Brooklyn, 1986. Dante Rizzuto tiene doce años cuando presencia el funeral de su padre, Enzo, un capo de la mafia asesinado en un callejón. Su tío Salvatore, el nuevo jefe de la familia, lo cría bajo el código de la Cosa Nostra: el respeto se gana con poder, el poder se mantiene con miedo. Bajo la tutela de su tío, Dante se convierte en "Il Fantasma", un asesino frío y calculador que se mueve entre las sombras del bajo mundo de Nueva York.
Pero el pasado nunca muere del todo. Cuando Dante conoce a Elisa, una fotógrafa de arte que ve más allá de su fachada de hombre de negocios, comienza a cuestionar todo lo que ha aprendido. El amor se convierte en su primer acto de rebeldía, y la traición de su tío desencadena una guerra que lo enfrentará a su propia sangre.
En una carrera contrarreloj entre la venganza y la redención, Dante deberá infiltrarse en la fortaleza de su tío durante la Noche de las Máscaras, una velada veneciana donde los capos de las cinco familias celebran una tregua fic
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EL BAILE DE LOS JUSTICIEROS
Capítulo 6
Los hombres de Salvatore apuntaron a Dante, sus pistolas negras brillando bajo la tenue luz del despacho. Pero él era Il Fantasma, el hombre de las sombras. En un movimiento rápido, desenfundó su arma y disparó dos veces, apagando las luces del despacho con los disparos, que impactaron en los focos de la lámpara. La oscuridad se llenó de disparos y maldiciones. Dante se lanzó al suelo, rodó detrás de un pesado escritorio de madera, usando la carpeta como escudo improvisado mientras las balas silbaban a su alrededor.
Oyó el grito de uno de los hombres cuando una bala lo alcanzó, un grito ahogado que se convirtió en un gemido. Luego, el impacto de un disparo contra el escritorio, cerca de su cabeza, que hizo saltar astillas de madera. Salvatore estaba disparando a ciegas, moviéndose en la oscuridad como un depredador. Dante podía oler el miedo y la adrenalina en el aire, una mezcla que conocía demasiado bien. Sabía que su tío no se detendría hasta verlo muerto, y él estaba igualmente decidido a sobrevivir.
Dante contuvo la respiración, escuchando los pasos de su tío sobre la moqueta. Contó los disparos. Cuatro, cinco, seis. Se quedaron en blanco. Salvatore estaba recargando, el sonido metálico del cargador siendo retirado y colocado. Fue su oportunidad. Se levantó de un salto y disparó hacia donde recordaba que estaba su tío, guiado por el sonido de su respiración entrecortada. Un gemido de dolor, un golpe sordo contra la pared. Luego, el silencio, roto solo por el tictac de un reloj de pared.
La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando la escena con un resplandor plateado. Uno de los hombres yacía en el suelo, su sangre formando un charco oscuro sobre la moqueta. Salvatore estaba apoyado contra la pared, con la mano en el hombro derecho, la sangre manando entre sus dedos como un río carmesí. Su máscara yacía a sus pies, rota. Su mirada, antes llena de arrogancia, ahora reflejaba dolor y una sorpresa que intentaba ocultar con una mueca de desdén.
"¿Vas a matarme, Dante?" preguntó, jadeando, su voz áspera y débil. "¿Matar a tu propia sangre, tu único familiar? ¿Te convertirás en lo que siempre temiste? ¿En un asesino de su propia familia?"
Dante sintió el peso de la pistola en su mano, el frío del metal contra su piel. La respuesta estaba en la carpeta que llevaba en el pecho. Pruebas de un crimen, de una usurpación, de años de mentiras. Llevarlo a la comisión significaba la venganza formal, la ejecución legal dentro de su mundo. Pero el tiro en el hombro de Salvatore era solo un aviso. La sentencia, la justicia o la venganza, dependían de él.
