Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 27 EL AGRADECIMIENTO Y LA NOCHE
Los días posteriores al rescate fueron un remolino de actividad silenciosa.
La mansión Carusso se convirtió en un cuartel improvisado: hombres de Dante entraban y salían con informes, el abogado redactaba documentos a toda prisa, y Alessandro pasaba horas al teléfono con viejos contactos que creía perdidos para siempre.
Pero en medio de ese torbellino, había un oasis de calma: la habitación de Renata.
Maya pasaba la mayor parte del día allí, sentada junto a la cama de su madre, sosteniéndole la mano mientras ella dormía o miraba el techo con los ojos perdidos.
El médico privado, un hombre paciente de apellido Suárez, había dicho que el secuestro había sido un retroceso, pero no una derrota. Renata necesitaba tiempo. Necesitaba sentirse segura. Necesitaba, sobre todo, algo que Maya no sabía cómo darle: la certeza de que nunca volvería a pasar.
Fue al tercer día cuando Renata pidió ver a Dante.
Maya parpadeó, sorprendida.
—¿A Dante? ¿Para qué, mamá?
Renata estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en un montón de almohadas, el pelo canoso recogido en una trenza que Elsa le había hecho aquella mañana. Sus ojos, antes tan opacos, tenían un brillo nuevo.
—Para darle las gracias —respondió—. Y para pedirle perdón.
—¿Perdón? ¿Por qué?
Renata suspiró. Tomó la mano de Maya y la apretó.
—Por juzgarlo sin conocerlo. Por tenerle miedo. Por pensar que era un monstruo. Ese hombre arriesgó su vida por mí. Un hombre al que no le debo nada. Un hombre al que traté como a un enemigo. Y él… él vino a buscarme. No lo hizo por dinero, hija. No lo hizo por obligación. Lo hizo porque es tu esposo. Y porque, aunque no quieras verlo, te quiere.
Maya abrió la boca para protestar, pero las palabras no salieron.
Te quiere.
Tres palabras. Tan simples. Tan inmensas.
—Mamá… —empezó, pero Renata la interrumpió.
—No me digas que no. Yo he estado casada casi treinta años. Sé cómo mira un hombre a la mujer que ama. Y Dante te mira así. Desde el primer día que lo vi, en esta casa, cuando apenas podía mantener los ojos abiertos, lo vi. Te mira como si fueras la única cosa buena en un mundo de mierda. Y eso, hija, eso no se finge.
Maya sintió los ojos húmedos.
—No es amor, mamá. Es un contrato.
—Los contratos no hacen que un hombre sangre por ti. Los contratos no hacen que un hombre deje su imperio para rescatar a la madre de su esposa. Los contratos no hacen que un hombre te bese en la frente antes de ir a la guerra. Eso es otra cosa. Y tú lo sabes.
Maya no pudo responder. Porque en el fondo, en ese lugar oscuro y temeroso de su corazón, sabía que su madre tenía razón.
*_*
Dante aceptó ver a Renata esa misma tarde.
Maya los dejó solos, aunque cada fibra de su ser quería quedarse, quería escuchar, quería saber qué iba a decir su madre. Pero Renata había pedido intimidad, y Maya respetó su deseo.
Se quedó en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared, los brazos cruzados sobre el pecho, escuchando los murmullos que llegaban desde el otro lado de la puerta.
Al principio, apenas se oía nada. Luego, la voz de Renata, clara y firme, muy diferente del susurro tembloroso de los días anteriores.
—Siéntese, Dante. No muerdo.
Un silencio. Luego, la voz grave de él, respondiendo algo que Maya no alcanzó a distinguir.
—Quiero darle las gracias —dijo Renata—. Por lo que hizo. Por arriesgar su vida por una mujer que ni siquiera podía mirarlo a la cara.
—No tenía otra opción —respondió Dante, y esta vez Maya lo oyó con claridad—. Es la madre de mi esposa.
—¿Y eso es todo? ¿Una obligación?
Otro silencio. Más largo.
—No —admitió Dante—. No es solo eso.
—¿Qué es, entonces?
Maya contuvo la respiración.
—Su hija —dijo Dante, y su voz sonó diferente, más suave, casi vulnerable—. Su hija me pidió que la ayudara. Y yo no supe decir que no. No supe decir que no cuando me pidió la fianza. No supe decir que no cuando me pidió que la casara. No supe decir que no cuando me pidió que trajera a su madre a salvo. Y sé que algún día me va a pedir algo que no voy a poder darle. Y ese día… ese día voy a romperme en pedazos. Pero, mientras tanto, voy a seguir diciendo que sí. Porque ella es la única persona en este mundo que me ha pedido algo sin querer nada a cambio.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una emoción que Maya apenas podía procesar.
—Usted la quiere —dijo Renata, y no era una pregunta.
—No sé lo que es querer —respondió Dante—. Nunca me enseñaron. Pero sé que no quiero que le pase nada malo. Sé que prefiero enfrentarme a mil enemigos antes que verla llorar. Sé que cuando duerme a mi lado (no en mi cama, pero cerca), yo descanso. Por primera vez en años, descanso. Si eso es querer, entonces sí. La quiero.
Maya se tapó la boca con la mano para no hacer ruido. Las lágrimas le rodaban por las mejillas sin que pudiera detenerlas.
—¿Y ella? —preguntó Renata—. ¿Sabe todo esto?
—No. Y probablemente nunca lo sepa.
—¿Por qué no?
—Porque no vine a este mundo para ser feliz —dijo Dante, con una amargura que heló la sangre de Maya—. Vine a sobrevivir. Y si sobrevivir significa que ella nunca sepa lo que siento, entonces así será. Pero la protegeré. Siempre. Eso se lo juro.
Maya no pudo escuchar más.
Se apartó de la puerta y caminó por el pasillo con las piernas temblorosas, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies. Entró en su habitación, cerró la puerta, se dejó caer en la cama y lloró.
No lloró de tristeza.
Lloró porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien la quería de verdad. Y ese alguien era el hombre al que menos esperaba.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias