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El Ángel De Los Vitale

El Ángel De Los Vitale

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / CEO / Mafia
Popularitas:12.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Yamila22

Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.

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Capítulo 1: La máscara del CEO y el refugio del Lobo

El piso cuarenta del rascacielos Vitale en el corazón de Roma no olía a oficina; olía a poder absoluto, cuero italiano y al perfume costoso de hombres que jamás habían tenido que pedir permiso para tomar lo que querían. A través de los ventanales de cristal templado, el atardecer pintaba la ciudad eterna con tonos rojizos y dorados, pero dentro de la sala de reuniones el aire estaba helado. La temperatura la fijaba la sola presencia del hombre sentado en la cabecera de la mesa de caoba.

Matteo Vitale.

A sus treinta y seis años, Matteo era la definición viviente de una paradoja peligrosa. Era un hombre absurdamente atractivo, de esos que robaban el aliento a primera vista pero cuya belleza venía acompañada de una advertencia implícita de peligro. Su estatura rozaba el metro noventa, con un cuerpo impecablemente esculpido bajo un traje de tres piezas cosido a medida en Milán. Ciertamente, las telas finas apenas lograban disimular la anchura de sus hombros y la densidad de su espalda, la fisionomía de alguien que no solo firmaba contratos multimillonarios, sino que sabía usar sus propias manos para matar si la situación lo requería. Su mandíbula, sombreada por una barba corta y perfectamente cuidada, parecía tallada en granito, y sus ojos, de un gris tormenta tan oscuro que a veces parecía negro, poseían la frialdad de un depredador calculador.

Para el mundo civil, para la prensa financiera y para Wall Street, Matteo era el brillante e implacable CEO de Vitale Global Logistics, un conglomerado de transportes que movía mercancía por todos los puertos del planeta. Para los elegidos que conocían el verdadero significado del apellido Vitale, él era el Capo, el Lobo de Roma. Un hombre que controlaba el tráfico de armamento pesado con una mano de hierro que no temblaba jamás.

En ese momento, Matteo mantenía la mirada fija en el vicepresidente de operaciones marítimas, un hombre de cincuenta años que sudaba copiosamente a pesar del aire acondicionado.

—Repíteme eso último, Marco —dijo Matteo. Su voz no era elevada; era un barítono bajo, raspado, arrastrado con una calma que hacía que a los presentes se les helara la sangre.

—S-solo decía que el retraso en el puerto de Livorno se debió a las nuevas inspecciones aduaneras, señor Vitale —tartamudeó el ejecutivo, apretando una carpeta entre sus manos temblorosas—. Es un procedimiento de rutina, nos tomó doce horas más de lo planeado...

Matteo no parpadeó. Apoyó los codos sobre la mesa de madera y entrelazó sus dedos largos y nudosos. En la muñeca izquierda, un reloj de oro blanco brillaba bajo las luces dicroicas. Ninguno de los doce directivos presentes en la sala se atrevía a respirar con fuerza. Nadie miraba a Matteo a los ojos por más de dos segundos; sostenerle la mirada al Lobo era una imprudencia que pocos cometían dos veces.

—Las inspecciones de rutina se pagan para que no ocurran, Marco —murmuró Matteo, inclinándose apenas un centímetro hacia adelante. Ese simple movimiento hizo que el vicepresidente diera un respingo—. Mi tiempo no es de rutina. El dinero de la compañía no es de rutina. Si la aduana de Livorno miró dentro de mis contenedores, no fue un problema de la aduana. Fue un problema tuyo por no saber tapar las bocas correctas.

A la izquierda de Matteo, de pie y con la espalda erguida como una estaca, se encontraba Edans. Mano derecha, jefe de seguridad y el único hombre al que Matteo consideraba un hermano de vida. Edans vestía un traje oscuro sin corbata, con las manos cruzadas al frente y la mirada fija en la puerta de salida. Su rostro permanecía inexpresivo, pero su sola presencia —con esa postura alerta de quien lleva un arma enfundada bajo la axila— aumentaba la presión en la habitación.

Edans dio medio paso al frente y tocó levemente la pantalla de su reloj. Era la señal. El tiempo de la junta había terminado.

—Tienes hasta las ocho de la mañana para solucionar el paso de la mercancía por Livorno —sentenció Matteo, poniéndose de pie con una fluidez felina que delataba la agilidad de su cuerpo macizo—. Si a las ocho y un minuto vuelvo a escuchar la palabra "retraso", no molestes a Recursos Humanos con tu renuncia. Simplemente no vuelvas a pisar este edificio.

