A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.
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Capitulo 15
La lluvia del verano de 2026 golpeaba con violencia los cristales del departamento que Scarlett compartía con Camila. El sonido era un eco perfecto de la tormenta que arrasaba el pecho de Scarlett. Sentada en el borde de su cama, vestía únicamente una camisa de seda blanca de Damiano que se había traído como un tesoro robado de su última noche juntos. La prenda, que le quedaba enorme y le cubría apenas a mitad del muslo, aún conservaba ese aroma varonil a sándalo, cuero y tabaco caro que la hacía estremecer de deseo y dolor a partes iguales.
Entre sus dedos temblorosos sostenía su teléfono. La pantalla iluminaba sus ojos avellana con el diseño elegante y oscuro de la aplicación *Velvet*. El perfil de Damiano Serrano estaba activo. Cincuenta mil dólares mensuales. Exclusividad absoluta. Un trato comercial que se había transformado en un lazo invisible que le aprisionaba el corazón.
Camila entró a la habitación con dos tazas de té, pero al ver la expresión desencajada de su amiga, dejó las tazas sobre la mesa de noche y se sentó a su lado, rodeándole los hombros con un brazo.
—Lo vas a hacer, ¿verdad? —preguntó Cami en un susurro cargado de una madurez prematura.
Scarlett asintió, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla canela, perdiéndose en el cuello de la camisa de Damiano.
—No tengo otra opción, Cami —confesó Scarlett con la voz rota, áspera por el llanto contenido—. Héctor Serrano no está jugando. Sabe lo de la clínica de mi abuela, sabe lo de la aplicación. Si no me alejo, publicará todo. Destruirá las acciones de *Serrano Motors* justo antes de salir a la bolsa internacional. Hundirá a Damiano en la misma oscuridad de la que le costó años salir. No puedo ser la causa de su ruina. Lo amo demasiado para hacerle eso.
—¿Y qué pasa con lo que tú sientes, Scar? ¿Qué pasa con lo que él siente por ti? Matías dijo que está enamorado hasta las trancas —insistió Cami, con los ojos empañados por la empatía.
—Ese es el problema —Scarlett se puso de pie, caminando hacia la ventana mientras abrazaba su propio cuerpo. La seda blanca se ciñó a sus curvas juveniles, dibujando la silueta de sus caderas y la línea de sus piernas—. Damiano me confesó su mayor secreto. Su esterilidad. Él cree que está defectuoso, que no puede ofrecerle un futuro real, una familia o hijos a nadie. Se aferra a mí porque cree que este contrato es la única forma de tenerme sin enfrentarse a ese miedo. Al enamorarme de él, rompí el delicado equilibrio que lo mantenía a salvo. Si me quedo, lo destruye su padre; si me quedo, nos destruimos nosotros intentando forzar un futuro que él cree imposible. Es hora de aplicar tus reglas, Cami. Tengo que soltar el freno de mano.
Con una resolución heroica y dolorosa, Scarlett desbloqueó el teléfono. Abrió el chat privado con Damiano dentro de *Velvet* y tecleó un mensaje corto, desprovisto de la calidez de sus noches íntimas:
> **[MENSAJE DE S.M.]**
> *Necesito verte esta noche en el penthouse. Es urgente. Tenemos que hablar del contrato.*
>
A las nueve de la noche, el ascensor privado dejó a Scarlett en el piso treinta. El penthouse estaba en una penumbra parcial, iluminado solo por las luces de la ciudad que se reflejaban en los ventanales mojados por la lluvia.
Damiano la esperaba de pie junto a la barra de la cocina. Vestía unos pantalones de vestir oscuros y una camisa negra de lino con las mangas remangadas hasta los codos, revelando los tatuajes de sus brazos. Al verla entrar, su mirada gris se encendió con esa intensidad posesiva y magnética que siempre la hacía flaquear. Scarlett llevaba un vestido de punto negro, de cuello alto pero completamente ceñido a su cuerpo, corto hasta los muslos, y el cabello castaño suelto, cayendo de lado.
Damiano caminó hacia ella con paso firme y felino, acortando la distancia. Su magnetismo sexual era tan abrumador que Scarlett sintió un tirón inmediato en el bajo vientre. Él estiró sus manos grandes y la tomó de la cintura, atrayéndola bruscamente contra su anatomía. El calor de su torso la envolvió, y Damiano se inclinó para besarla, buscando sus labios con una urgencia juvenil y ardiente.
—Te extrañé, Scar —murmuró él contra su boca, su voz ronca vibrando en el pecho de la joven. Sus manos bajaron por la curva de sus glúteos, apretándola contra su masculinidad, demostrándole cuánto la deseaba—. Ese mensaje sonó demasiado serio. Olvídate de los contratos por hoy. Quédate conmigo.
