Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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Nuevos encuentros
A la mañana siguiente, Elizabeth se levantó temprano y ayudó a Bastian a prepararse. El pequeño estaba especialmente emocionado por salir al pueblo junto a su hermano y el amigo de este, aunque intentaba disimularlo mientras desayunaba.
Los cuatro se reunieron en el comedor. Damián permanecía tranquilo, comiendo en silencio, mientras Ian conversaba con Bastian sobre las cosas que quería conocer durante el día.
—¿Entonces podemos salir ya? —preguntó Ian.
Elizabeth levantó la mirada.
—Todavía no. Necesito terminar algunos asuntos en el despacho.
—¿Cuánto tardará? —preguntó Bastian.
—Dame aproximadamente una hora. Después podremos partir.
Ian asintió, aunque parecía impaciente por conocer el pueblo.
—Entonces aprovecharé para recorrer la mansión.
Damián lo miró de reojo.
—Ya te dije que no hay mucho que ver.
—Eso lo decidiré yo.
Elizabeth sonrió ligeramente al escuchar aquella conversación.
—Pueden recorrer algunas zonas de la mansión, pero no entren en habitaciones privadas ni en el despacho. Dentro de una hora nos reuniremos nuevamente aquí.
—Está bien, señora —respondió Ian.
Bastian asintió y se levantó de la mesa junto a ellos.
Elizabeth se dirigió entonces al despacho.
Todavía tenía varios documentos pendientes y quería terminarlos antes de salir. Entre ellos se encontraban los últimos informes relacionados con la construcción de una escuela y un orfanato que comenzarían a levantarse próximamente en el pueblo.
La falta de educación y el número de niños que habían quedado sin familia debido a la guerra eran dos problemas que Elizabeth consideraba urgentes.
También había conseguido finalmente a una persona que pudiera encargarse de supervisar ambos proyectos.
Precisamente por eso, aprovecharía su visita al pueblo para conocerlo personalmente y revisar junto a él los terrenos destinados a las construcciones.
Una hora después, Elizabeth terminó de revisar los documentos y regresó al lugar donde había quedado con los niños.
Bastian estaba esperando junto a Damián e Ian.
—¿Podemos irnos?
—Ahora sí.
Los cuatro salieron de la mansión y subieron al carruaje.
Durante el trayecto, Ian permaneció observando por la ventana.
—Ahora que lo veo con mis propios ojos, realmente ha cambiado mucho.
Elizabeth lo miró.
—¿Qué fue lo que más te llamó la atención?
—Cuando veníamos hacia la mansión pensé que Damián estaba exagerando cuando hablaba del estado del Norte. Pero después de ver el pueblo, las murallas y los caminos, entendí que realmente había bastantes problemas.
Damián permaneció callado.
Ian continuó hablando.
—Las murallas están mejor reparadas y las calles se ven mucho más limpias. También vi varios edificios que parecían estar siendo reconstruidos.
—Todavía falta bastante —respondió Elizabeth—. El territorio tiene demasiados problemas acumulados después de tantos años de guerra.
Bastian intervino desde su asiento.
—Liz hizo muchas cosas.
Elizabeth lo miró.
—No hice todo yo.
—Pero tú mandaste hacerlo.
—Eso sí.
Bastian sonrió orgullosamente.
Ian lo observó con curiosidad.
—¿Y qué más hizo?
Bastian comenzó a contar con los dedos.
—El parque, el invernadero, arregló las calles, compró cosas nuevas para la mansión y consiguió nuevos sirvientes.
—También está construyendo una escuela —agregó Elizabeth.
Ian levantó las cejas.
—¿Una escuela?
—Sí. Y un orfanato.
—Eso es bastante.
Damián había permanecido en silencio durante toda la conversación, pero escuchaba cada palabra.
Miró por la ventana.
La mujer realmente se había esforzado.
No podía negarlo.
Había cambios visibles en prácticamente todos los lugares por donde habían pasado.
Pero Damián todavía no entendía por qué.
No sabía si Elizabeth realmente quería mejorar el territorio o si existía algún otro motivo detrás de sus acciones.
No tenía razones para confiar en ella.
Primero hablaría con Sebastián.
O con Sir Casian.
Quizá alguno de los dos pudiera explicarle qué había ocurrido durante aquellos meses.
El carruaje finalmente llegó al pueblo.
Elizabeth los llevó directamente a varias tiendas donde pudieran conseguir ropa nueva.
—Quiero que cada uno escoja lo que necesite —les dijo—. También pueden comprar algunas cosas para sus habitaciones si quieren.
Ian sonrió inmediatamente.
—Entonces aprovecharé la oportunidad.
Damián simplemente asintió.
Elizabeth también señaló una tienda donde vendían artículos para entrenamiento.
—Si necesitan algo para practicar con la espada, pueden comprarlo. Sir Casian continuará entrenándolos durante las vacaciones, o alguno de sus subordinados podrá hacerlo cuando él esté ocupado.
Ian pareció mucho más interesado.
—Entonces definitivamente quiero ir allí.
—Pueden hacerlo.
Elizabeth observó a los dos muchachos.
—Después podrán recorrer el pueblo por su cuenta. Solo deben mantenerse juntos y regresar al parque dentro de unas horas.
Damián asintió.
—Entendido.
Elizabeth miró entonces a Bastian.
—¿Quieres venir conmigo o prefieres quedarte con ellos?
Para sorpresa de Elizabeth, Bastian respondió casi inmediatamente.
—Con ellos.
Ella parpadeó.
—¿Estás seguro?
Bastian asintió.
—Sí.
Elizabeth no pudo evitar sentirse ligeramente sorprendida.