Sin esperar respuesta, Matteo giró sobre sus talones y caminó hacia la salida. La puerta doble de cristal se abrió automáticamente a su paso. Detrás de él, los ejecutivos soltaron el aire contenido en un suspiro colectivo de alivio, mientras Edans lo seguía a paso firme por el pasillo privado.

—El convoy está listo en el sótano, Matteo —informó Edans en voz baja mientras caminaban hacia el ascensor privado de alta velocidad—. Los muchachos peinaron la ruta comercial hacia la villa. Todo despejado. Los rusos no han dado señales desde el incidente del martes.

—Que no den señales no significa que estén muertos, Edans —respondió el Capo, presionando el botón del ascensor. Su rostro seguía siendo una máscara inquebrantable de severidad—. Mantén a los hombres en alerta en el perímetro de la mansión. No quiero errores.

—Entendido. Por cierto, tu padre llamó hace media hora. Dijo que te esperaba para cenar.

Matteo no respondió, pero al escuchar la mención de la mansión, el músculo de su mandíbula se relajó de manera casi imperceptible. Se adentró en la cabina del ascensor, dejando que las puertas doradas se cerraran, aislándolo del mundo corporativo que tanto aborrecía pero que controlaba con maestría.

El trayecto en la camioneta blindada tomó cuarenta minutos. Atravesaron las calles atestadas de Roma hasta adentrarse en las colinas privadas, donde los pinos italianos flanqueaban el camino de piedra que conducía a la Villa Vitale. Era un complejo imponente del siglo XVIII, rodeado por muros de piedra alta, cámaras de última generación y hombres armados con fusiles automáticos disimulados bajo chaquetones oscuros.

Cuando la pesada puerta de hierro fortificado se abrió, Matteo sintió cómo el peso invisible sobre sus hombros comenzaba a cambiar de forma. El CEO implacable, el mafioso que hacía temblar a los contrabandistas de Europa, empezaba a desmoronarse a medida que cruzaba el patio de entrada.

Matteo bajó del vehículo y caminó directamente hacia las puertas principales de roble. Edans se quedó afuera, haciendo una señal a los guardias del patio para que mantuvieran la guardia nocturna.

Al entrar al majestuoso recibidor de mármol, el silencio de la casa fue interrumpido por pasos firmes. Alonzo Vitale, el viejo patriarca de la familia, apareció desde el pasillo del ala este. A pesar de los hilos de plata en su cabello y las arrugas que marcaban su rostro curtido por décadas de guerras de mafia, Alonzo mantenía una postura erguida y una mirada inteligente.

—Llegas tarde, Matteo —dijo Alonzo con voz grave, aunque había un matiz de calidez en su tono mientras se acercaba a su hijo.

—La junta de transportes se extendió más de lo debido —contestó Matteo, desabrochándose los botones del saco de vestir y quitándoselo para dejarlo sobre el respaldo de un sillón cercano. Se soltó el nudo de la corbata de seda y abrió los dos primeros botones de su camisa blanca, dejando al descubierto parte del pecho y el inicio de los densos tatuajes que le subían por el cuello—. ¿Cómo estuvo el día?

Alonzo suspiró levemente y caminó junto a él hacia la sala de estar principal.

—Tranquilo en los negocios. Alejandro mandó el reporte desde los depósitos; el cargamento de los Romano llegará el fin de semana. Pero supongo que no es eso lo que me estás preguntando.

Matteo se detuvo en seco. Su mirada gris se clavó en su padre. La frialdad de su rostro dio paso a una grieta de pura vulnerabilidad humana.

—¿Cómo está Leo?

Alonzo esbozó una sonrisa pequeña, amarga pero llena de afecto.

—Estuvo encerrado en su habitación casi toda la mañana. No quiso comer el almuerzo que le preparó la cocina. Pero a eso de las cuatro bajó al jardín, se sentó cerca de los rosales y se quedó allí mirando el suelo. Sigue sin emitir un solo sonido, hijo. Ni un murmullo. Le mostré los autos de juguete nuevos que le compraste ayer y apenas los miró antes de volver a abrazar ese oso viejo.

Matteo cerró los ojos un segundo y apretó los puños. Cada mención del silencio de su hijo era una estocada directa a su orgullo y a su corazón. Recordar el trauma que la maldita mujer le había infligido a la criatura antes de que él pudiera rescatarla era el único pensamiento que lograba descontrolar al Lobo. Esa mujer no solo lo había engañado a él de la forma más vil, sino que había tratado a su propio hijo como una pieza de cambio, vendiéndolo por dinero y dejándolo marcado por el maltrato.

