Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— Pensamientos que matan, venganza que crece
al llegar a la mansión;
Kaelen se quedó de pie frente a Draven, mirándolo a los ojos verdes que tanto amaba, y cada palabra que se le formó en la garganta se quedó atascada, transformándose en veneno silencioso.
«Su hija mató a Mila. La humilló, la entregó a esos monstruos del reformatorio, la dejaron sola en la oscuridad… y tú no tienes ni idea. Y si te lo dijera ahora mismo… ¿me creerías? ¿O elegirías a tu princesa, como siempre lo haces?»
Draven lo miró con esa expresión tierna que lo desarmaba por dentro.
—¿Qué pasa, Kaelen? Pareces un fantasma. ¿Algo te molesta?
«Todo me molesta. Me molesta que te creaas perfecto. Me molesta que la adores a ella y no veas que es un monstruo con corona. Me molesta que cada vez que te acercas a mí, yo olvide por qué vine aquí.»
—Nada, señor —respondió Kaelen, con una sonrisa tan falsa que dolió—. Solo pensaba en cuánto adora a su hija. Se nota que Seraphina es su vida entera.
Draven sonrió con orgullo, sin sospechar nada.
—Ella es mi luz. Nací para protegerla, para darle todo lo que merece y más. Nadie jamás le hará daño mientras yo respire. Ni siquiera un pensamiento feo. —Lo acarició la mejilla con cariño—. Tú la cuidarás también, ¿verdad? Como mi empleado… y como mi amigo?.
«La destruiré. Le quitaré todo lo que ama. Su reputación, su novio, su belleza, su paz… y cuando esté en el suelo llorando, te miraré a ti y te diré: mira lo que hiciste al criar a una basura.»
—Con mi vida, señor —respondió Kaelen, y su voz no tembló ni un segundo—. Protegeré a Seraphina con todo lo que soy.
Desde ese día, Kaelen se convirtió en el ángel de la guarda más peligroso que jamás entró en esa casa. Sonreía cuando ella le hablaba, le abría la puerta del coche, le llevaba sus caprichos… y en secreto, le tejía una red de espinas.
Le cambiaba sus cremas faciales por otras que le irritaban la piel levemente, haciéndola creer que estaba estresada. Le escondía las llaves de su coche minutos antes de eventos importantes, dejándola furiosa y llegando tarde. Editaba mensajes de su teléfono para que su novio los recibiera cortantes o fríos. En las redes, creaba cuentas falsas que empezaban a comentar sutilmente sobre su actitud, su falsedad, su forma de tratar a los demás —siempre sin dejar rastro, siempre como si saliera de la nada.
Seraphina se quejaba constantemente.
—Todo me sale mal últimamente —gritaba, lanzando un cojín contra la pared—. Mi piel está horrible, Nathaniel no me contesta, siempre llego tarde… ¡alguien me tiene envidia!
Draven la abrazaba, la besaba la frente, la consolaba.
—Tranquila, mi princesa. Todo se arreglará. Tú eres perfecta, no te preocupes por nada. —Y luego miraba a Kaelen—. Asegúrate de que nadie moleste a mi hija.
—Sí, señor —respondía Kaelen, mirando a Seraphina con una sonrisa dulce y mortal—. Nadie se atrevería a tocar un solo cabello de la señorita Seraphina.
«No te tocaré, Mila. Te destruiré desde adentro hasta que no sepas quién eres.»