Tania lo tenía todo: un matrimonio envidiable, una casa perfecta y un amor que creía eterno. Hasta la noche en que descubrió a su esposo cenando con otra mujer.
Cualquiera habría gritado, llorado o suplicado. Tania no hizo ninguna de las tres cosas. Sonrió, guardó silencio y empezó a planear.
Lo que nadie sabía —ni su esposo infiel, ni la amante ambiciosa, ni la familia que la subestimó— era que detrás de la esposa sumisa se escondía una mente brillante capaz de construir un imperio desde las cenizas de su propio matrimonio. Con la ayuda de su mejor amiga y de un hombre misterioso que la admiraba desde las sombras, Tania inicia una transformación silenciosa que la llevará de ama de casa humillada a la mujer más poderosa de la industria.
Pero la venganza es solo el comienzo. Secretos de familia, traiciones corporativas, enemigos implacables y un amor inesperado pondrán a prueba su frialdad legendaria a lo largo de cinco temporadas de intriga, pasión y poder.
Porque la venganza más letal no es la que se grita. Es la que se sirve en silencio.
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Capítulo 28
Habían pasado tres días desde la gran presentación. Durante ese tiempo, Tania no dejó de ejercer presión psicológica sobre Elena dentro de la casa, obligándola a vivir sumida en el miedo. Esa mañana, Tania llegó al vestíbulo de Hartadinata Internacional. Sin embargo, algo diferente llamaba la atención en el área de estacionamiento reservada para los directivos.
Un Mercedes-Benz Maybach negro reluciente ocupaba uno de los espacios, reflejando la luz del sol con una elegancia imponente. La presencia del vehículo atraía las miradas de prácticamente todos los empleados que pasaban por allí.
Tania, que acababa de bajarse de un taxi —porque había decidido deliberadamente demostrar su independencia—, se detuvo un instante ante el lujo que tenía enfrente. Junto al auto, Renzo ya la esperaba de pie, impecable en su traje, con una sonrisa discreta.
—Buenos días, señora Tania —la saludó Renzo con amabilidad. Se acercó unos pasos y le tendió una pequeña caja forrada en terciopelo negro.
Tania frunció el ceño.
—Buenos días, Renzo. ¿Qué es esto?
—La dirección está muy satisfecha con el éxito del lanzamiento de su colección de joyería hace tres días. El impacto en las acciones de la empresa ha sido extraordinario —explicó Renzo, elevando la voz lo justo para que sonara profesional ante quienes los rodeaban—. Esto es una bonificación de la compañía para facilitar su movilidad como Directora de Diseño.
Tania abrió la caja y encontró una llave con un logotipo de lujo. Observó el auto que tenía delante, luego miró a Renzo. Aquel vehículo era infinitamente más lujoso, infinitamente más costoso e infinitamente más distinguido que el auto del que Diego tanto presumía en casa.
—¿La dirección... o Rey? —preguntó Tania en voz baja, escrutándolo.
Renzo se limitó a esbozar una sonrisa contenida: una respuesta sin palabras que Tania comprendió a la perfección.
—El señor Rey quiere que usted se sienta segura y cómoda cuando venga a trabajar, señora. Sin depender de nadie.
Tania rozó con los dedos el capó frío y terso del auto. Una calidez extraña se deslizó en su pecho. Mientras su marido intentaba controlarla con bienes que en realidad seguía pagando a plazos, Rey le ofrecía libertad envuelta en un lujo real.
Tania imaginó la cara que pondría Diego al ver ese auto estacionado frente a la casa. Diego, que siempre se sentía el más exitoso con su mediocridad disfrazada de triunfo, se vería como una mota de polvo ante lo que Rey le proporcionaba.
—Transmítale mi agradecimiento a "la dirección", Renzo —dijo Tania, recalcando la última palabra.
Tania subió al auto. El aroma a cuero de alta gama y la tecnología de punta la envolvieron al instante. Sintió que su arsenal estaba completo. Poseía inteligencia, poseía pruebas de los delitos de sus adversarios, y ahora... poseía un respaldo financiero capaz de pulverizar a Diego en el momento que eligiera.
* * *
Esa tarde, Diego y Elena descansaban en la terraza del frente. Diego acababa de terminar de lavar su auto —el auto del que siempre presumía y que consideraba el símbolo de su éxito—. Elena estaba sentada a su lado, ofreciéndole un vaso de jugo, intentando ponerse cariñosa para disipar la tensión que las amenazas de Tania le habían provocado los últimos días.
—Mi amor, tu auto es precioso. Me muero de ganas de que llegue el día en que podamos usarlo juntos sin tener que escondernos —soltó Elena, tanteando el terreno sobre el futuro de ambos.
Diego sonrió con orgullo y palmeó el capó de su auto.
—Paciencia, cariño. Muy pronto todo esto será nuestro por completo.
De pronto, el ronroneo de un motor extraordinariamente suave pero potente se aproximó al portón. Un Mercedes-Benz Maybach negro, de un brillo deslumbrante, entró con lentitud al jardín. Su tamaño imponente y su diseño suntuoso hicieron que, a su lado, el auto de Diego pareciera un juguete viejo.
Diego se puso de pie con el ceño fruncido.