Normalmente Bastian buscaba permanecer a su lado durante prácticamente todo el tiempo. Que ahora estuviera dispuesto a separarse de ella, aunque fuera unas horas, era una señal de que realmente estaba ganando confianza.
Sin embargo, Elizabeth no sabía que la razón era muy diferente.
Bastian quería observar a Damián e Ian.
Quería saber qué clase de personas eran y qué pretendían hacer cerca de Liz.
«Quiero saber si van a intentar quitármela.»
El pequeño sonrió inocentemente.
—Voy con ellos.
Elizabeth le acarició el cabello.
—Está bien. Entonces compórtate y no te alejes demasiado.
—Sí, Liz.
Elizabeth se despidió de los tres y tomó otro camino para dirigirse hacia la zona donde se estaban preparando las nuevas construcciones.
Había llegado el momento de conocer a la persona que estaría a cargo de supervisar los proyectos.
Cuando llegó al lugar indicado, vio a un hombre revisando varios planos junto a un grupo de trabajadores.
Elizabeth se acercó.
—¿Es usted el encargado de las construcciones?
El hombre levantó la mirada.
—Sí.
Se incorporó y realizó una reverencia.
—Mi nombre es Adrian Valerian, señora.
Elizabeth lo observó con atención.
Era un hombre joven y bastante atractivo, de cabello completamente blanco y piel muy pálida. Sus rasgos le resultaron familiares inmediatamente.
Había algo en él que le recordaba a Bastian.
No solo por el cabello.
También por la forma de sus ojos y algunos rasgos del rostro.
Elizabeth se sorprendió.
«Definitivamente la familia de estos niños tiene buenos genes.»
El Señor del Norte era un dragón y tenía una apariencia imponente, mientras que la madre de Damián y Bastian parecía haber pertenecido a una familia con rasgos igualmente llamativos.
Elizabeth no preguntó nada sobre la relación entre Adrian y los niños.
Simplemente asumió que, si él era la persona encargada de los proyectos, pronto tendría tiempo para descubrir más sobre él.
—Mucho gusto, Adrian.
—El placer es mío, señora.
Durante las siguientes horas recorrieron los terrenos donde se construirían la escuela y el orfanato.
Adrian explicó cómo se distribuirían los edificios, cuánto tiempo tomaría completar cada etapa y qué materiales necesitarían.
Elizabeth hizo varias preguntas y revisó personalmente cada detalle.
—Quiero que la escuela tenga suficiente espacio para los niños que lleguen de diferentes zonas del territorio —explicó—. También quiero que el orfanato tenga habitaciones adecuadas, una zona para estudiar y espacios donde los niños puedan jugar.
Adrian asintió.
—Ya había pensado en algo similar.
Elizabeth lo observó.
—Parece que ha comprendido bien lo que necesito.
—Intento hacerlo.
Continuaron hablando durante un largo rato hasta que finalmente terminaron de revisar todos los asuntos relacionados con las construcciones.
Adrian guardó los documentos.
—Señora, ¿me permitiría invitarla a comer?
Elizabeth estuvo a punto de aceptar, pero recordó el compromiso que tenía con los niños.
—Lo siento. Hoy he quedado con ellos en el parque. Comeremos allí antes de regresar a la mansión.
Adrian permaneció en silencio durante un instante.
—Entiendo.
Elizabeth notó la pequeña pausa.
—Quizá otro día.
—Entonces, si no le molesta, me gustaría invitarla mañana.
Elizabeth lo observó con atención.
Había algo en aquella invitación que despertó su curiosidad.
No sabía por qué un hombre que acababa de conocerla parecía tan interesado en invitarla a comer.
—Está bien.
Adrian sonrió.
—Será un placer.
Elizabeth se despidió de él y abandonó la zona de construcción.
Mientras caminaba hacia el parque, comenzó a pensar en aquel encuentro.
Adrian Valerian.
Su apariencia era demasiado parecida a la de Bastian para que fuera una simple coincidencia.
Además, había algo más.
Elizabeth no sabía por qué, pero tenía la impresión de que aquel hombre ocultaba información.
No pensaba preguntarle directamente.
Primero quería investigarlo.
Si realmente tenía alguna relación con los niños, necesitaba saber por qué estaba allí y qué había ocurrido antes de su llegada.
Por ahora, aceptaría la invitación.
Quizá durante la comida pudiera descubrir algo más.
Cuando finalmente llegó al parque, Elizabeth divisó a Bastian, Damián e Ian a lo lejos.
Los tres estaban juntos.
Bastian parecía estar hablando emocionado mientras Ian lo escuchaba con una sonrisa.
Damián, como siempre, permanecía algo apartado.
Elizabeth sonrió.
Al menos por aquel día, los tres parecían estar llevándose bien.
Se acercó lentamente hacia ellos.
—¿Se divirtieron?
Bastian corrió inmediatamente hacia ella.
—¡Liz!
Elizabeth se agachó para recibirlo.
—¿Y qué hicieron mientras yo estaba ocupada?
—Muchas cosas.
Ian se acercó detrás de él.
—Tu pequeño estuvo hablándonos todo el tiempo sobre la mansión.
Bastian infló ligeramente las mejillas.
—No hablé tanto.
Ian soltó una pequeña risa.
—Sí hablaste.
Elizabeth sonrió al verlos.
—Entonces parece que tendremos que aprovechar el resto de la tarde.
Damián observó a Elizabeth en silencio.
Ella no parecía diferente de la mujer que había visto aquella mañana.
Seguía tratando a Bastian con cariño.
También había pasado varias horas trabajando en proyectos para el territorio.
Damián no sabía qué pensar.
Pero una cosa era segura.
Cuanto más tiempo permaneciera allí, más cosas tendría que descubrir sobre la nueva señora del Norte.