**Él le arrebató su lugar.**
La vida le enseñó que en el mundo de los hombres, una mujer nunca hereda el poder… solo las heridas.
Manuela Hernández huyó de su hogar con el corazón roto y una promesa ardiendo en el pecho: jamás volvería a ser débil.
Cinco años después, convertida en una mujer poderosa y temida, regresa al rancho que una vez fue suyo tras la misteriosa muerte de su padre.
Pero volver significa enfrentarse a traiciones enterradas, secretos familiares y fantasmas que nunca dejaron de perseguirla.
Y también a él.
Damián Cortés.
El hombre peligroso que puede destruir todo lo que ella ama… o convertirse en su peor adicción.
Entre deudas, mentiras y una atracción imposible de ignorar, Manuela descubrirá que algunas guerras no se pelean solo por dinero o poder… sino por el corazón.
Porque en Hacienda San Rafael nadie es inocente.
Y alguien está dispuesto a matar para quedarse con el legado.
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Capítulo 24: Valentina mueve a Diego
Valentina había estudiado a Diego Vargas durante tres semanas antes de moverse.
No porque fuera complicado —los hombres heridos en el ego nunca eran complicados— sino porque quería el momento exacto. Diego llevaba semanas rondando el rancho como perro sin dueño, apareciendo con excusas que Manuela rechazaba con una eficiencia que a Valentina le resultaba casi admirable. Cada rechazo lo dejaba más frustrado y la frustración acumulada era exactamente el combustible que ella necesitaba.
El momento llegó un jueves en la cantina del pueblo.
Diego estaba en la barra con una cerveza y la cara de hombre que lleva demasiado tiempo pensando en la misma cosa. Valentina entró, lo vio, y se sentó a su lado con la naturalidad de quien no tiene ningún plan y solo quiere compañía, que era precisamente la actuación que mejor le salía.
—Diego —dijo, como si encontrarlo ahí fuera una sorpresa agradable.
Él la miró con esa incomodidad de los hombres que traicionaron a alguien con una persona y ahora tienen que mirarle la cara a esa persona cada tanto.
—Valentina.
—¿Cómo estás? —Se sentó sin esperar invitación—. He visto que vas seguido al rancho.
—A veces.
—Es bueno que la cuides. —Pausa calculada—. Aunque ella no lo aprecia mucho, ¿verdad?
Diego no respondió pero tampoco se fue, que era exactamente lo que Valentina necesitaba.
Pidió algo. Lo dejó beber. Habló de cosas sin importancia durante diez minutos con esa habilidad suya de construir confianza antes de usarla, y Diego fue bajando la guardia de a poco porque los hombres como Diego siempre bajaban la guardia cuando alguien les prestaba atención y no les pedía nada a cambio.
Fue en la segunda cerveza cuando Valentina dijo, como si fuera un pensamiento que se le escapaba:
—¿Sabías que tiene hijos?
Diego frenó el vaso a mitad del camino.
—¿Qué?
—Manuela. Tiene hijos en la capital. —Valentina lo dijo con el tono de quien comparte información de dominio público—. Dos, creo. Gemelos.
Diego dejó el vaso sobre la barra muy despacio.
Valentina lo observó hacer las cuentas. Lo vio en la cara: los ojos que se movían ligeramente hacia arriba y hacia la izquierda de quien está calculando fechas, la mandíbula que se apretaba de a poco a medida que los números iban cerrando, el momento exacto en que cerró.
—¿Cuántos años tienen? —dijo Diego, y su voz había cambiado de tono.
—No sé exactamente. Pequeños. Cuatro, cinco años.
Diego procesó eso en silencio y Valentina lo dejó procesar porque el silencio era donde el veneno hacía su trabajo mejor, sin que nadie tuviera que ayudarlo.
Cuatro o cinco años. Y él y Manuela habían terminado hace casi seis.
—¿Por qué no me dijo nada? —dijo Diego, más para él que para ella.
—No lo sé —dijo Valentina, con una compasión perfectamente fabricada—. Quizás pensó que no era asunto tuyo.
—Si son míos es completamente mi asunto.
—Claro que sí. —Pausa—. Aunque quizás no lo sepa con certeza. Ya sabes cómo son estas cosas.
Diego la miró.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. —Valentina levantó las manos—. Solo que cuando una mujer no dice quién es el padre generalmente es porque la respuesta es complicada.
