el papel se rompió por la mitad y el contenido terminó sobre su mano.
Aria cerró los ojos.
—No pienso rendirme. Es azúcar, no una negociación internacional.
Dante bajó la mirada hacia sus dedos cubiertos de azúcar.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Sonrió.
No una sonrisa educada ni una de esas expresiones frías que utilizaba cuando alguien le contaba un chiste en una reunión.
Una sonrisa auténtica.
Breve, pero auténtica.
Aria se quedó mirándolo.
Dante lo notó y recuperó inmediatamente su expresión habitual.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás mirando.
—Es que acaba de ocurrir algo extraordinario.
—¿Qué cosa?
—Dante Vassari acaba de sonreír.
Él tomó su taza.
—No he sonreído.
—Claro que no. Debí imaginármelo.
—Te recomiendo que te concentres en tu trabajo.
—Y yo le recomiendo que se permita ser humano de vez en cuando. Podría sorprenderse.
Aria tomó una servilleta y comenzó a limpiarse los dedos.
Dante la observó en silencio.
Había una pequeña mancha de azúcar en su mejilla.
No supo por qué la notó.
Tampoco supo por qué sintió el impulso absurdo de quitársela.
Se obligó a mirar su café.
—Tienes una mancha.
Aria se limpió la mejilla equivocada.
—¿Aquí?
—No.
Se limpió la otra.
—¿Aquí?
Dante la observó luchar contra una mancha diminuta con una concentración desproporcionada
.
Su lobo se agitó.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Dante tuvo que contener una risa.
—Déjalo —dijo finalmente.
Aria bajó la mano.
—¿Qué?
—Ya no tienes nada.
Ella entrecerró los ojos.
—Usted está disfrutando de esto.
—No sé de qué hablas.
—Algún día voy a descubrir cómo consigue mantener esa cara de funeral durante todo el día.
—Y yo algún día descubriré cómo puedes hablar tanto antes de las diez de la mañana.
—Son las once y media.
Dante miró el reloj.
Aria sonrió triunfalmente.
—Exactamente.
Por algún motivo, él no quiso terminar la conversación.
Eso era nuevo.
Y no le gustaba.
—Vuelve a trabajar, Moretti.
—A sus órdenes, tirano.
Ella pasó a su lado y salió de la cocina.
Dante se quedó mirando la puerta unos segundos más de lo necesario.
Después bebió su café.
Estaba frío.
No recordaba cuánto tiempo llevaba allí, sonriendo como un idiota.
A última hora de la tarde
La lluvia comenzó poco antes de las seis. De nuevo
Aria terminó de enviar el informe corregido y guardó sus cosas. Tenía que tomar el autobús y, si no se daba prisa, tendría que esperar bastante bajo la lluvia.
Cuando llegó al vestíbulo, encontró a Dante hablando por teléfono junto a los ascensores.
Él la vio acercarse y terminó la llamada.
—¿Ya te vas?
Aria lo miró con sorpresa.
—Sí. Mi jornada laboral terminó hace diez minutos.
—El informe necesitaba una última revisión.
—Y ya está revisado.
—Podrías haberte quedado.
Ella abrió los ojos.
—¿Para qué? ¿Para contemplar cómo mira los números con desaprobación?
Dante guardó el teléfono.
—Tienes una respuesta para todo.
—Y usted tiene una objeción para todo. Supongo que nos complementamos.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera pensarlas.
Ambos se quedaron quietos.
Aria sintió que las mejillas comenzaban a calentársele.
—Me refiero al trabajo —aclaró rápidamente—. Profesionalmente. Como compañeros de trabajo.
Dante la observó durante un instante.
—Por supuesto.
Su tono era tan tranquilo que Aria sospechó que estaba burlándose de ella.
—No diga nada.
—No he dicho nada.
—Pero está pensando algo.
—No puedes controlar mis pensamientos, Moretti.
—Qué lástima. Sería un proyecto fascinante.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Aria entró, pero Dante la detuvo antes de que pudiera pulsar el botón.
—Te llevaré a casa.
Ella lo miró, desconfiada.
—¿Por qué?
—Está lloviendo.
—Tengo ojos. Lo he notado.
—Y yo tengo un coche.
—También lo he notado. Es difícil no verlo cuando ocupa medio estacionamiento.
Dante apretó la mandíbula.
