Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad
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capítulo 5: secreto en la penumbra
Capítulo 5: secreto en la penumbra
La paz de los jardines aún no se había roto, pero las semillas de lo que vendría ya empezaban a brotar en los gestos de cada uno de los guías de Alanis
La tensión en la ciudad de plata se volvió un hilo delgado y vibrante, casi imperceptible para quienes no estuvieran sintonizados con la frecuencia del corazón. Bajo el pretexto de la vigilancia del reloj de arena y la amenaza del abismo, el Creador había dispuesto que Miguel supervisara personalmente la labor de Alanis, uniendo sus caminos de manera oficial ante la mirada vigilante de los demás príncipes celestes
En los Jardines de Cristal, Rafael , Gabriel y Uriel observaban la torre desde la distancia, mientras el rocío de diamante caía sobre sus alas.
- Es inusual ver a Miguel pasar tanto tiempo fuera de los cuarteles , comentó Rafael, ajustando su túnica verde esmeralda
- Pero el mandato es claro, la estabilidad del tiempo es prioridad ahora que la frecuencia del séptimo rayo flaquea. Alanis necesita la protección de él. Dijo Gabriel
Uriel asintió, aunque sus ojos de fuego escudriñaban la silueta de ambos ángeles en lo alto de la torre.
- Se ven… sincronizados , añadió Uriel, sin malicia. Hay una armonía nueva en su lenguaje corporal.
- Quizás la severidad de Miguel es lo que Alanis necesitaba para no sucumbir a la presión de custodiar la eternidad ella sola. Es una alianza lógica para tiempos de crisis. Agregó Rafael
Para los demás arcángeles, la cercanía no era más que una cuestión de deber. Veían a Miguel instruyendo a Alanis o a Alanis señalando constelaciones en los mapas del tiempo como dos soldados repasando un plan de batalla. No veían que, cuando sus manos se rozaban sobre el cristal, una descarga de energía prohibida recorría los cimientos de la ciudad y de los jardines
- Me alegra que el Creador los haya unido en esta tarea , dijo Gabriel. Miguel ha estado muy solo desde que enviaron a Sariel al abismo. Tener a Alanis como apoyo parece haber suavizado las aristas de su espíritu.
- Incluso los jardines de cristal parecen brillar con una intensidad distinta hoy, ¿no lo notan?
Lo que Gabriel interpretaba como un brillo de “paz”, era en realidad la sobrecarga de los cristales intentando procesar la vibración de un amor que no debería existir.
Los arcángeles celebraban la unión profesional de sus hermanos, ignorando que estaban bendiciendo el inicio de la fractura.
Alanis sentía una mezcla de triunfo y agonía. Ver a Miguel a su lado con el permiso del cielo era un sueño, pero tener que fingir frialdad ante sus iguales era una carga pesada.
Cada vez que Rafael o Gabriel subían a informar, ella se obligaba a tratar a Miguel con la distancia de una subordinada, mientras por dentro contaba los minutos para que Sariel regresara y contarle su aflicción
«Si ellos, que son tan sabios, no ven el pecado en nuestra cercanía, es porque no es un pecado», se decía Alanis a sí misma.
«Sariel regresará y verá lo que ellos no ven, que Miguel y yo somos uno solo. Él nos ayudará a que esta fachada de mandato se convierta en nuestra libertad».
Alanis no comprendía que el silencio de los arcángeles no era aprobación, sino la calma que precedía a la tormenta más grande que la ciudad de plata haya presenciado jamás.
El aire en la torre del reloj de arena parecía haberse detenido, como si el tiempo mismo contuviera el aliento ante lo que estaba por ocurrir.
Una noche Miguel y Alanis se encontraban frente a frente, tan cerca que el resplandor dorado de Miguel se fundía con la luz plateada que emanaba de la guardiana.
Miguel tomó las manos de Alanis entre las suyas.
Eran manos que habían sostenido el peso de la creación, pero que ahora temblaban por la intensidad de un sentimiento humano.
- Sabes que esto es un desafío a las leyes que juré proteger, dijo Miguel con una voz que era un susurro cargado de poder.
Nuestros sentimientos es una disonancia en la sinfonía celestial. Si nos entregamos a esto, las vibraciones de nuestro amor podrían desquebrajar los jardines de cristal. Incluso el orden mismo de la ciudad de plata está en riesgo.
Alanis lo miró a los ojos, sin rastro de duda.
- Que se quiebren los cristales, Miguel respondió ella, entrelazando sus dedos con los de él.
