El nuevo Capo de la Camorra ha quedado viudo y no tiene intención de hacerse cargo de su hija, ya que su mayor ambición es conquistar el territorio de La Cosa Nostra. Por eso contrata una niñera para desligarse de la pequeña que solo estorba en sus planes. Lo que él no sabe es que la dulzura de su nueva niñera tiene el poder de derretir hasta el corazón más frío, el de sus enemigos e incluso el suyo.
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La cena
Gabriele
Mi padre habla cosas sin sentido mientras yo miro mi reloj cada pocos segundos. Debería haberle dicho a Sofía que bajara a las cinco y media, de esa manera no tendría que estar soportando a mi padre y a su amigo, quienes no cesan en su intento de casamenteros.
–Tienes que reconocer, hijo, que Liliana es una mujer atractiva.
Miro a la mujer de veintidós años, con un vestido pequeño y muy apretado envolviendo un cuerpo de modelo. Una mujer morena con pelo teñido rubio y unos labios con colágeno, apuesto.
Solo levanto mi ceja. Pensé que mi padre conocía mejor mis gustos.
–Buenas tardes –dice Sofía, quien viene con Mía.
Ambas se ven preciosas, incluso con un sencillo vestido veraniego verde a juego. Sofia no lleva maquillaje, a diferencia de Liliana, quien lleva tanto maquillaje que estoy seguro que podría pasar al lado de ella cuando no lo lleve puesto y no podría reconocerla en absoluto.
–Buenas tardes –digo aliviado.
Papá se acerca a Sofía y estira sus manos para tomar en brazos a Mía, quien lo mira asustada mientras succiona su dedo pulgar.
Sofi me mira antes de pasarle a la niña. Asiento sin remedio. Tampoco me siento cómodo con la situación, pero no puedo prohibirle a mi padre conocer a su nieta.
–Hola, bambina, eres una preciosura –le dice mientras la acerca a su pecho.
Mía mira por toda la habitación, con sus ojos verdes vidriosos, y en cuanto me ve estira los brazos hacia a mí.
Algo parecido al orgullo llena mi cuerpo, y sin poder evitarlo me acerco y tomo su mano.
–Este hombre es tu abuelo, Mía.
La niña lo mira y hace una enorme burbuja de saliva que revienta en la nariz de mi padre.
Papá enfurece y Sofía y yo sonreímos. Mía sin duda sabe cómo hacerse respetar.
Me entrega a mi hija, molesto. Sostengo a Mía en mis brazos y beso la cima de su cabecita.
–Bien hecho, pequeña –le susurro en su orejita.
Papa saca un pañuelo de su bolsillo y limpia su nariz. –Pensé que a esta edad los bebés ya no eran tan desagradables.
Liliana se acerca a mí, y toma la mano de mi hija sin preguntar. La niña se pone a llorar de inmediato.
–No llores, linda. Es muy linda tu hija, Capo.
–Lo es –dice Angelo–. Pero sigue necesitando un heredero, mi Capo.
–Así es –agrega papá–. Alguien que pueda dirigir a La Camorra en un futuro.
–Amo a los niños, siempre he soñado con tener muchos hijos –dice Liliana mirándome esperanzada–. Yo podría ser una madre para esta niña –agrega y acaricia el rostro de mi pequeña.
–¡No la toques! –sisea Sofía acercándose a Mía, quien no ha parado de llorar desde que Liliana la tocó–. No le gustas.
Los ojos de Liliana, que cuando me miraban parecían serenos, ahora se transforman con furia mientras miran a Sofía.
–¿Y tú quién eres? –pregunta con desdén.
–Es la niñera de mi hija, Liliana –respondo–. Y no te he autorizado a que toques a Mía –agrego con voz acerada.
–Mama –grita Mía con toda la fuerza de sus pequeños pulmones, estirando los brazos hacia Sofía, quien la toma en brazos de inmediato.
–No deberías dejar que la niña le diga mamá a la servidumbre –suelta papá molesto.
Bueno, por lo menos ahora sé que Sofía no fue contratada por él. Claramente no le agrada.
–Mía le puede decir mamá a quien quiera –declaro–. Además es Sofía quien la ha cuidado todo este tiempo.
–¡Pero es la niñera! –exclama papá molesto.
Justo cuando le voy a contestar entra Anna a la sala. –La cena está servida –dice.
Papá, Angelo y Liliana caminan hacia el comedor, murmurando molestos.
–Creo que no es una buena idea que me quede a cenar –empieza a decir Sofí, pero la detengo con un beso rápido cuando no hay nadie a la vista. Aunque no me importa si alguien nos ve–. ¡No hagas eso!
Sonrío y vuelvo a besarla, ya que como sus manos sostienen a mi hija no es mucho lo que puede hacer.
