Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 28
El domingo era el único día en que Adrián podía respirar un poco más tranquilo. No tenía que levantarse demasiado temprano para limpiar la oficina. No tenía que ir y venir cargando garrafones ni atender a los empleados que le pedían que les preparara café. Por eso, esa tarde decidió caminar sin prisa por el parque de la ciudad, que no quedaba lejos de su cuarto rentado.
La camiseta negra sencilla y los jeans que llevaba puestos no tenían nada de especial. Caminaba despacio con las manos en los bolsillos por el sendero peatonal, bastante concurrido a esa hora. Algunos niños andaban en bicicleta, parejas jóvenes conversaban sentadas en las bancas del parque y los vendedores ambulantes atendían a sus clientes sin parar.
Adrián se detuvo junto a un puesto de té helado. Compró un vaso bien frío y se sentó en una banca un poco resguardada por la sombra. Sus ojos miraban al frente, pero su mente vagaba por todas partes.
Últimamente el rostro de Valentina aparecía en su cabeza cada vez con más frecuencia. Incluso sin razón aparente. A veces mientras trabajaba. A veces cuando estaba a punto de dormirse. A veces solo porque veía a una ama de casa envolviendo el almuerzo para su marido.
Cada vez que eso pasaba, Adrián sentía una opresión en el pecho. El arrepentimiento llegaba despacio, pero con los días se hacía cada vez más real.
Adrián estaba cabizbajo revisando el celular cuando el sonido de unos tacones acercándose lo hizo levantar la cabeza ligeramente. Entonces su cuerpo entero se tensó.
Lorena estaba de pie a unos pasos de él, sosteniendo un bolso pequeño. Llevaba el cabello largo suelto y bien peinado, pero su rostro se veía más pálido que la última vez que Adrián la había visto en el karaoke.
Ambos se quedaron en silencio unos segundos. Lorena se veía nerviosa.
Adrián, en cambio, se sentía extraño consigo mismo. Antes, con solo ver que Lorena se acercaba, el corazón se le aceleraba. Se apresuraba a sonreír, a elogiar su apariencia y a buscar cualquier excusa para seguir cerca de ella. Pero ahora ya no quedaba nada de eso. Ya no existía aquella pasión que lo había hecho capaz de destruir su propio hogar. Lo único que sentía era un vacío insípido y un leve cansancio.
Adrián fue el primero en desviar la mirada. —¿Quieres sentarte? —preguntó con tono indiferente.
Lorena pareció sorprenderse un poco por la frialdad en la voz de Adrián.
—Ah… sí. —La mujer se sentó despacio en la orilla de la banca, guardando distancia.
El ambiente se volvió incómodo al instante. Ya no había risitas coquetas ni roces juguetones como antes. Solo dos desconocidos que alguna vez se destruyeron la vida mutuamente.
—¿Ahora vives por aquí? —preguntó Lorena en voz baja, tratando de iniciar la conversación.
—Sí.
—¿Trabajas?
Adrián asintió brevemente. —Todavía.
Después de eso, el silencio cayó otra vez. Lorena estrujaba la correa de su propio bolso. Varias veces le lanzó miradas furtivas a Adrián, pero él mantenía la vista al frente.
—Adrián —lo llamó Lorena en voz baja.
—¿Hm?
—Aquella noche, no me esperaba encontrarte ahí.
Adrián esbozó una sonrisa tenue, sin calidez. —Yo tampoco.
Lorena agachó la cabeza. Sin saber bien por qué, sentía el pecho apretado al ver la actitud de Adrián. Antes, él la miraba lleno de anhelo y admiración. Ahora esa mirada había desaparecido. Y lo extraño era que Lorena sentía que había perdido algo.
—Sé que seguramente te doy asco ahora —murmuró Lorena.
Adrián no contestó de inmediato. Solo dejó escapar un suspiro lento mientras observaba a la gente que pasaba frente al parque.
—No tengo derecho a juzgar la vida de nadie —respondió Adrián por fin.
Aquellas palabras dejaron a Lorena en silencio. Él no la culpaba, pero tampoco la defendía, y precisamente por eso dolía más.