—¿Vas a aceptar o prefieres discutir hasta que deje de llover?
Aria consideró la propuesta.
—¿Puedo elegir la música?
—No.
—Entonces prefiero discutir.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Dante introdujo una mano para detenerlas y la miró con una expresión que habría hecho retroceder a cualquier otra persona.
Aria sonrió.
—Está bien. Acepto.
—Buena decisión.
—No se emocione. Es una decisión práctica, no un acto de obediencia.
Dante pulsó el botón del estacionamiento.
—Por supuesto.
Pero cuando el ascensor comenzó a descender, su lobo se calmó de una manera que no había conseguido comprender.
Y Dante tuvo una certeza incómoda.
Quería pasar más tiempo con ella.
No para investigar su pasado.
No porque necesitara revisar otro proyecto.
Simplemente quería.
La idea le resultó mucho más peligrosa que cualquier desacuerdo.
En el estacionamiento
Aria caminaba a su lado cuando una ráfaga de viento entró por la rampa y le revolvió el cabello.
Se abrazó a sí misma.
Dante lo notó.
Sin decir nada, se quitó el abrigo y se lo ofreció.
Aria lo miró como si acabara de entregarle una prueba de que el mundo se había vuelto del revés.
—¿Qué hace?
—Dándote mi abrigo.
—Eso lo veo. Me pregunto por qué.
—Porque tienes frío.
—¿Y usted?
—No tengo frío.
Ella miró su camisa.
Después el abrigo.
Después a él.
—¿Siempre es tan mandón cuando intenta ser amable?
—No estoy intentando ser amable.
—Ah, claro. Su generosidad es una amenaza.
Dante sostuvo el abrigo entre ambos.
—Aria.
Ella levantó la mirada al escuchar su nombre.
No «Moretti».
No «señorita Moretti».
Aria.
La forma en que lo pronunció fue más baja, más seria.
Por un instante, ninguno de los dos bromeó.
Ella tomó el abrigo.
—Gracias.
Dante asintio
Aria se lo puso y descubrió que era mucho más grande que ella. Las mangas le cubrían parte de las manos y el perfume habitual de la tela parecía mezclarse con el aire frío del estacionamiento.
Dante no podía percibirlo.
Pero, cuando ella pasó a su lado, su lobo levantó la cabeza con una intensidad que le tensó todo el cuerpo.
Aria se detuvo.
—¿Qué pasa?
Dante tardó un segundo en responder.
—Nada.
Ella lo observó con atención.
—Últimamente dice mucho esa palabra.
—Porque últimamente haces demasiadas
preguntas.
—Quizá porque usted nunca responde ninguna.
Aria se dirigió al coche.
Dante la siguió, preguntándose por qué aquella discusión le había dejado una sensación extraña en el pecho.
Cuando abrió la puerta del copiloto para ella, Aria se detuvo antes de entrar.
—Por cierto, señor Vassari.
—¿Ahora qué?
Ella sonrió.
—La próxima vez que me diga que no a una propuesta, recuerde que probablemente tendré razón.
Dante apoyó una mano sobre la parte superior de la puerta y se inclinó ligeramente hacia ella.
—Y tú recuerda, Moretti, que no siempre vas a ganar.
Aria sostuvo su mirada.
—Entonces tendrá que esforzarse más.
Durante un instante, quedaron demasiado cerca.
Dante notó que ella había dejado de sonreír.
Aria reparó en que él ya no parecía estar pensando en el proyecto.
Ninguno se apartó inmediatamente.
Finalmente, ella rompió el silencio.
—¿Vamos a quedarnos aquí toda la noche?
Dante se enderezó.
—Sube al coche.
—Ahí está otra vez, dando órdenes.
Pero Aria entró.
Y cuando Dante cerró la puerta, se permitió una última mirada hacia ella antes de rodear el vehículo.
No sabía qué le estaba pasando.
Solo sabía que, por primera vez en años, había alguien capaz de desafiarlo durante todo el día sin que él quisiera alejarla.
Al contrario.
Cada discusión conseguía que quisiera conocerla un poco más.
Y eso era un problema.
Porque Dante Vassari sabía enfrentarse a enemigos, negociar con criminales y dirigir un imperio.
Pero no tenía la menor idea de qué hacer con una mujer que empezaba a importarle demasiado.