Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 17: LA ALIANZA FORZADA
El sol del mediodía caía descolorido y aplastante sobre las escalinatas de granito del Palacio de Justicia, proyectando sombras largas y angulosas sobre la piedra desgastada. El aire del centro de la ciudad se sentía pesado, impregnado de monóxido de carbono, humedad resguardada y el murmullo distante e incesante de la multitud. Elena cruzó los arcos de la entrada principal flanqueada por dos asistentes de rostro impenetrable pertenecientes al influyente bufete de abogados que la familia Valdés había asignado para tramitar su fianza. Avanzaba a pasos acelerados, sintiendo el suelo inestable bajo sus tacones; no era solo el cansancio físico acumulado tras horas de interrogatorios, sino la abrumadora certeza de que su realidad acababa de ser desmantelada pieza por pieza. Tenía las cuentas bancarias personales completamente congeladas por orden de un juez de instrucción y pesaba sobre ella una estricta orden de alejamiento que le prohibía aproximarse a menos de quinientos metros de las oficinas centrales de la galería de arte. La máquina judicial ya la había etiquetado como una pieza clave en el engranaje del delito.
Al alcanzar el último escalón que daba a la acera pública, el estridente chirrido de unos neumáticos sobre el asfalto quebró el ruido ambiental. Un sedán negro de vidrios densamente polarizados frenó de manera abrupta e imprudente junto al bordillo, levantando una ráfaga de aire seco y polvo. Antes de que los asistentes legales pudieran reaccionar o emitir protesta alguna, la puerta trasera del vehículo se abrió de par en par desde el penagroso interior.
—Sube —ordenó la voz áspera y grave de Damián, emergiendo desde la penumbra del habitáculo con un tono de urgencia contenida que no admitía réplica.
Elena se detuvo en seco, con el pulso disparándose en la garganta y la mirada desviándose instintivamente hacia la calle. A escasos cincuenta metros de distancia, semioculto tras la marquesina de una parada de autobús, un vehículo sin logotipos oficiales pero inconfundiblemente perteneciente a la unidad de inteligencia del inspector Gabriel Prado permanecía estacionado con la luz de cruce encendida de forma intermitente. La estaban vigilando; era un seguimiento pasivo pero implacable.
—Si me ven contigo, revocarán la libertad condicional de inmediato por violación flagrante de las medidas cautelares —dijo Elena, dando un paso instintivo hacia atrás mientras apretaba el bolso contra su pecho—. Estaría firmando mi propio reingreso a prisión preventiva sin derecho a fianza.
—Si no subes al auto ahora mismo, la persona que nos plantó esa maldita caja metálica va a terminar de cerrar el cerco sobre nuestras cabezas —replicó Damián con frialdad, extendiendo el brazo para sujetarle firme pero delicadamente la manga de su abrigo de lana—. Sube, Elena. No tenemos más de tres a cinco minutos antes de que la patrulla de Prado procese la maniobra y reaccione cortando la avenida.
Elena apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió. Miró una última vez hacia la patrulla encubierta, cuyos ocupantes comenzaban a erguirse tras el parabrisas, y tomando una decisión desesperada, se deslizó rápidamente al interior del vehículo. Apenas la puerta se cerró con un golpe seco, el sedán aceleró de forma violenta, derrapando levemente antes de incorporarse al tráfico denso de la avenida, perdiéndose entre la marea de autobuses y taxis antes de que los oficiales de custodia pudieran siquiera descender de su unidad para intervenir.
El silencio dentro del coche era denso, interrumpido únicamente por el zumbido suave del aire acondicionado. Damián hurgó en la consola central y le entregó una botella de agua mineral helada junto a un teléfono móvil prepago completamente nuevo, aún envuelto en su plástico protector.
—¿A dónde diablos vamos? —preguntó Elena, inclinando la cabeza hacia atrás contra el respaldo de cuero para intentar estabilizar su respiración acelerada y aplacar el temblor de sus manos.
—A un lugar neutro donde las cámaras de la policía metropolitana y los soplones a sueldo de mi madre no puedan encontrarnos ni rastrear las señales —respondió Damián de manera cortante. Se quitó la chaqueta de paño oscuro con un gesto cansado, dejando al descubierto la camisa arrugada y un vendaje blanco y limpio que le cruzaba la parte superior de la frente—. La situación es peor de lo que calculamos. Alguien dentro de la estructura pagó una suma considerable a un informante interno para entregar la ubicación exacta de la caja en mi finca de descanso. Y esa misma persona utilizó papelería corporativa de edición limitada —exclusiva del despacho directivo— para enviarte aquella nota de chantaje al taller.
Elena hundió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó la nota manuscrita, desgastada por los bordes de tanto ser desdoblada, que Damián le había filtrado a través de su abogado mientras estuvo retenida en el piso seguro de la policía.
—Investigué en los archivos digitales antes de que me cortaran los accesos... sobre la venta de la Colección Lombardía en 2018 —confesó ella, girándose para mirarlo fijamente a los ojos, buscando atisbos de engaño en su rostro—. Es verdad lo que dicen los informes periodísticos sobre el padre de Gabriel Prado, ¿no es así? Julián lo estafó en la transacción, arruinó su reputación profesional hasta dejarlo en la quiebra absoluta y lo llevó directamente al suicidio.
Damián miró por la ventana trasera para verificar que no los siguieran y luego esbozó una sonrisa amarga, carente de cualquier atisbo de calidez.
—Gabriel Prado no está buscando al verdadero culpable del asesinato de mi hermano para hacer justicia en nombre de la ley, Elena —dijo él, volviendo la vista hacia ella con una mirada oscura e intensa—. Lo único que le importa es usar la muerte de mi hermano como palanca para destruir de manera irreversible la reputación de la familia Valdés. Su único objetivo real es asegurarse de que tanto tú como yo terminemos pudriéndonos en una celda de máxima seguridad, sirviendo como peones sacrificables para completar la venganza personal que su padre jamás pudo cobrar en vida.
Damián hizo una pausa, apoyando los puños sobre las rodillas mientras la miraba con una gravedad absoluta que le erizó la piel a Elena.
—Así que la ecuación es bastante simple a partir de este momento: o dejamos de lado las desconfianzas, unimos fuerzas y trabajamos juntos para encontrar los verdaderos libros de la doble contabilidad que Julián escondió antes de morir, o la próxima vez que nos veamos estaremos durmiendo juntos en el mismo pabellón de una celda de alta seguridad.