–Vas a comer con nosotros, y te sentarás a mi lado.
Sofía suspira. –Bueno, allá tú si quieres empezar una guerra con tu propio padre. Claramente no le agrado, y creo que Mía tampoco –dice mientras besa la mejilla de mi hija–. No sé si sea bueno para Mía estar con personas así –agrega protectoramente.
–Solo serán unos minutos. Los despacharé temprano, lo juro –agrego para convencerla.
Soy consciente que Mía es mi hija y Sofi es mi niñera, y ambas deben obedecerme. Pero sé que la autoridad respecto a mi hija la tiene la hermosa mujer que tengo frente a mí, ya que es ella quien la ha cuidado todo este tiempo.
–Se ven preciosas –digo y ambas me miran con una sonrisa.
Maldita sea, son preciosas. Creo que a pesar de que ambas físicamente sean muy distintas, Mía tiene la sonrisa de Sofía y algunos de sus gestos.
Mi hija toma mi mano y lanza un beso lleno de baba hacia a mí. Sofí ríe mientras yo le devuelvo el beso a mi hija en una de sus mejillas regordetas.
–Vamos.
Caminamos hacia el comedor, y en cuanto entro me enojo. El puesto a mi lado está ocupado a la derecha por mi padre y a la izquierda por Liliana.
–Levántate –ordeno molesto.
–¿Perdón? –pregunta con una sonrisa.
–Este es el puesto de Sofía.
–¿Vas a sacar a mi hija de su puesto por la niñera? –pregunta Angelo pomposamente.
Solo le lanzo una mirada de advertencia.
–Liliana fuera –ordeno.
Una vez que se levanta guio a Sofía al asiento, quien no mira a nadie. Está claramente incomoda.
–Anna, por favor trae la silla de Mía.
–Claro, señor –responde con una enorme sonrisa.
Me pregunto que la habrá hecho tan feliz.
En unos minutos Anna trae la silla y Sofía coloca a Mía en ella. Luego, todos comemos en silencio, a excepción de mi hija, quien parlotea palabras sin sentido.
–En mis tiempos los niños no comían con los adultos –dice papá.
Recuerdo todas las veces que lloraba de niño cuando me obligaba a separarme de mi madre durante las comidas. Mamá quiso negarse un par de veces, pero papá le dio varias golpizas hasta que dejó de insistir.
Mía tira la comida al suelo, distrayéndome de mis recuerdos.
–Creo que no le gusta el cerdo –dice Sofía–. Iré a buscarle fruta y pollo.
Asiento.
–Cuídala –insiste, mirando con desconfianza a los demás comensales de la mesa.
–Lo haré –juro.
Los ojos de Angelo siguen a Sofía, fijándose en su trasero.
–¿Se te perdió algo, Angelo? –pregunto molesto.
–Solo miraba su nueva adquisición, mi Capo.
Aunque siempre he insistido que Sofía me pertenece, no me gusta que alguien insinúe que se trata de una cosa y no de una mujer, quien como ella insiste siempre, es libre.
–Creo que mi amigo requiere los servicios de la niñera, si sabes a lo que me refiero –empieza mi padre–. Imagino que no hay problema en enviarla a la casa de Angelo unos días, hasta que se aburra de ella –agrega antes de reír.
Empuño mis manos, preparado para arrancarle la lengua a mi padre, pero me detengo porque Sofía aparece en el umbral con un plato con comida para Mía.
Pasa al lado de Angelo y este le agarra el trasero.
–Sí, tiene un buen culo. Me la llevo.
Antes de reaccionar Sofía se gira y le da un puñetazo en el ojo a Angelo.
Papá se levanta furioso. –¡Haz algo! –me ordena molesto.
Me levanto con la ira hirviendo en mi cuerpo. Tomo el machete que se ha usado para cortar el cerdo y tomo la mano de Angelo. Antes que nadie diga algo lanzo un golpe certero, casi arrancándole la mano de cuajo.
Doy otro golpe y la mano se separa del cuerpo de Angelo, quien no deja de gritar.
–¡Gabriele! –exclama mi papá mientras Liliana rompe a llorar.
Tomo la mano y golpeo a Angelo con ella.
–No vuelvas a tocarla –le siseo–. La próxima vez te cortaré la polla y te la daré de comer–. Miro a mi padre y lanzo el machete a su lado–. Fuera de mi casa –ordeno–. Ahora.
Todos se levantan y se alejan. Angelo toma su mano y la pone en la cubeta con hielo que estaba enfriando la champaña, y se va con ella. Supongo que si se apura en conseguir ayuda médica podrá recuperarla.
Busco a Sofía, pero Mía y ella ya no están.
Maldita sea, espero no haberla asustado.