Ahí estaba. No una acusación, no una afirmación, solo una insinuación con suficiente ambigüedad para que el ego herido de Diego construyera el resto solo. Los hombres como él siempre construían el peor escenario posible cuando se trataba de su orgullo, era una constante tan predecible que Valentina podría haberla cobrado como servicio de consultoría.
Diego se levantó de la barra.
—¿Dónde están?
—En la capital, según entiendo. Con una asistente que se llama Ana. —Valentina tomó su vaso—. Aunque no sé la dirección exacta.
Mentira. Tenía la dirección exacta desde hacía dos semanas, conseguida por el mismo investigador que seguía vigilando el edificio. Pero darle la dirección a Diego era moverlo demasiado rápido en una dirección que todavía no le convenía y Valentina sabía mejor que nadie cuándo soltar y cuándo retener.
Diego dejó dinero sobre la barra sin contar si era suficiente y salió.
Valentina lo vio irse con la mandíbula apretada y los hombros tensos y esa caminata específica de hombre que acaba de decidir algo y va a actuar antes de que la razón lo alcance.
Sonrió.
Tomó su vaso.
No importaba qué encontrara Diego cuando empezara a preguntar. Si los niños eran de él, Manuela tenía un problema enorme que iba a explotar en el momento más inconveniente posible. Si no eran de él, las preguntas de Diego en el pueblo iban a llegar a oídos de Manuela y Manuela iba a saber que alguien había hablado, y la desconfianza que generaba eso era útil de todas formas.
Y si por algún camino que Valentina todavía no veía claramente resultaba que los niños no eran de Diego y no eran de nadie que Manuela pudiera nombrar fácilmente, entonces la pregunta de quién era el padre se volvía una granada sin pasador que podía detonar en cualquier dirección.
Diego fue directo a la ferretería de don Marcos, que era el lugar donde se enteraba de todo en el pueblo desde que tenía quince años porque don Marcos tenía la habilidad específica de saber lo que pasaba en la vida de cada persona del municipio sin que nadie entendiera exactamente cómo.
—Don Marcos —dijo, apoyándose en el mostrador con la casualidad forzada de quien no es casual en absoluto—. ¿Sabe algo de los hijos de Manuela Hernández?
Don Marcos levantó la vista de lo que estaba haciendo y lo evaluó con la discreción de quien ha aprendido que las preguntas directas siempre tienen una historia detrás.
—¿Qué quieres saber?
—Cuántos años tienen. Si alguien los ha visto.
—Nadie los ha visto por aquí. —Pausa—. Aunque la semana pasada Manuela fue a la capital y volvió diferente. Más callada de lo normal, si eso es posible.
Diego apretó el borde del mostrador.
—¿Alguien sabe quién es el padre?
Don Marcos lo miró durante un segundo demasiado largo.
—Esa es una pregunta que yo no haría en voz alta por aquí, muchacho. —Bajó la voz—. Especialmente si la respuesta te afecta a ti.
Diego salió de la ferretería sin comprar nada.
Fue a la farmacia. Fue a la tienda de don Abel. Hizo preguntas en tres lugares más con la sutileza de alguien completamente fuera de sí, y en cada lugar la respuesta fue básicamente la misma: nadie sabía nada concreto pero todos iban a recordar que Diego Vargas había estado preguntando.
Valentina recibió el reporte de su investigador esa noche: Diego Vargas preguntó sobre los hijos en al menos cinco establecimientos del pueblo. La información va a llegar a Manuela Hernández antes de mañana.
Lo leyó y dejó el teléfono sobre la mesita de noche con la satisfacción tranquila de quien acaba de activar algo que ya no necesita supervisión para funcionar.
Ernesto entró al cuarto.
—¿Qué hiciste? —dijo, mirándola con esa expresión de hombre que sabe que ella movió una ficha sin consultarle.
—Resolví un problema.
—¿Qué problema?
—Manuela tiene secretos en la capital que no queremos que controle. —Valentina se recostó—. Diego va a ayudarnos a desenterrarlos sin que tengamos que ensuciarnos las manos.
—Diego es un idiota.
—Los idiotas útiles son los mejores recursos, Ernesto. No necesitan instrucciones detalladas ni saben para quién trabajan. —Pausa—. Y cuando explota la bomba, nadie nos mira a nosotros.
Ernesto la miró un momento con esa expresión que usaba cuando sabía que ella tenía razón y no quería admitirlo.
Apagó la luz.
Valentina lo vio salir con la mandíbula apretada y sonrió en la oscuridad. No importaba cuál fuera el resultado. Diego Vargas era ahora una bomba de tiempo. Y ella acababa de encender la mecha.