- Prefiero una eternidad de fragmentos a tu lado que un eón de perfección en soledad
- Yo te juro mi amor Miguel , por encima del reloj, por encima del tiempo y por encima de cualquier mandato. Dijo Alanis con firmeza en sus palabras
- Y yo te juro el mío , sentenció Miguel, sellando el pacto con una cercanía que desafiaba toda lógica divina. Aunque el cielo se oscurezca, tú serás mi única luz.
Tras el encuentro, cuando Miguel se retiró para retomar sus deberes, Alanis se quedó sola en la torre, observando el flujo de la arena caer.
El peso de lo prohibido comenzó a asentarse en su pecho, pero su mente no voló hacia el miedo, sino hacia un rostro conocido, el de Sariel.
Alanis comenzó a esperar con ansias el regreso de aquel que ahora patrullaba los confines del abismo. No lo esperaba con amor romántico, sino con una esperanza desesperada.
«Sariel me conoce», pensó ella, mientras acariciaba el frío cristal del reloj.
«Él es mi mejor guía, alguien que entiende los matices de la luz y la sombra mejor que nadie. Cuando vuelva, se lo contaré todo. Le diré cuánto amo a Miguel».
En su inocencia, Alanis se convenció de que la bondad de Sariel sería su salvación. Imaginaba que, al ver la pureza de su amor por el General
Sariel encontraría alguna grieta en las leyes antiguas, algún antiguo secreto entre las estrellas que permitiera que ella y Miguel estuvieran juntos sin destruir los jardines. No podía imaginar que su mayor aliado era, en realidad, el corazón herido que podría desatar la tragedia final.
Ella no tenía idea del dolor que le causaría cuando él regresara
El silencio en la cámara del reloj se volvió denso, cargado con la electricidad de un secreto que podría consumir los cielos. Alanis caminó hacia el ventanal, observando cómo la luz del séptimo rayo, ahora fracturada, bañaba los jardines de cristal en un tono violeta enfermizo.
- Sariel lo entenderá , susurró para sí misma, mientras sus dedos trazaban patrones invisibles en el aire frío. Él siempre habla de la libertad de las estrellas y de cómo la esencia debe seguir su propia verdad. Si alguien puede ver la justicia en este amor, es él.
Alanis creía que la fractura del séptimo rayo era por culpa de Miguel y ella, pero la realidad era que Sariel era el verdadero culpable por no haberle dicho nada a zadquiel sobre sus sentimientos hacia Alanis
En su mente, Alanis ya estaba ensayando las palabras. Se imaginaba a Sariel aterrizando con sus alas cansadas del polvo del abismo, y ella corriendo a su encuentro para confiarle el fuego que la consumía. Creía firmemente que el afecto que Sariel le profesaba , era tan noble que él se convertiría en el puente entre su deber y su corazón.
Mientras tanto, en los niveles inferiores, Miguel sentía que su armadura era una prisión. Cada vez que cruzaba miradas con Rafael o Uriel, temía que su resplandor lo delatara. El amor por Alanis le daba una fuerza nueva, pero también una fragilidad que nunca había conocido.
Se detuvo frente a una de las estatuas de cuarzo que decoraban los pasillos.
«He enviado a mi hermano a la oscuridad para reclamar la luz de una mujer», pensó Miguel, y la amargura le supo a ceniza.
Sabía que la unión de sus esencias era una anomalía. Si un arcángel y una guardiana se fundían en un sentimiento tan humano, la resonancia afectaría no solo a los jardines de cristal sino también la estructura misma de toda la ciudad de plata. Los cristales de los jardines, que vibraban en armonía con la pureza de sus habitantes, empezarían a emitir notas discordantes.
La belleza de su amor era, técnicamente, el inicio de una catástrofe.
Lejos de allí, en la negrura absoluta de los confines, Sariel sentía un escalofrío que no provenía del vacío. Mientras inspeccionaba las grietas de la realidad, su pensamiento volvía constantemente a la torre del reloj.
Él no sabía nada de pactos, ni de besos prohibidos, pero sentía una punzada en el pecho, un presentimiento de que, mientras él vigilaba la amenaza exterior, algo mucho más peligroso se estaba gestando en el corazón de su hogar. Se aferró a la idea de volver, de ver a Alanis y de recibir el consejo de su gran amigo Miguel, sin sospechar que el mundo que dejó ya no existía.
La tragedia estaba servida para el observador cósmico
Alanis esperaba a un amigo para que la ayudara a amar a otro. Miguel, un general atrapado entre la gloria y la traición, y Sariel un guerrero que regresaría del abismo solo para encontrar su propio infierno personal…. Continuará