Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 28
A la mañana siguiente, la luz cálida del sol se colaba por la ventana del comedor. El aroma del arroz frito, la tortilla de huevo y el té recién preparado inundaba la estancia. Carmela iba y venía disponiendo los platos sobre la mesa, mientras Patricia ya estaba sentada disfrutando de una taza de té sin azúcar.
Al poco rato, Sebastián bajó del piso de arriba. Ya se había duchado y llevaba una camisa azul claro, pero hubo un detalle que no escapó a la atención de Patricia: su hijo parecía algo somnoliento. Los ojos de Sebastián aún se veían pesados e incluso, de vez en cuando, contenía un bostezo.
Patricia entornó los ojos con una sonrisa apenas perceptible.
—Sebastián.
—¿Sí, mamá? —Sebastián retiró la silla y se sentó.
—¿Anoche dormiste poco?
Sebastián tomó primero un vaso de agua antes de responder.
—Un poco.
—¿Por qué? —preguntó Patricia con curiosidad. En su cabeza ya se formaba la imagen de Sebastián sin poder contenerse al ver a Valeria con el camisón de encaje.
—Me costó conciliar el sueño.
La respuesta sonó casual, como si nada hubiera pasado. Aunque en realidad se había duchado dos veces durante la noche para despejar la mente.
Patricia dio un sorbo a su té para ocultar la sonrisa que casi se le escapó.
—Ah...
Seguro fue por Valeria, pensó la mujer, que ya había adivinado la causa.
Mientras tanto, Valeria, que acababa de sentarse junto a Sebastián, se volvió hacia él con expresión inocente.
—¿En serio? Yo pensé que anoche habías dormido de lo mejor.
Al escuchar aquello, Patricia casi se atragantó con el té. Se cubrió la boca apresuradamente con la taza y tosió varias veces.
—Mamá, con calma —dijo Sebastián acercándole las servilletas.
Patricia asintió deprisa.
—Sí... sí.
Una vez que recuperó el aliento, miró a su hijo y a su nuera alternadamente. Cuanto más los observaba, más entrañables le parecían. Uno, demasiado callado; la otra, demasiado ingenua.
Patricia esbozó una sonrisa traviesa.
—Bueno, dejemos eso. Pero tengo una idea.
Con solo escuchar esa frase inicial, Sebastián ya presintió que nada bueno vendría. Detuvo la cuchara a medio camino del arroz frito.
—¿Qué idea ahora, mamá? —preguntó tras exhalar un suspiro.
La sonrisa de Patricia se ensanchó.
—Salgan a tener una cita.
—¿Qué? —Las voces de Sebastián y Valeria sonaron al unísono. Se miraron el uno al otro y luego se quedaron en silencio.
Patricia los señaló mientras se reía.
—¡Ahí está! Hasta hablan al mismo tiempo. Señal de que hacen una pareja perfecta.
Valeria parpadeó varias veces. Su rostro era pura confusión.
—¿Y en una cita qué se hace, mamá?
Patricia, que estaba a punto de beber su té, se detuvo en seco.
—¿En la vida nunca han tenido una cita?
Sebastián negó despacio.
—No.
Valeria también negó con la cabeza.
—Yo tampoco.
Patricia se frotó las sienes.
—¡Dios mío! ¿Cómo es posible que un matrimonio no haya tenido jamás una cita?
Valeria levantó la mano tímidamente, como una alumna a punto de preguntar.
—Es que nos acabamos de casar, mamá.
Esa respuesta tan cándida hizo que Patricia volviera a reír.
—Tienes razón.
Sebastián y Valeria se miraron de reojo. Siempre había algo que los tomaba por sorpresa cuando su madre abría la boca.
—A partir de ahora van a aprender —declaró Patricia en tono firme. Detrás de esa seriedad, sin embargo, se gestaba un plan malicioso en su cabeza.
—¿Aprender qué, mamá? —preguntó Valeria.
—¡A ser pareja, pues! —respondió Patricia con total naturalidad.
Valeria asintió despacio, aunque su cara seguía reflejando desconcierto.
—Sí, mamá.
Después del desayuno, Sebastián y Valeria se trasladaron a la sala. Patricia no los acompañó a propósito. Fingió leer una revista en la terraza mientras, de vez en cuando, espiaba por la ventana.
En la sala, Sebastián se sentó en el sofá. Valeria se acomodó justo a su lado. Entre ambos apenas cabía un palmo de distancia.
Sobre la mesa descansaba un teléfono celular. Valeria lo tomó y abrió el buscador.
—Sebastián.
—¿Hm?
—Voy a buscar en internet qué se hace en una cita, ¿está bien?
—Dale.
Segundos después, los ojos de Valeria se iluminaron.
—¡Encontré! —leyó en voz alta de inmediato—: "Actividades típicas durante una cita".
