Después de entregarle su fortuna, su corazón y su futuro a Matías, Bianca Ferrer descubre que cada palabra fue una mentira: él planeaba despojarla de todo y desaparecer. En lugar de romperse, ella endurece su alma. Reúne pruebas silenciosamente, reclama su lugar como heredera legítima del imperio Ferrer Group, y lo expone ante toda la alta sociedad en la gala más importante del año. Consigue un divorcio fulminante, recupera la empresa que juntos construyeron y lo deja sin un centavo, sin nombre y sin el mundo que él creía haber conquistado. Ella no solo recupera lo suyo: destruye todo lo que él amó, tal como él destruyó su amor.
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: Las mentiras bajo el techo que compartimos
La mañana se coló por las cortinas de seda, suave y dorada, como si nada se hubiera roto. Bianca se despertó antes de que el sol tocara el borde de la cama y permaneció inmóvil unos instantes, escuchando la respiración pausada de Matías a su lado. Él dormía tranquilo. Seguro. No tenía ni idea de que el manto de mentiras que había tejido alrededor de ella ya no era invisible.
Se levantó sin hacer ruido. Se vistió con cuidado, eligiendo un vestido de tono neutro, discreto: el color de alguien que no sospecha nada. Frente al espejo, ensayó la sonrisa que usaría durante el día. Suave, confiada, un poco distraída. Tenía que ser perfecta. Si él notaba la más mínima grieta, se pondría en guardia y todo su plan —apenas nacido— se vendría abajo.
Cuando bajó a la cocina, el olor a café recién hecho la recibió. Matías estaba de pie junto a la isla, sirviendo dos tazas, con esa postura relajada de dueño de casa. Al verla, sonrió. La misma sonrisa que ayer le pareció refugio y hoy le resultó repelente.
—Buenos días, mi vida —dijo, acercándose para besarla en la frente—. Dormiste bien?
—Muy bien —respondió ella, dejándose besar sin devolver el gesto, sin apartarse tampoco—. Gracias por el café.
—Sabía que lo necesitarías —tomó su mano y la condujo a la mesa—. Hoy tengo una reunión importante con los inversores. Será un gran paso para nosotros. Para la empresa.
Bianca asintió, sosteniendo la taza con ambas manos para que no le temblaran los dedos. «Nosotros», repetía él. «Nuestra empresa». Como si no estuviera firmando su nombre en cada estafa.
—¿De qué tratará la reunión? —preguntó, con curiosidad fingida.
Matías se encogió de hombros, restándole importancia, y cortó una fruta con movimientos precisos.
—Cosas de cifras, proyecciones. Nada que te preocupe. Yo me encargo, como siempre. Tú solo descansa y confía en mí.
Ahí estaba de nuevo. La frase hecha, la llave con la que siempre la encerraba. Antes la hacía sentir protegida. Ahora le pareció una jaula.
—Me gustaría ir —dijo ella, suave pero firme—. Quiero entender mejor lo que se hace. Al fin y al cabo, Ferrer Group es de mi familia.
La sonrisa de él se tensó, apenas un instante.
—¿Para qué complicarte la cabeza? Tú ya tienes bastante con todo. Déjalo en mis manos, Bianca. ¿Acaso no confías en mí?
La pregunta cayó pesada sobre la mesa. Era la trampa que siempre le ponía: cuestionar su confianza para no tener que dar explicaciones. Antes caía en ella. Ahora la vio venir.
—Claro que confío —dijo, y sonrió de nuevo, esa sonrisa que no llegaba a los ojos—. Solo quiero aprender. Pero si crees que no es el momento, lo esperaré.
Matías soltó el aire, aliviado sin saberlo.
—Eres maravillosa —le acarició la mejilla—. Todo saldrá bien, ya lo verás. Pronto tendremos todo lo que soñamos. Una vida de lujos, sin preocupaciones… juntos.
Bianca bajó la mirada a su taza. Juntos. Qué vacío sonaba. Él soñaba con su dinero. Ella soñaba con recuperarlo todo y verlo caer.
—Seguro que sí —murmuró.
Durante el resto de la mañana, la casa se convirtió en un escenario. Matías habló de planes, de viajes, de ampliaciones de la empresa. Cada palabra era una pieza más en su propia tumba. Bianca asentía, preguntaba cosas inocentes, anotaba mentalmente cada detalle: nombres de personas que no conocía, cuentas que mencionaba de pasada, horarios en que recibía llamadas que interrumpía diciendo «es trabajo, ya te cuento».
Cuando él salió hacia la oficina, le dio un beso largo en la puerta.
—Te quiero —dijo, con la voz cargada de falso afecto.
—Yo también —respondió ella. Y por primera vez, la mentira fue suya, y no le pesó.
