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90 Minutos Para Volver A Tí

90 Minutos Para Volver A Tí

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La noche que no elegí olvidar

CAPÍTULO 1 —

Hay noches que uno cree que va a recordar para siempre por lo felices que fueron. La noche de mi graduación iba a ser una de esas. Terminé el instituto con las mejores notas de mi promoción, con una beca completa para estudiar Derecho en la universidad más prestigiosa de Sevilla, con un futuro que por fin parecía tener forma después de dieciocho años de contar cada euro en mi casa. Esa noche debía ser el comienzo de todo. Y lo fue, aunque no de la manera que yo imaginaba. Mi amiga de toda la vida me regalo el viaje de egresados. Era la primera vez que me salía de casa.

Nunca fui de fiestas. Era la típica "empollona" del curso, la que se quedaba después de hora preguntándole a la profesora de Historia sobre la Revolución Francesa mientras las demás hablaban de chicos y de qué se iban a poner el sábado. No es que no quisiera divertirme, es que no tenía tiempo. Entre las clases, el trabajo de media jornada en la fotocopiadora del barrio y las horas robadas a la noche para estudiar, mi adolescencia había sido, sobre todo, disciplina.

Pero esa noche, con el diploma todavía tibio entre las manos, mi mejor amiga, Renata, no me dejó decir que no.

—Es nuestra noche, Camila —me dijo, agarrándome de las dos manos en la puerta de mi casa, con ese brillo en los ojos que solo ella sabía poner cuando quería convencerme de algo—. Nos merecemos una noche sin pensar en nada. Una sola noche.

El viaje de fin de curso terminó en una discoteca del centro de Sevilla, uno de esos lugares enormes con luces que lastimaban los ojos y una música tan fuerte que el pecho vibraba antes que los oídos entendieran la canción. Yo no quería beber. Se lo dije a Renata como cinco veces mientras ella me ponía una copa en la mano.

—Una sola vez en la vida se termina el instituto, Cami. Vas a estudiar Derecho, vas a ser una eminencia, vas a trabajar como loca el resto de tu vida. Déjame regalarte esta noche.

No sé en qué momento la primera copa se convirtió en la tercera, y la tercera en la que ya no pude contar. Solo sé que el mundo empezó a moverse distinto, que las luces se estiraban como si fueran de goma, que me reía de cosas que no tenían gracia y que en algún momento mi estómago se rebeló contra todo lo que le había hecho tomar.

Fui al baño. Cuando salí, ya no reconocía nada. Ni las caras, ni las paredes, ni la dirección de la salida. Busqué a Renata a los tumbos, aferrándome a las paredes, y la encontré igual de perdida que yo. Nos tomamos de las manos como dos náufragas y tratamos de llegar a la puerta.

No llegamos.

En esa misma discoteca, esa noche, un grupo de jugadores universitarios de fútbol festejaba un triunfo. Los había visto entrar horas antes, un grupo ruidoso y atractivo, de esos que ocupan un lugar entero solo con su presencia. Bebían como si el alcohol no les hiciera nada, rodeados de chicas que se les colgaban del brazo esperando ser elegidas por lo menos por una noche.

Un par de esos jóvenes salieron de una de las salas privadas del fondo justo cuando Renata y yo pasábamos, apenas sosteniéndonos en pie. Nos agarraron de las manos. Dijeron que nos iban a ayudar, que estábamos muy mal para caminar solas. No podíamos ni sostener la cabeza, mucho menos defendernos, y sentí que las manos de uno de ellos se movían por lugares donde no debían moverse, con una risa que no tenía nada de amable. Le pedí que me soltará y nada.

No sé de dónde salió el otro grupo. Solo recuerdo voces graves, un empujón, un "suéltala" que sonó como una orden y no como un ruego. Un grupo de chicos altos, atléticos, con la ropa deportiva de un club universitario, había salido de otra de las salas y en segundos hicieron que esos dos nos soltaran.

Uno de ellos me sostuvo antes de que cayera al suelo.

No vi bien su cara al principio. Solo sentí que me alzaba en brazos como si yo no pesara nada, con una facilidad que solo tienen los cuerpos entrenados para cargar algo mucho más pesado que una chica de cincuenta y pico de kilos. Mi amiga se fue con otro del mismo grupo, tambaleándose, riendo, ajena por completo a lo que estaba pasando, porque para ella —lo supe después— esto no era nada nuevo.

A mí, en cambio, me temblaba todo el cuerpo, y no solo por el alcohol.

Cuando desperté un instante en una habitación —porque en esa noche hubo instantes de lucidez entre nubes de nada— lo primero que vi fue su rostro. Labios gruesos, entreabiertos, respirando cerca de los míos. Ojos verdes, tan verdes que parecían fabricados, no reales. El pelo oscuro y rizado, húmedo en las puntas por el calor del lugar. Un abdomen marcado, un cuerpo alto, entrenado, atractivo de una manera que dolía mirar.

Me susurró al oído, con la voz ronca:

—Te deseo. No puedo aguantar más.

Y me besó como si quisiera devorarme entera. sus besos fueron fuego para mí, no podía resistirme a Él.

Yo Nunca había tenido novio. Nunca había besado a nadie así. Le susurré, con lo poco de voz que me quedaba, entre el miedo y algo que no sabía nombrar:

—Por favor, despacio. Nunca hice esto.

Él sonrió contra mi cuello, como si yo hubiera dicho un chiste privado entre los dos.

—Yo te cuido, mi amor. Ya lo hemos hecho muchas veces, ser gentil toda la noche como siempre.

No entendí esas palabras esa noche. Las entendí meses después, cuando até cabos: él no me veía a mí. Él veía a su novia de toda la vida, la chica con la que discutió esa misma noche porque ella se negó a seguir bebiendo y se fue sola a su casa, harta de esperarlo.

Él se llevó todo de mí esa noche. Mi primera vez. Mi inocencia. La certeza tranquila de que mi vida iba a ser lineal: estudiar, licenciarme, salir de la pobreza en la que había nacido. No lo sabía todavía, pero esa noche cambió el rumbo entero de mi historia.

Cuando desperté por completo, ya no estaba. Un amigo suyo lo había sacado de la habitación, medio a cuestas, todavía dormido, sin que él recordara absolutamente nada de lo que había pasado entre nosotros. Solo yo quedé ahí, con el cuerpo dolorido, con las sábanas manchadas de una verdad que no admitía discusión, con marcas en el cuello que no eran mías, que eran de él.

En la mesita de noche, brillando bajo la luz débil de una lámpara, había un rosario de oro.

No supe entonces de quién era. No sabía su nombre. No sabía que ese pedacito de oro se convertiría, con el tiempo, en el único hilo real que me uniría a un hombre que en unos años el país entero conocería por otra razón completamente distinta: por ser una de las figuras más brillantes de la selección de fútbol.

Yo solo era una chica de dieciocho años, con un título de bachillerato en la mochila y un rosario de oro en la mano, tratando de entender qué era exactamente lo que había pasado con mi vida esa noche.

No tenía ni idea de que, nueve meses después, iba a tener la respuesta llorando en mis brazos.

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