Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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26
El teléfono de Adrián sonó. En la pantalla apareció el nombre de su madre. Contestó enseguida; no quería hacerla enojar.
—¿Bueno, mamá? ¿Qué pasa?
—Adrián, ¿qué vamos a hacer? Sofía no para de llorar y nadie puede calmarla. Solo Camila podía. Tienes que encontrarla y obligarla a volver —le dijo doña Teresa desde el otro lado de la línea.
—Mamá, ahorita estoy ocupado. Lo de Sofía, pues ahí está Valeria. Es su mamá, ¿cómo es posible que no pueda hacerse cargo de su propia hija? —respondió Adrián con fastidio.
—Adrián, Valeria tampoco puede tranquilizarla. Busca la manera; como sea, Camila tiene que regresar. Tiene la obligación de servirle a esta familia.
—Mamá, tú estás en la casa. ¿No puedes encargarte de Sofía un rato? No me estreses más, por favor. Ni siquiera sé dónde vive Camila ahora.
—Pero, Adrián...
Antes de que doña Teresa pudiera terminar, Adrián ya había colgado. Lo de Camila lo tenía al borde del colapso, y encima su madre y su hermana le sumaban más presión.
* * *
Esa tarde, al salir de la oficina, Camila fue directo a una cafetería. Había quedado de verse ahí con Mariana; tenía algo importante que tratar.
Llegó primero y mientras esperaba a Mariana y a su esposo, pidió una bebida fría. En eso, le llamó la atención una cara conocida al otro lado del local. Era Diego, el esposo de Valeria. Estaba comiendo ahí con una mujer.
Lo que le extrañó fue que no era la misma mujer que había visto con él la otra vez. Aquella estaba muy avanzada en su embarazo; esta, en cambio, no.
Qué poca vergüenza. No es capaz de mantener a su esposa ni a su hija, pero anda de mujeriego por ahí.
Camila negó con la cabeza. Ahora que ya no formaba parte de esa familia, podía ver con claridad la verdadera cara de cada uno.
—Hola, Cami. Perdona la tardanza —apareció Mariana con su esposo.
—No te preocupes, Mari. Siéntense, por favor, Andrés.
—¿Cómo estás, Camila? —preguntó Andrés por cortesía.
—Bien, aunque hoy me llamaron la atención en la oficina. Adrián fue a armar un escándalo y a inventar chismes sobre mí.
—No puede ser. Qué sinvergüenza. Ya lo habían detenido y todavía tiene el descaro de seguir difamándote —Mariana estaba indignada.
—Parece que Adrián no escarmienta. Hace poco terminaron todos en la comisaría y aun así sigue con las calumnias —Andrés negó con la cabeza.
—Andrés, si es posible, quiero que se acelere todo. No quiero tener ningún vínculo más con ese hombre ni con su familia —le dijo Camila.
—Está bien. Tú solo espera. Voy a mover las cosas lo más rápido que pueda —le aseguró Andrés.
—¿Ven al hombre de la mesa del fondo, el que está comiendo con una mujer? —Camila señaló hacia donde estaban Diego y su acompañante.
—¿Lo conoces? —preguntó Mariana.
—Es Diego, el esposo de Valeria. El cuñado de Adrián. Está con una de sus amantes —explicó Camila con una media sonrisa.
—No me digas. El karma no falla. Todo este tiempo Valeria también te hizo la vida imposible, y ahora resulta que su propio marido le ve la cara. Le pone los cuernos a sus espaldas —Mariana se llevó la mano al pecho.
—Y eso no es todo. Hace unos días lo vi en un centro comercial con otra mujer, una que estaba embarazada. Esa también es amante de Diego. Alcancé a escuchar lo que hablaban e incluso lo grabé —contó Camila.
Sacó su teléfono y reprodujo la grabación que había conseguido días atrás.
—Guarda muy bien esa grabación. Puede ser muy útil en el futuro. Sobre todo si Diego llega a ponerse en tu contra —le aconsejó Andrés.
—Así es. Todo este tiempo Diego apoyó cada cosa que Adrián y su familia me hicieron. Incluso cuando vivíamos bajo el mismo techo, Diego manipulaba a Valeria para quedarse con la casa —les contó Camila.
—¿Y qué piensas hacer con Diego? —preguntó Mariana.
—Mientras no se meta conmigo, no voy a meterme con él. Pero si sigue causándome problemas, tampoco me voy a quedar de brazos cruzados —respondió Camila.
Mientras los tres conversaban, Diego y su acompañante terminaron de comer y se levantaron para irse. Para salir del local tenían que pasar por la mesa de Camila.
—Camila, vaya, estás aquí —dijo Diego con una sonrisa al verla.
—Donde yo esté no es asunto tuyo —le contestó Camila con sequedad.
—Así que andas de infiel, Camila. No eres más que una cualquiera. Primero vendes la casa y ahora estás aquí con otro hombre —dijo Diego en tono burlón.
Camila, harta de escucharlo, se puso de pie. Y con toda su fuerza, le cruzó la cara de una bofetada.
El golpe le volteó la cara a Diego.
—Cuida esa boca, Diego. Yo no soy lo que tú dices. No soy como tú, que eres un hombre sin vergüenza. Tienes una hija y una esposa, pero te acuestas con cuanta mujer se te cruza. Y una de tus amantes está esperando un hijo tuyo en este momento —Camila le reveló todo delante de los presentes.
—No me calumnies, Camila. Yo no soy nada de eso —Diego negó todas las acusaciones.
—Tengo las pruebas de todas tus infidelidades, Diego. Así que no te metas conmigo, o vas a conocer las consecuencias —lo amenazó Camila.
Diego palideció. No se esperaba que Camila supiera todo sobre él. Siempre la había visto como una simple ama de casa que andaba en bata vieja por la casa.
Y ahora que Camila sabía lo de su otra mujer, Diego no podía permitir que Valeria se enterara de sus aventuras.