Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
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CAPITULO 8. PLANES CRUZADOS Y FURIA DE NEON
La madrugada en Las Vegas avanzaba con su ritmo frenético de luces y excesos, pero en la suite presidencial del Hotel Bellagio, la atmósfera se había vuelto asfixiante. Sara abrió los ojos de golpe, despertada por el frío de la cama y el eco lejano de las fuentes del hotel. Se incorporó sobre las sábanas de seda y encendió la luz de la mesilla de noche. El espacio a su lado estaba completamente vacío.
—¿Jacob? —llamó con voz ronca, forzando una tranquilidad que no sentía.
No hubo respuesta. Se levantó de la cama de un salto, abriendo de par en par la puerta del baño de hidromasaje y recorriendo el inmenso salón de diseño. Nada. Las llaves del deportivo negro no estaban sobre el mueble de la entrada y la cazadora de cuero de Jacob había desaparecido. Una oleada de rabia líquida le recorrió el cuerpo, tiñendo sus mejillas de un rojo violento.
—Maldito imbécil… —siseó Sara, apretando los puños con tanta fuerza que sus uñas de manicura perfecta se clavaron en las palmas.
La furia de ver que Jacob había burlado su vigilancia en la primera noche en la ciudad del pecado la carcomía por dentro. Ella creía tenerlo acorralado con las fotografías del chantaje que le había entregado a su padre Charles, confiando en que el peso de las acciones de su propio padre, David, mantendría al heredero sumiso y atado a sus pies. Pero Jacob seguía rebelándose, escapando a las sombras de Las Vegas para huir de ella.
Sara caminó de un lado a otro del salón, respirando de forma agitada mientras miraba el reloj de la pared. Eran las tres de la mañana. En pocas horas debían estar en la oficina de licencias del condado de Clark para el trámite exprés. Tomó su teléfono personal, dispuesta a reventar el terminal de Jacob a llamadas, pero se detuvo en seco, esbozando una sonrisa gélida y calculadora. No iba a rebajarse a buscarlo. Mañana lo arrastraría al registro civil de la solapa si hacía falta. El engranaje de los periodistas y los fotógrafos de la revista Society NY que había contratado ya estaba activado y no permitiría que Jacob le estropeara la portada que la consagraría como la futura dueña del imperio textil de la Quinta Avenida.
Mientras la tormenta de orgullo herido estallaba en el Bellagio, a pocas manzanas de allí, en los pasillos alfombrados del Caesars Palace, la realidad era radicalmente diferente.
Mikel caminaba con paso firme, sosteniendo a Cristine por la cintura para evitar que la joven se fuera al suelo. La diseñadora junior estaba completamente ebria. Los cócteles con ron que Mikel le había comprado en la barra del casino Wynn, sumados al champán de la tarde, habían anulado por completo su resistencia física y su lucidez. Tenía la cabeza apoyada en el hombro de su novio, con los ojos entornados y una sonrisa risueña que denotaba que ya no era dueña de sus actos.
—Mikel… se mueve todo… —balbuceó Cristine con una risa floja, mientras intentaba dar un paso torpe hacia la puerta de la habitación—. Creo que… creo que mi papá Austin tenía razón. Las Vegas tiene… demasiadas luces.
—Ya estamos en la habitación, mi vida. Tranquila —respondió Mikel con una voz melosa y falsamente protectora, mientras pasaba la tarjeta magnética por la cerradura de la suite.
Entraron a la estancia iluminada apenas por el reflejo del Strip. Mikel dejó caer a Cristine sobre el colchón de la cama king size de forma un tanto brusca. La chica se acurrucó de inmediato entre las almohadas, soltando un suspiro de cansancio y cerrando los ojos de golpe, hundiéndose en un sueño profundo y etílico del que no despertaría en muchas horas.
Mikel se enderezó, ajustándose el cuello de la camisa mientras contemplaba a la joven diseñadora con una mirada cargada de una codicia depredadora y una satisfacción absoluta. Se sirvió un trago de agua del mueble bar, relamiéndose los labios para sus adentros. Todo estaba saliendo a pedir de boca, de manera impecable. El viejo Austin, con su maldita desconfianza de camarero de Queens, no había podido hacer nada para proteger a su hija.
Mikel miró el documento de la reserva de la cita del registro civil que tenía sobre la mesilla. A las nueve de la mañana, Cristine despertaría con una resaca monumental, aturdida y dócil. Él se encargaría de convencerla de que el trámite era solo una formalidad divertida de su aventura en Las Vegas. La arrastraría a la oficina del condado, firmarían los papeles y regresaría a Nueva York como el legítimo esposo de la diseñadora más talentosa de la promoción. Su propio padre se vería obligado a entregarle la presidencia de su compañía textil menor y los futuros diseños de Cristine pasarían a salvar su patrimonio familiar de la bancarrota.
El manipulador se acostó al borde del colchón con una sonrisa triunfal grabada en el rostro, creyéndose el dueño absoluto del tablero de ajedrez, sin sospechar que la furia de Sara, la resaca destructiva de Jacob y el alcohol que aún corría por las venas de Cristine estaban a punto de colisionar en la misma sala de espera de la oficina de licencias, desatando un error catastrófico que trituraría sus ambiciones corporativas en mil pedazos antes de que pudiera reaccionar.