Brando juró continuar el legado de su padre, hasta que Lorena irrumpió en su vida y se convirtió en su debilidad.
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Capítulo 19
Lorena alcanzó a Alma y Diana frente a una tienda de accesorios, donde ambas observaban una colección de lentes de sol expuestos en una pared iluminada.
—¡Lorena, ven a ver estos! —la llamó Alma, sosteniendo un par de lentes de montura blanca—. ¿Qué te parecen?
Lorena se acercó y examinó el accesorio antes de responder.
—Que parecen demasiado grandes para tu cara.
—¡Oye! —protestó Alma, llevándose una mano al pecho—. ¡Se supone que debes apoyarme, no destruir mi autoestima!
Diana soltó una carcajada mientras tomaba unos lentes de montura negra.
—Déjala, Alma. Tu hermana tiene razón. Esos lentes parecen capaces de tragarte la cara.
—Las dos están en mi contra.
Lorena se rio y tomó otro par de lentes, esta vez de montura dorada, para colocárselos a su hermana.
—A ver, prueba estos. Quizá así dejes de quejarte.
Alma se miró en el espejo y ladeó la cabeza, examinando su reflejo desde distintos ángulos.
—¡Estos sí! ¿Qué dicen?
—Que por fin encontraste algo que no parece sacado de una película de ciencia ficción —contestó Lorena.
Diana se dobló de la risa y tuvo que apoyarse en el mostrador.
—¡No puedo con ustedes! —exclamó entre carcajadas.
Alma fingió indignación durante unos segundos, pero terminó riéndose también. Después tomó otros lentes y se los entregó a Diana, quien se los puso inmediatamente.
—¿Y yo? ¿Qué tal me quedan?
Lorena la observó con atención.
—Muy bien. Te quedan bonitos.
—¡Lo sabía! —Diana sonrió, satisfecha—. Por fin alguien sabe apreciar el buen gusto.
Las tres volvieron a reírse mientras continuaban probándose distintos modelos. Alma se colocó unos lentes enormes y comenzó a posar frente al espejo, fingiendo ser una modelo profesional. Diana la imitó, y Lorena, que al principio solo las observaba divertida, terminó uniéndose a la tontería.
A unos pasos de ellas, Brando permanecía junto a una estantería, con las manos en los bolsillos y una expresión de evidente aburrimiento.
Diana estaba tan entretenida con las chicas que apenas había reparado en él durante los últimos minutos.
Lorena se estaba riendo.
No era aquella sonrisa irónica que le dedicaba cada vez que discutían, ni esa expresión desafiante con la que parecía dispuesta a llevarle la contraria por cualquier motivo. Era una sonrisa espontánea, luminosa, que le transformaba el rostro.
Brando se quedó mirándola más tiempo del que habría considerado prudente.
La vio quitarle los lentes a Alma para acomodárselos correctamente y después ayudar a Diana a elegir otro modelo. Las tres parecían entenderse a la perfección, intercambiando bromas y comentarios sin que ninguna tuviera que esforzarse por encajar.
Con Diana, Lorena se mostraba especialmente cercana. Escuchaba sus ocurrencias, se reía de sus bromas y la miraba con una confianza que llamó la atención de Brando.
Su hermana parecía cómoda con ella. Feliz, incluso.
¿Quién diría que esa mujer sabe divertirse sin estar discutiendo?, pensó.
Como si hubiera percibido su mirada, Lorena levantó los ojos hacia él.
Sus miradas se encontraron durante un instante.
La sonrisa de ella desapareció casi de inmediato, sustituida por una expresión seria que Brando reconoció perfectamente. Él tampoco tardó en endurecer el rostro y desviar la mirada, fingiendo que estaba mucho más interesado en su teléfono.
Lorena volvió a concentrarse en los lentes.
—¡Brando! —lo llamó Diana, interrumpiendo sus pensamientos—. Ven un momento.
Él levantó la cabeza con desgana.
—¿Qué quieres ahora?
—Quiero que me digas cuáles me quedan mejor.
Diana sostenía dos pares de lentes, uno de montura marrón y otro de montura negra.
Brando se acercó sin demasiado entusiasmo y los observó alternativamente.
—Los negros.
—¡Qué explicación tan profunda! —se burló Lorena desde el otro lado del mostrador.
Brando giró la cabeza hacia ella y le dedicó una mirada poco amistosa.
Lorena le devolvió otra igual de desagradable antes de concentrarse en ayudar a Alma a guardar los accesorios que habían decidido comprar.
—No le hagas caso, Diana —comentó Lorena—. Tu hermano tiene el mismo talento para opinar que para sonreír.
Alma soltó una risita.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Ya terminaron? —preguntó Brando, ignorando deliberadamente el comentario.
—Casi —respondió Diana, divertida por la evidente tensión entre ambos.
Finalmente, las chicas pagaron sus compras y salieron de la tienda. Brando y Lorena apenas intercambiaron miradas de reojo. Cuando sus ojos se encontraban por accidente, ambos apartaban la vista con una expresión de desagrado, como si mirar al otro durante más de dos segundos fuera una ofensa personal.
Alma y Diana, por supuesto, no dejaron de advertirlo.
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Cuando llegó el momento de despedirse, los cuatro se detuvieron cerca de la salida del centro comercial.
—Me divertí muchísimo hoy —dijo Alma, acomodando las bolsas en sus manos—. Tenemos que repetirlo.
—¡Por supuesto! —respondió Diana—. La próxima vez podemos ir a otro sitio.
Después, Diana se volvió hacia Lorena.
—Oye, ¿por qué no vienes un día de estos a casa? Así conoces a mi mamá.
Lorena sonrió con amabilidad.
—Claro. Nos pondremos de acuerdo.
—¡Tienes que ir! —intervino Alma—. La señora Serena es un amor.
—Entonces tendré que comprobarlo por mí misma —respondió Lorena, divertida.
Diana sonrió, satisfecha con la respuesta.
—Perfecto. Le escribiré a Alma para que organicemos algo.
Brando permaneció a un lado, escuchando la conversación sin intervenir. Cuando Lorena volvió la cabeza y sus miradas se cruzaron, él alzó ligeramente las cejas, mientras ella le dedicaba una última mirada de desagrado antes de volverse hacia su hermana.
Ninguno dijo nada.
—Bueno, nosotras nos vamos —anunció Alma—. ¡Nos vemos pronto, Diana!
Las chicas se despidieron con abrazos y promesas de volver a encontrarse. Después, Alma y Lorena se dirigieron hacia el estacionamiento donde habían dejado su vehículo.
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Diana sonrió mientras subía al vehículo. Antes de cerrar la puerta, miró a su hermano con una expresión sospechosamente divertida, pero decidió guardar silencio.
Brando rodeó el automóvil y ocupó el asiento del conductor.
Poco después, los dos vehículos abandonaron el centro comercial por caminos distintos.
Lorena conducía mientras escuchaba a Alma contarle lo mucho que se había divertido con Diana. Respondía de vez en cuando, aunque su mente regresaba, contra su voluntad, a ciertos momentos de aquella tarde.
Brando, por su parte, escuchaba a su hermana hablar sobre las compras y las bromas de las chicas mientras mantenía la vista fija en la carretera.
Ambos habían compartido una tarde que, en circunstancias diferentes, quizá habrían disfrutado juntos.
Unas más de la lista!
Teniendo al mejor abogado pero sigue de terco sin pedir ayuda