Valeria comenzó a enumerar con el dedo índice.
—"Primero, tomarse de la mano".
Esa frase hizo que Valeria se girara de golpe hacia Sebastián.
—¿Tenemos que tomarnos de la mano?
Sebastián, que en ese momento bebía café, se atragantó.
—¡Cof, cof!
Valeria le alcanzó una servilleta apresuradamente.
—¿Estás bien?
—Sí. Estoy bien. Sigue nomás —Sebastián se aclaró la garganta.
Valeria asintió obediente y volvió a leer.
—"Segundo, ver una película juntos".
Sebastián escuchó, pero no reaccionó.
—"Tercero, una cena romántica".
Valeria volvió a asentir.
—Eso es fácil.
Sebastián también asintió.
—Sí.
Sin embargo, segundos después, las cejas de Valeria se fruncieron lentamente. Los ojos se le abrieron de par en par.
—Sebastián...
—¿Qué pasa?
—Esta es rara.
—¿Cuál?
Valeria continuó leyendo del artículo en el celular.
—"Mirarse a los ojos durante un minuto sin hablar". —Se giró de inmediato para quedar frente a Sebastián—. ¿Podremos aguantar?
Sebastián cerró los ojos un instante y soltó un largo suspiro.
—No sé. Pero hay que intentarlo, ¿no?
Antes de que él pudiera añadir algo más, Valeria ya había empezado a contar.
—Uno... Dos... Tres...
Se miraron fijamente. Los primeros cinco segundos transcurrieron sin novedad. Al sexto, Valeria empezó a inquietarse. Al octavo, Sebastián se esforzó por mantener la compostura. Al décimo, Valeria soltó una risita.
—Je, je, je. ¿Sebastián?
—¿Qué?
—Tienes las pestañas muy largas.
Sebastián parpadeó. No esperaba que su esposa dijera algo así.
Valeria continuó con expresión seria.
—Incluso más largas que las mías.
Sebastián desvió el rostro.
—Reprobamos —Valeria rio por lo bajo—. Quiere decir que todavía no pasamos la prueba.
Desde detrás de la puerta de la sala, Patricia tuvo que taparse la boca para que no se le oyera la risa.
¡Santo cielo! De verdad están aprendiendo a tener citas por internet.
Cerca del mediodía, Sebastián finalmente invitó a Valeria a salir.
—¿A dónde vamos? —preguntó Valeria con expresión inocente.
—A almorzar afuera —respondió Sebastián.
—Ah.
—Eso también cuenta como actividad de cita —señaló con calma.
Valeria sonrió de oreja a oreja.
—Entonces estamos practicando para ser pareja.
Sebastián esbozó una leve sonrisa.
—Sí.
Durante todo el trayecto, Valeria no paró de hablar de cuanta cosa veía por la ventanilla del auto. Sebastián, de vez en cuando, apenas respondía con monosílabos.
La sonrisa en el rostro de aquel hombre no se borró ni un instante. Empezaba a disfrutar la ingenuidad de su esposa.
—Sebastián, resulta que comer afuera es carísimo. Mañana te preparo mariscos bien ricos, hasta que quedes satisfecho —susurró Valeria al salir del restaurante—. Es una lástima gastar tanto dinero solo en una comida para dos.
—No pasa nada si es de vez en cuando —contestó Sebastián—. Pero sí, espero esos mariscos que cocinas tú.
—¡Hecho!
Después de almorzar, caminaron sin prisa por un centro comercial. Valeria se detenía a cada rato solo porque algún escaparate le llamaba la atención.
Valeria soltó una risita.
—Pasear así resulta muy agradable.
Al ver la sonrisa tan genuina de Valeria, Sebastián, sin darse cuenta, también se sintió más ligero.
No obstante, cuando estaban a punto de salir de una tienda de ropa, Valeria se detuvo de golpe. Los ojos se le abrieron enormes.
—Sebastián —susurró.
Sebastián siguió la dirección de la mirada de su esposa. Al otro lado del pasillo del centro comercial, una joven caminaba colgada del brazo de un hombre con gesto empalagoso. La muchacha llevaba un vestido corto sin mangas y un maquillaje muy llamativo. Los tacones altos le daban un aire más adulto.
A su lado, un joven con chaqueta de cuero negra avanzaba con desenfado mientras mascaba chicle. Tenía el cabello teñido de un tono claro y las orejas llenas de aretes. Su aspecto era el de un completo rebelde.
Valeria frunció el ceño.
Sebastián también reconoció a la joven de inmediato. Su expresión se volvió impasible.
—Es Camila —dijo Valeria, incrédula.
Casi al mismo tiempo, Camila, que reía junto al muchacho, también giró la cabeza. Su sonrisa se desvaneció poco a poco. Sus miradas se cruzaron. El aire entre ambos bandos pareció tensarse de golpe.