Dante se acercó lentamente, con la pistola aún apuntando a su tío, sus pasos resonando en el silencio del despacho. "No, tío," dijo, su voz era un susurro áspero, cargado de emoción contenida. "No voy a matarte. Prefiero que vivas para ver lo que realmente he hecho."
Sacó la carpeta y la abrió, mostrando los documentos y el casete. "Esto es lo que necesitaba. No para la comisión. Sino para los hombres que te son leales. Para tus capitanes, para los soldados. Ellos necesitan saber la verdad. Que el jefe al que sirven es un traidor, un asesino de su propia sangre. Que la fortaleza de los Rizzuto está construida sobre los huesos de su propio hermano."
Salvatore palideció aún más, si eso era posible, su rostro adquiriendo un tono ceniciento. "No te creerán. Soy su jefe. Tengo su lealtad. Me han servido durante décadas."
"¿Incluso después de que escuchen esto?" preguntó Dante, sosteniendo el casete en alto, su mano temblorosa. "Una grabación de tu propia voz, tío. Una conversación que tuviste con tu asesino de confianza la noche que mataste a mi padre. Una grabación que he tenido durante meses, esperando el momento adecuado para usarla. Una confesión que no puedes negar."
Era una mentira, pero una mentira poderosa, una que había ensayado en su mente durante semanas. La verdad, la que tenía en la carpeta, era que la grabación no existía. Pero Salvatore no lo sabía. Su rostro se descompuso, la máscara de arrogancia cayó por completo. Había sido derrotado por su propia astucia, por la sombra del Fantasma que él mismo había creado.
"Ahora," dijo Dante, bajando la pistola con una lentitud deliberada. "Tienes dos opciones. Te vas. Desapareces. Dejas Nueva York, dejas el negocio, dejas la familia. O mañana mismo, esta grabación estará en manos de cada capitán de la familia, y la comisión entera sabrá que el jefe de los Rizzuto es un parricida y un usurpador."
Era un ultimátum, una sentencia de muerte en vida. Salvatore Rizzuto, el astuto zorro que había tejido una red de poder durante décadas, se encontró atrapado en la suya propia, en la telaraña de sus mentiras. El silencio se alargó en la oscuridad del despacho, roto solo por la respiración entrecortada de Salvatore.
Finalmente, Salvatore se rió, una risa amarga y sin humor, que sonó como el crujir de huesos viejos. "Eres más astuto que tu padre, sobrino. Y más peligroso. Muy bien. Me iré. Pero recuerda, el mundo de la mafia no perdona a quien traiciona a su familia. Siempre estarás solo. Siempre serás un Fantasma. Y algún día, alguien vendrá a cobrarte esta deuda."
Dante no respondió. Dio la espalda a su tío y salió al pasillo, sintiendo la mirada de Salvatore en su nuca. El ruido de la fiesta aún llegaba desde el salón principal, una burbuja de mentiras y apariencias que continuaba ajena al drama que acababa de desarrollarse. Bajó las escaleras con paso firme, se mezcló con la multitud y desapareció en la noche, llevándose consigo la carpeta, las pruebas y el peso de su decisión.
Al salir de la mansión, Dante sintió el aire frío de la noche en su rostro. Había ganado, pero la victoria sabía a cenizas. Marco había muerto, y nada podría traerlo de vuelta. Se prometió a sí mismo que honraría su memoria, que sería el líder que Marco siempre creyó que podía ser.
En los días siguientes, Dante descubrió que la noticia de la derrota de Salvatore se había extendido rápidamente. Los capitanes de la familia, aquellos que habían jurado lealtad a su tío, comenzaron a acercarse a él, ofreciéndole su apoyo. Dante los recibió con cautela, pero sabía que necesitaba aliados. Poco a poco, fue reconstruyendo la estructura de la familia, reemplazando a los leales a Salvatore con hombres en quienes podía confiar. Era un proceso lento y peligroso, pero Dante estaba decidido a hacerlo bien. Sabía que el verdadero desafío apenas comenzaba.
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