La mujer tragó saliva antes de soltar una risa breve y amarga. —La vida es absurda, ¿no? —murmuró Lorena—. Antes te dejé porque me daba miedo ser pobre. Y ahora mira cómo terminé.
Adrián siguió callado.
Y ese silencio hizo que Lorena, poco a poco, fuera abriéndose por completo. —Trabajé un tiempo en un restaurante —dijo en voz baja—. Pero no duré mucho.
Adrián al fin giró la cabeza ligeramente.
Lorena jugueteaba con la punta de la correa de su bolso mientras sonreía sin ganas. —Al principio estaba bien. El sueldo era el mínimo, pero muchos clientes dejaban buenas propinas. Además, el lugar era bonito. —Hizo una pausa—. Pero con el tiempo, muchas empezaron a tenerme mala voluntad.
—¿Por qué?
Lorena rio sin pizca de humor. —Porque los clientes venían a buscarme a mí. Querían que yo los atendiera.
Adrián frunció el ceño levemente.
Lorena recordaba con toda claridad las miradas llenas de rencor de las otras empleadas del restaurante. Los cuchicheos a sus espaldas, las indirectas, y hasta un par de ocasiones en que alguien le tendió una trampa para que el jefe la regañara.
—Decían que yo buscaba la atención de los clientes a propósito —continuó Lorena en un hilo de voz—. Pero yo solo hacía mi trabajo.
—¿Y luego?
—Me fui.
—¿Te fuiste o te obligaron a irte? —preguntó Adrián sin inflexión alguna.
Lorena se quedó muda. La respuesta se leía claramente en su rostro. Suspiró hondo antes de continuar.
—Después de todo lo que pasó, la situación de mi familia empeoró mucho. —Su voz se fue apagando—. La enfermedad de mi papá se agravó.
Adrián se sorprendió un poco. —¿Don Gustavo?
Lorena asintió despacio. —Un derrame leve y falla renal.
Aquello dejó a Adrián callado un largo rato. Todavía recordaba a don Gustavo como un hombre que antes se veía sano.
—Los gastos médicos son altísimos —continuó Lorena—. Medicinas, consultas en el hospital, y encima la diálisis.
La voz de la mujer empezó a quebrarse. —No sabía de dónde sacar el dinero.
Lorena agachó la cabeza hasta el fondo. Sus dedos se entrelazaron con fuerza sobre su regazo.
—Al final terminé trabajando en ese lugar. —Lorena sonrió con amargura.
Adrián contempló el rostro de Lorena un largo rato. Por primera vez desde que se habían reencontrado, la veía realmente con claridad. Maquillaje caro, bolso fino, ropa a la moda. Pero sus ojos se veían agotados.
—Estoy cansada, Adrián —susurró Lorena—. Estoy cansada de fingir que sonrío todo el tiempo. —La frase sonó tremendamente frágil.
Adrián bajó la mirada. Sin saber bien por qué, la rabia que antes había sentido se fue disolviendo poco a poco. Lo que quedaba era tan solo un vacío. Porque ahora se daba cuenta de que él y Lorena habían caído de maneras distintas. Y lo extraño era que, en medio de todo aquello, el nombre que no dejaba de aparecer en la cabeza de Adrián era uno solo: Valentina.
* * *
Mientras tanto, en otro lugar, Valentina estaba asando pescado a la parrilla en el patio lateral junto con Matías y Santiago. Los días de descanso solían disfrutarlos así, pasando un rato tranquilo juntos.
—Hermano, ayer conseguí un cupón de descuento para el cine. Esta noche invita a Valentina a una cita —le susurró Matías con una sonrisa pícara.
—¿Asientos VIP?
—Claro que sí.
Santiago y Matías se guiñaron el ojo y levantaron el pulgar al mismo tiempo. Valentina, concentrada en el pescado que daba vueltas sobre la parrilla, no tenía la menor idea del plan que se traían los dos hermanos.
—Antes de que me vaya a estudiar lejos, ya tienes que haberte casado con Valentina. Para que me vaya tranquilo —dijo Matías, y Santiago soltó una risa suave.
—Mejor reza para que tu hermano pueda pedirle la mano cuanto antes a la mujer que ama —dijo Santiago con una leve sonrisa.