—Voy a verlo —murmuró Matteo.

—Está en la sala de juegos. No le insistas demasiado, Matteo. Tuvo una tarde difícil.

Matteo no esperó más. Dejó a su padre en el pasillo y se dirigió hacia el ala trasera de la mansión, el único lugar de toda la propiedad donde las armas y los negocios estaban estrictamente prohibidos.

Al abrir la puerta de madera clara de la sala de juegos, la escena que encontró hizo que todo el aire de sus pulmones se renovara.

La habitación estaba iluminada por la luz tenue de una lámpara de pie. En el centro de la alfombra mullida, rodeado de bloques de construcción de madera y trenes de juguete, estaba sentado un pequeño niño de siete años. Tenía el cabello oscuro ligeramente desordenado y vestía un pantalón cómodo y un suéter azul. En sus pequeñas manos apretaba con fuerza un desgastado oso de peluche.

Era Leo.

Al escuchar el chirrido de la puerta, el niño dio un brinco brusco, encogiéndose sobre sí mismo de inmediato. Sus hombros se pegaron a sus orejas y apretó los ojos con fuerza, un reflejo automático de puro terror instintivo grabado en su cuerpo tras años de violencia pasada.

—Leo... soy yo, pequeño. Soy papá —dijo Matteo de inmediato.

En ese preciso instante, el Capo de Roma dejó de existir. El hombre de metro noventa, el empresario implacable que hacía temblar a ejecutivos y mafiosos por igual, se dejó caer sobre sus rodillas de la forma más humilde posible. Matteo se quitó el reloj de lujo y lo lanzó a un lado sin darle la menor importancia. Se remangó las mangas de la camisa blanca hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos gruesos y marcados por cicatrices, y se arrastró por la alfombra hasta quedar a un metro de distancia del niño.

Leo abrió los ojos despacio. Sus grandes ojos oscuros, cargados de una madurez prematura y una tristeza abismal, reconocieron la figura de Matteo.

El cuerpo del pequeño se relajó. El aire volvió a su pecho.

Matteo no hizo ningún movimiento repentino. Sabía que Leo no toleraba la prisa. En lugar de eso, el enorme hombre se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, bajando su cabeza para quedar exactamente a la misma altura de los ojos del niño.

—Hola, mi campeón —musitó Matteo, y su voz, antes dura como el acero, era ahora un susurro lleno de una ternura infinita—. Tu abuelo me dijo que hoy no quisiste armar la pista de carreras. ¿Qué pasó? ¿Estabas esperándome a mí?

Leo no respondió con palabras. La voz no salía de su garganta desde hacía años; el trauma había bloqueado cualquier intento de habla. Pero el niño no necesitaba palabras para comunicarse con su padre.

Lentamente, el pequeño de siete años soltó ligeramente el peluche, se impulsó hacia adelante con sus piernas cortas y se lanzó directamente contra el pecho de Matteo.

El choque fue pequeño, pero para Matteo fue un impacto directo en el alma. El Capo envolvió al niño en un abrazo protector, rodeando la espalda diminuta de Leo con sus brazos gigantescos. Leo escondió su rostro en el cuello de Matteo, respirando el aroma familiar de su padre, e instintivamente cruzó sus pequeños brazos alrededor de su nuca, apretando con todas sus fuerzas.

Matteo cerró los ojos y apoyó la barbilla en la cabeza del pequeño, aspirando el olor a champú infantil. En ese momento, si alguien hubiera entrado a la habitación, habría visto al hombre más peligroso de Italia reducido a un simple escudo humano cuya única meta en la vida era proteger esa frágil existencia.

—Aquí estoy, Leo. Papá está aquí. Nadie te va a volver a hacer daño jamás. Te lo juro por mi vida —susurró Matteo, acariciando la espalda del niño con una suavidad desconcertante para la fuerza de sus manos.

Leo no emitió sonido alguno, pero Matteo sintió la pequeña sonrisa del niño contra su piel y el leve asentimiento de su cabeza. El pequeño se acomodó en el regazo de su padre, tomando la mano de Matteo —una mano que había firmado sentencias de muerte y negociado arsenales de guerra— y jugando en completo silencio con sus dedos largos, tratando de encajar sus pequeños nudillos con los de él.

Matteo se quedó allí, sentado en la alfombra durante más de una hora, moviendo carritos de madera en silencio, respondiendo a los gestos y miradas de Leo con sonrisas genuinas que ningún otro ser humano en el mundo tenía el derecho de ver.