Scarlett experimentó unos celos retrospectivos de su propia felicidad y un deseo ardiente de entregarse a él una última vez, de dejarse llevar por la pasión salvaje que compartían sobre las sábanas de hilo gris. Sus cuerpos se conocían a la perfección; la atracción física era un fuego químico que amenazaba con quemar su fuerza de voluntad. Pero la imagen de Héctor Serrano y la amenaza a la vida de su abuela operaron como un ancla fría en su mente.
Con un esfuerzo que le desgarró el alma, Scarlett apoyó las manos en el pecho texturizado de Damiano y lo empujó suavemente, retrocediendo un paso. Se liberó de su agarre.
Damiano la miró, frunciendo el ceño de inmediato. Sus ojos grises se oscurecieron, detectando el muro de hielo que ella acababa de levantar.
—¿Qué pasa? —preguntó, con la mandíbula tensándose bajo la barba de un par de días.
—Vine a darte esto —dijo Scarlett, con la voz más fría y distante que pudo fingir. Sacó de su bolso un sobre de papel madera y lo dejó sobre la mesa de centro. Contenía los últimos cincuenta mil dólares que él le había transferido—. Voy a rescindir el contrato de exclusividad de *Velvet*. He decidido borrar mi cuenta de la aplicación. Esto se terminó, Damiano.
El silencio que se instaló en el penthouse fue más ensordecedor que el trueno que resonó en el exterior. Damiano se quedó inmóvil, como si sus músculos se hubieran transformado en el acero de sus motores.
—¿De qué maldita broma estás hablando, Scarlett? —su voz bajó una octava, un siseo ronco y peligroso que denotaba el pánico que empezaba a asomar en su pecho—. Tuvimos una cita real. Me cuidaste. Nos abrimos el uno al otro. Lo que pasó en esta cama... lo que pasó en la pista no fue un maldito contrato.
—Para mí sí lo fue —mintió ella, clavándole los ojos avellana con una frialdad ensayada, aunque por dentro sentía que se estaba desangrando—. Me divertí, Damiano. Eres un hombre increíble en la cama, la química entre nosotros fue una locura y la adrenalina de tus coches es adictiva. Pero las reglas de la aplicación son claras. Se trataba de un negocio. Conseguí el dinero que necesitaba para los gastos médicos de mi familia y... bueno, un hombre de veintiocho años con tantos traumas y un pasado tan oscuro es demasiado equipaje para una universitaria de veintidós.
Cada palabra de Scarlett se clavó como un puñal en el orgullo y la herida de esterilidad de Damiano. El magnate dio un paso al frente, acorralándola contra la pared de cristal. Su respiración era errática, el pecho subía y bajando con fuerza. Apoyó ambas manos a los lados de la cabeza de Scarlett, atrapándola, inundándola con su aroma y su cercanía sofocante.
—Mírame a los ojos y dime que solo fue por el dinero —exigió él, con la voz rota, sus ojos grises fijos en los labios carnosos de ella, que temblaban imperceptiblemente—. Dime que cuando me abrazaste y me dijiste que era tu hombre fuerte estabas actuando. ¡Dímelo, Scarlett!
La proximidad de su cuerpo, la tensión sexual que amenazaba con hacerlos estallar en un abrazo desesperado y el dolor en la mirada de Damiano casi hacen que Scarlett confiese la verdad. Quería gritarle que lo amaba, que lo hacía para salvarlo de su padre. Pero sabía que si cedía, Héctor cumpliría su amenaza.
—Solo fue un trabajo, Damiano. Encontré a alguien de mi edad, alguien con quien puedo tener un futuro... normal —soltó la última palabra con crueldad deliberada, sabiendo que atacaba su mayor inseguridad—. Alguien que no esté roto. Adiós, Serrano.
Damiano pareció encogerse, como si el golpe lo hubiera vaciado por dentro. Sus manos cayeron a los lados de su cuerpo. El titán indomable de la industria del motor fue sustituido por el chico solitario del callejón.
Scarlett no esperó a ver su reacción. Caminó hacia el ascensor a paso rápido, con las lágrimas desbordando finalmente sus ojos avellana. Cuando las puertas de metal se cerraron, separándola de Damiano, Scarlett se desplomó en el suelo del cubículo, sollozando sin control. Había salvado la carrera de Damiano y el tratamiento de su abuela, pero el precio de sus sentimientos había sido el más alto de todos: había tenido que destrozar al único hombre al que amaba con el alma entera.