—¿Quién es? Seguro se equivocó de dirección.
Elena también se levantó; los ojos se le abrieron como platos ante la magnificencia del vehículo. El corazón empezó a latirle con fuerza y un presentimiento amargo la invadió.
La puerta del auto se abrió de forma automática. Tania descendió con una elegancia absoluta. Llevaba gafas de sol y un portafolio nuevo que armonizaba con su aura de opulencia. Cerró la puerta con un golpe firme y distinguido.
Diego se quedó paralizado, la boca entreabierta.
—¿Tania? Ese... ¿de quién es ese auto?
Tania se quitó las gafas oscuras y alternó la mirada entre Diego y Elena con expresión impasible.
—Es mío, Diego. Un bono de la empresa por el éxito rotundo del lanzamiento de mi colección —respondió Tania con naturalidad, como si estuviera comentando el clima.
Diego se acercó y rozó la carrocería con dedos vacilantes.
—¿Un bono? ¿Qué clase de empresa regala un bono así de caro, Tania? No me vengas con cuentos. ¡Eso vale millones!
—Tal vez tu empresa no puede darse el lujo de ofrecerle algo así a sus empleados, Diego. Pero donde yo trabajo, la dirección sabe valorar el talento y el esfuerzo —replicó Tania con suavidad, aunque el efecto fue como una bofetada brutal en el rostro de Diego.
Elena solo pudo quedarse en silencio, el rostro lívido. Ella, que hasta hacía un momento se sentía victoriosa por tener a Diego, ahora se sentía como polvo. La riqueza de Diego que tanto había idolatrado resultaba ser nada comparada con lo que Tania era capaz de conseguir con sus propias manos.
Tania entró a la casa sin dignarse a mirar a Diego, que seguía plantado como una estatua junto al auto de lujo, dejándolo con la dignidad hecha trizas frente a su propia amante.
* * *
Esa noche, la atmósfera en la habitación principal era opresiva. Tania estaba sentada con calma frente al tocador, limpiándose el rostro con movimientos gráciles y rítmicos. Detrás de ella, Diego iba y venía como un león herido. La imagen del Maybach en el jardín no dejaba de atormentarlo, y su propio auto le parecía ahora un montón de chatarra sin valor.
—Tania, sé honesta conmigo —Diego se detuvo al fin; la voz le temblaba entre la rabia y la inseguridad—. ¿Qué clase de bono vale millones de dólares? Llevo años en el mundo de los negocios y no existe empresa en su sano juicio que le haga un regalo así a una empleada nueva.
Tania apenas lo miró a través del reflejo del espejo.
—Quizá porque tú nunca alcanzaste el nivel de resultados que ellos esperan, Diego. En Hartadinata, el valor de una idea es mucho más caro que el de cualquier motor.
Diego apretó los puños. La respuesta de Tania fue un golpe directo a su amor propio.
—¿O tal vez no es tu idea lo que están comprando, sino a ti? —la acusó Diego, perdiendo ya todo control sobre sus emociones—. ¿Quién es el jefe en esa empresa? Es hombre, ¿verdad? ¿Qué tipo de relación tienes con él para que esté dispuesto a gastar semejante fortuna en ti?
Tania dejó el algodón desmaquillante con lentitud. Se dio la vuelta y lo miró con una expresión tan indiferente que Diego se sintió insignificante.
—Esa acusación demuestra lo bajo que piensas, Diego —pronunció Tania con frialdad—. Si te sientes amenazado por mi éxito, es tu problema. Pero no te atrevas a hablarme de moralidad... a menos que te consideres lo bastante puro para hacerlo.
Diego se estremeció, asaltado por el recuerdo de su propia traición. Quiso rebatir, pero la lengua se le paralizó bajo la mirada afilada de Tania.
Al otro lado de la puerta entreabierta, Elena permanecía inmóvil, escuchando la discusión. Sostenía entre las manos la carpeta secreta de Tania y ansiaba irrumpir en la habitación para arrojarle las pruebas a Diego en la cara y demostrar que Tania era una manipuladora.
Sin embargo, cada vez que estaba a punto de dar el paso, la imagen del video comprometedor y las amenazas de Tania sobre sus deudas resurgían en su mente. Le temblaba el cuerpo entero. Estaba atrapada entre el deseo de destruir a Tania y la necesidad de protegerse a sí misma.
No puedo decirlo ahora..., susurró Elena para sus adentros, con la respiración entrecortada. Si hablo, Tania me destruirá antes de que pueda disfrutar la fortuna de Diego.
Tania volvió a girarse hacia el espejo, ignorando a Diego, que seguía clavado en su sitio. Sabía que, aun sin la instigación de Elena, el ego frágil de Diego ya había comenzado a pudrirse desde adentro.
—Buenas noches, Diego. No olvides apagar la luz. Necesito descansar bien para estrenar mi auto nuevo mañana temprano —dijo Tania con toda tranquilidad, y se cubrió con la sábana.
Diego solo pudo contemplar la espalda de su esposa con una furia contenida. En sus ojos ya no había amor, sino una sospecha incandescente —una sospecha que Tania cultivaba a propósito para que Diego cometiera un error fatal en su próximo movimiento.
Continuará...