Al cerrarse la puerta, Bianca se quedó sola en el silencio de la casa que habían compartido. Caminó despacio por cada habitación: el salón donde habían celebrado su primer aniversario, el estudio donde su padre solía trabajar, la biblioteca donde él le había prometido que siempre tendrían un lugar para sus sueños. Todo estaba intacto, pero todo estaba manchado.
No rompió nada. No gritó. Se sentó en el sillón de terciopelo verde que le gustaba a él y respiró hondo. Aún no era el momento de enfrentarlo. Si lo hacía ahora, sin pruebas suficientes, la culparía a ella. Diría que estaba loca, que lo imaginaba todo, que la presión la estaba afectando. Y él tenía la palabra de muchos en la suya. No podía arriesgarse.
Observar, se dijo. Esperar. Recopilar. Cuando caiga, que no tenga de dónde agarrarse.
Fue al despacho de Matías. Sabía que no le gustaba que entrara allí sin él, pero hoy no le importaba. Revisó con cuidado, sin desordenar nada. Encontró un cuaderno de notas, una libreta de direcciones, recibos en sobres sin abrir. No tomó nada. Solo leyó, memorizó, reconstruyó el rompecabezas que él creía oculto. Cada nombre, cada número, cada destino de los fondos robados era un hilo que iba tirando suavemente.
Encontró también fotografías de los dos, sonrientes, en la playa donde habían pasado la luna de miel. Las miró sin nostalgia. Eran imágenes de una persona que ya no existía: la Bianca que creía en él. La nueva Bianca no tenía tiempo para lágrimas. Tenía trabajo.
Al mediodía, Matías llamó por teléfono. Su voz sonaba cálida, atenta, como si fuera el esposo más devoto del mundo.
—¿Cómo estás, cariño? —preguntó.
—Bien —respondió ella, sentada frente a los documentos que él creía escondidos—. Pensando en ti.
—Yo también en ti. ¿Te hace falta algo?
—Solo que vuelvas pronto —dijo, y su voz sonó tan dulce que hasta ella se sorprendió—. Te extraño.
—Pronto estaré en casa. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero —repitió, y colgó.
Se quedó mirando el teléfono. Qué fácil era mentir cuando uno no tenía corazón. Ahora entendía todo: las veces que la había hecho sentir culpable por dudar, las reuniones de las que la excluía, las firmas que le pedía sin dejarla leer. Todo había sido un plan calculado desde el principio. Ella no era su esposa. Era su objetivo.
Esa tarde, cuando él regresó, la encontró en el jardín, podando rosas con calma. Se acercó por detrás y la abrazó por la cintura. Ella no se tensó. Se recostó contra su pecho, fingiendo tranquilidad, mientras en su mente trazaba la ruta exacta hacia su destrucción.
—Estás radiante —le susurró al oído—. Me encanta verte así.
—Me siento bien —dijo ella, girando para mirarlo a los ojos—. Como si por fin viera todo con claridad.
Matías sonrió, creyendo que hablaba de amor.
—Eso es maravilloso. Todo irá mejorando, ya lo verás.
—Sí —asintió Bianca, y esta vez su sonrisa no fue fingida del todo—. Todo va a cambiar. Y para mejor.
Cenaron juntos, conversando de cosas ligeras, riendo cuando él hacía un chiste, escuchando cuando él contaba anécdotas del trabajo. Bajo el mismo techo, compartiendo la misma mesa, vivían ya en mundos opuestos: él en la ilusión de su triunfo próximo, ella en la certeza de su caída inminente.
Nadie lo habría dicho mirándolos. Parecían la pareja perfecta. Pero la verdad flotaba entre ellos, invisible y pesada, esperando el momento justo para caer.
Cuando se acostaron, Matías la atrajo hacia sí.
—Siempre serás mía —murmuró, ya medio dormido.
Bianca no respondió. Se quedó mirando la sombra de su perfil en la penumbra.
No, pensó en silencio. Tú no me tuviste nunca. Solo te dejé creerlo. Y ahora te arrepentirás de haberlo intentado.
Esperó a que su respiración se hiciera profunda y regular. Entonces se levantó de nuevo, fue a su escritorio y abrió la libreta donde había empezado a escribir. Añadió más nombres, más fechas, más pistas. Nada se le escaparía. Ningún detalle sería demasiado pequeño.
Cerró la libreta y la guardó en un lugar seguro. Mañana seguiría observando. Mañana seguiría aprendiendo. Y cuando tuviera todo lo necesario, no habría perdón, ni tregua, ni vuelta atrás.
Apagó la luz y se acostó de nuevo a su lado, fría y decidida, como una reina que espera la hora de recuperar su reino.
El silencio de la noche lo envolvía todo, pero Bianca no dormía. Vigilaba. Y mientras él soñaba con riquezas que no le pertenecían, ella soñaba con el día en que todo eso dejara de existir para él.
Las mentiras aún llenaban cada rincón de la casa, pero ya no la asfixiaban. Ahora eran su mapa. Y ella sabía exactamente hacia dónde conducían: al abismo donde caería él.