Sin embargo, en el fondo de la mente del Capo, la sombra de la preocupación seguía viva. Veía a su hijo jugar, veía la luz en sus ojos cuando estaban juntos, pero también veía el aislamiento. Leo no confiaba en nadie más. No tenía una vida normal. Tenía un padre que daría la vida por él y un abuelo que lo cuidaba, pero había una carencia evidente en la mansión, un vacío que la presencia de hombres armados y socios de la mafia jamás podría llenar.

Lo que Leo necesitaba era algo que Matteo creía extinto en su propio mundo: calidez, una presencia viva que no oliera a peligro ni a miedo. Una figura que pudiera derribar ese muro de silencio que él, con todo su poder y su dinero, no había logrado romper.

Matteo apretó suavemente el hombro de su hijo mientras el pequeño bostezaba, recostando la cabeza en su pecho. El Lobo de Roma miró hacia la ventana de la habitación, contemplando la noche cerrada de la capital. Estaba convencido de que su corazón para el amor estaba completamente muerto y enterrado tras la traición del pasado. No buscaba una mujer, no quería una esposa, y jamás permitiría que otra persona se acercara a su familia.

Lo que no sabía era que, a pocos kilómetros de allí, la persona que pondría su estructurado y oscuro mundo de cabeza ya había aterrado en Italia. Y que el silencio de los Vitale estaba a punto de ser destruido por el escándalo más hermoso y ruidoso de sus vidas.

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Dulce maria Canelon
es muy raro que Chiara no este en la dulce espera puesto que no se ha dicho que se cuida, pero bueno que llegue cuando llegue ese baby😘😘😘
Mine Romero
Hola buenas noches, por favor nos puedes regalar más capítulos muchas gracias
Yadis Garay
estan guapos todos hacen una bonita familia☺️☺️
María Belén González
me encanta
Maria Idalba Suarez
muchas gracias por este exlente libro
ERICA ESTRADA PEREZ
ya sabía que esos 2 iban a terminar juntos
ERICA ESTRADA PEREZ
jajaja jajaja le quitaron lo que usa para comunicarse con ella
mariela
Parece una epidemia de embarazos por un lado Vanessa y ahora Luz pero siendo psicóloga como puede estar tan insegura de los sentimientos de Alejandro si el está babeando por ella veremos que se lo ocurre a Chiara para darle la sorpresa de su hermano.
mariela
Buen pensamiento de Chiara tienen que construir la confianza con dedicación a Leo para que se sienta seguro del amor que sus padres le dan tener un hijo ahora y quitarle el tiempo que le dedican para dárselo a su hermano le daría celos e inseguridad y no saben si vuelve a crear el mutismo que tenía.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
mariela
Vanessa quisiste por probar la ametralladora de Edans y te dejo toda la munición adentro 😂🤣😂🤣 no te cuidaste y ahora estás asustada con el embarazo Chiara está riéndose de su amiga y su reacción de pánico 😱😱😱 a buscar al padre y lanzarle la bomba a ver cómo lo toma.
mariela
Que felicidad para Matteo y sus padres oir hablar a Leo poco pero lo hace porque tantos años sin hacerlo la voz no le saldrá bien que sacrificio tan grande hizo ese niño para cuidar al único ser que lo quería todo por una amenaza de esa desgraciada.
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
mariela
Que sorpresa por un accidente donde Leo vio como Chiara lo protegía del peligro y al verla herida le grito mamá fue increíble y una sorpresa 😮😮😮 total para Matteo la misma Chiara y todas las personas a su alrededor muy hermoso capitulo.
mariela
Por fin se supo que pasó con el monstruo desnaturalizado de la madre que estuvo torturando un niño de cuatro años que se merecía morir como lo hicieron y todavía está sufriendo secuelas de lo que ella hizo no habla por miedo a que le hagan algo a su papá.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.
mariela
Más claro imposible Matteo es tan posesivo que deja claro a quien pertenece a Chiara esa pasión y complicidad que tienen los dos es difícil de disimular que hablen pero con gusto.
Marisel Rio
💕💕💕Solo falta Chiara 🤰🤰🤰🤰
Mine Romero
Mil gracias por regalarnos tú enorme talento, hermosa novela 👏👏👏🙂🙂
Yura Ran
lo máximo, divinos 🥰🤪😁🫣
Maria Idalba Suarez
q belleza de capítulo q nos regaste 🥰
Marisel Rio
💕💕💕💕Que hermoso capítulo que emoción 💕💕💕al fin Leo hablo 💕💕💕💕
Iliana Curiel
dios mío me encantó y me tuviste a lágrima tendida 🥰🥰🥰😍😍😍
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