Un amor secreto
Esta historia habla de un amor secreto entre Ariel, hijo de Santiago, y Kiara Emelyn, hija de Nicole y Gabriel. Desde pequeños crecieron juntos porque sus padres son mejores amigos y siempre les hicieron creer que eran como primos. Al cumplir 15 años, ambos comienzan a descubrir que lo que sienten va mucho más allá de una amistad. Sin embargo, ninguno se atreve a confesarlo por miedo a la reacción de sus familias. Entre miradas escondidas, mensajes secretos y momentos compartidos, Ariel y Emelyn intentarán entender sus sentimientos mientras mantienen su amor en secreto. ¿Podrán algún día contar la verdad?
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Capítulo 16 — La verdad que ya no podía esconder
Capítulo 16
Narra Ariel
Ocho meses en España.
Para mí habían sido los peores ocho meses de mi vida.
No porque España fuera un lugar malo. Al contrario, era bonita, pero yo había llegado dejando atrás todo lo que conocía: mi familia, mis amigos, mi vida en Manizales y, sobre todo, a Emely.
Durante esos meses, Lucía estuvo conmigo.
Nos conocimos en el tren y poco a poco comenzamos a acercarnos. Después empezamos una relación.
Hoy llevábamos ocho meses juntos.
Incluso ya habíamos pasado muchas noches juntos en mi apartamento. Lucía conocía mis rutinas, mis horarios, mis cosas y hasta los silencios que yo tenía cuando estaba pensando demasiado.
Pero había algo que ella no podía cambiar.
Yo no la amaba.
Y sabía que estaba mal tenerla como mi novia mientras intentaba olvidar a la mujer que realmente amaba.
Yo sabía lo que muchos podían decir.
“Ariel, estás mal. Tenías cinco años con Emely. ¿Por qué hiciste eso?”
Y sí, yo también me lo preguntaba.
Pero había una cosa que quería dejar clara.
Yo no engañé a Emely.
Desde el principio le dije que no quería un amor a distancia. Ella sabía exactamente lo que yo pensaba.
El problema fue que, cuando llegué a España, acepté salir con Lucía pensando que podía empezar de nuevo.
Me equivoqué.
Y con el paso de los meses empecé a darme cuenta de que aquella relación tampoco me hacía feliz.
Lucía se había vuelto bastante intensa conmigo.
Si no le respondía, me reclamaba.
Si quería estar solo, se molestaba.
Si tenía trabajos de la universidad, decía que nunca tenía tiempo para ella.
Aquella tarde estábamos los dos en mi apartamento.
Yo estaba sentado en el sofá con el portátil abierto, terminando un trabajo de Ingeniería de Sistemas. Lucía estaba sentada cerca de mí, mirando el móvil.
—Ariel.
—¿Qué pasó?
—Llevas toda la tarde sin hacerme caso.
Suspiré.
—Lucía, estoy haciendo un trabajo.
—Siempre tienes una excusa.
La miré serio.
—No es una excusa. Es mi universidad.
—Podrías dejarlo un rato.
—No puedo.
—Pues conmigo sí puedes estar cuando te apetece.
Fruncí el ceño.
—¿Otra vez vas a empezar?
—¿Ves? Siempre te enfadas cuando te digo algo.
—Porque me reclamás por todo, Lucía.
Ella dejó el móvil sobre la mesa.
—¿Y qué quieres que haga? Eres mi novio.
—Ya sé que soy tu novio.
—Pues a veces no lo parece.
Me levanté del sofá y fui hasta la cocina.
No quería discutir.
Entonces mi teléfono vibró sobre la mesa.
Miré la pantalla.
Era un mensaje de Emely.
Lo abrí.
“Ariel, ya nació nuestra hija. Es una hermosa niña.”
Sentí que el corazón se me detenía por un instante.
Nuestra hija.
Después llegó una fotografía.
La abrí.
Era una bebé preciosa.
Mi hija.
Mi princesa.
Me quedé mirando la imagen con una sonrisa que no pude evitar.
—Mi niña... —murmuré.
Lucía se acercó.
—¿Quién te escribió?
No respondí inmediatamente.
—Ariel.
Miré la pantalla otra vez.
Le respondí a Emely:
—Ay, está hermosa nuestra hija. Gracias por darme esta niña tan hermosa. Aunque estoy triste porque no puedo estar con ustedes y a la princesa la amo demasiado. A vos también te amo, pero lo siento... no puedo estar contigo. No puedo estar lejos de ti. No quiero tener una relación a distancia.
Cuando levanté la mirada, Lucía estaba frente a mí.
—¿Quién es Emely?
—Lucía...
—No. Dímelo.
—Es la mamá de mi hija.
Se quedó completamente quieta.
—¿Qué has dicho?
—Que es la mamá de mi hija.
—¿Tienes una hija?
—Sí.
—¿Y por qué no me lo habías contado?
—Porque es un asunto personal mío.
Lucía empezó a reclamarme.
—¡Llevamos ocho meses juntos, Ariel! ¡Hemos vivido muchas cosas juntos! ¡Hemos pasado noches aquí, en este apartamento! ¡Y nunca me dijiste que tenías una hija!
Me puse serio.
—¡No me grités!
—¡¿Cómo quieres que reaccione?!
—¡Reaccioná como querás, pero no me hablés como si yo te hubiera engañado!
—¡Me ocultaste que tenías una hija!
—¡Nunca te dije que Emely fuera mi novia! Desde el principio te conté que había alguien en Colombia y que no quería una relación a distancia.
Lucía se quedó callada.
Después preguntó:
—¿Todavía la amas?
Miré nuevamente la fotografía de mi hija.
No tenía sentido mentir.
—Sí.
—¿Estás enamorado de ella?
—Sí.
Lucía bajó la mirada.
—Entonces, ¿qué hago yo aquí?
Respiré profundamente.
—Ese es el problema, Lucía. Yo fui un pendejo por aceptar esta relación cuando todavía amaba a Emely.
—¿Nunca me has querido?
—Te tengo cariño y agradezco todo lo que has hecho por mí. Pero no puedo decirte que te amo si no es verdad.
Ella se quedó en silencio.
Yo miré otra vez la fotografía de mi hija.
Ocho meses había intentado convencerme de que podía vivir sin Emely.
Pero ahora que veía a nuestra pequeña, entendía algo que llevaba demasiado tiempo evitando:
Podía estar en España.
Podía estar con Lucía.
Pero mi corazón seguía en Manizales.