«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 9
El calor de su mano ensangrentada contra mi piel me quemaba como hierro al rojo vivo.
Tenía el corazón golpeándome la garganta. La muerte flotaba en cada rincón de la recámara: tres cadáveres desparramados sobre el mármol, el olor dulzón y metálico de la sangre espesa enfriándose en las tablas, y Li Yan de pie frente a mí, respirando con una violencia que hacía subir y bajar su torso desnudo y cubierto de salpicaduras oscuras.
Intenté zafarme de su agarre, pero sus dedos apretaron mi mandíbula con una posesividad implacable.
—No te muevas —me exigió con un hilo de voz áspero, casi un gruñido.
—Déjame ir, Li Yan —le espeté, aunque el aire apenas me pasaba por la tráquea—. Ya tienes a tus traidores. Ya sabes quiénes son. Cumplí con la maldita profecía, ahora déjame volver con mi madre.
Una risa corta, seca y carente de cualquier gracia brotó de su garganta. Sus ojos, oscuros como un pozo sin fondo, recorrieron mi rostro pálido, la túnica de lino rasgada que dejaba al descubierto mis hombros y las manchas de sangre ajena que me salpicaban las mejillas.
—¿Volver? —repitió, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron los míos—. ¿Crees que después de ver cómo tu boca predijo el corte de ese perno voy a abrirte las puertas para que te marches? Eres mi arma más letal, Lian. Y mi única debilidad.
Antes de que pudiera insultarlo, su mirada bajó hacia mi mano derecha. Yo todavía sostenía la daga corta de empuñadura de marfil, goteando el carmesí del hombre que había herido a mis pies. Mis nudillos estaban blancos por la fuerza con la que apretaba el mango.
Li Yan estiró la mano izquierda, cubriendo mis dedos con los suyos. El contraste era abrumador: sus palmas anchas, callosas y calientes envolviendo mi mano fría. Con una parsimonia deliberada, fue abriéndome los dedos uno a uno hasta que la daga cayó al suelo con un tintineo sordo.
—No tiembles —murmuró, y por una fracción de segundo, la aspereza de su tono se quebró con una delicadeza desconcertante—. Lo hiciste bien.
El roce directo de su piel desató una réplica sorda en mi cabeza, pero no fue una visión del futuro. Fue una oleada de alivio ajeno: el dolor de cabeza que lo torturaba seguía apagado gracias a mí. Él lo sabía. Sabía que sin mí, volvía a ser una bestia enjaulada en su propio tormento.
De pronto, un murmullo de pasos apresurados y el crujido de armaduras resonaron desde el pasillo exterior.
—¡Majestad! ¡Majestad Imperial! —la voz del Comandante de la Guardia de la Noche llegó cargada de pánico desde el umbral—. ¡Escuchamos el estrépito! ¡Los rebeldes violaron el cerco este!
La máscara fría del soberano volvió al rostro de Li Yan en un abrir y cerrar de ojos. Soltó mi mentón, pero se interpuso entre mi cuerpo y la entrada, cubriéndome por completo de la vista de los soldados que se asomaban con antorchas y espadas en alto.
—Llegan tarde —bramó Li Yan, y el tono de su voz hizo que los diez soldados que acababan de cruzar la puerta se desplomaran de rodillas sobre los charcos de sangre, pegando la frente al suelo con terror—. El General Wu y sus perros ya pagaron su osadía.
El comandante de la guardia levantó apenas los ojos, temblando al ver el cadáver decapitado del general.
—P-perdón, Gran Soberano... No sabíamos...
—El Ministro Chen y la Segunda Concubina Imperial —interrumpió Li Yan, sin levantar la voz, pero con un filo tan cortante que heló el ambiente—. Quiero sus cabezas clavadas en las picas de la Puerta del Sur antes de que salga el sol. Y a cualquier eunuco o sirviente que haya servido en sus pabellones... degüéllenlos a todos. No dejen a nadie vivo.
—¡A la orden de Su Majestad Imperial! —respondieron al unísono, arrastrándose hacia atrás para cumplir la matanza.
—Esperen —ordenó Li Yan antes de que se marcharan. Señaló con la cabeza los tres cuerpos a sus pies—. Saquen esta basura de aquí. Y traigan sirvientas de confianza con agua caliente y túnicas de seda limpia. Ahora mismo.
Los guardias trabajaron con una rapidez desesperada. En cuestión de minutos, arrastraron los cadáveres fuera de la habitación y limpiaron lo peor del mármol, sin atreverse a levantar la vista hacia la cama ni hacia el rincón donde yo permanecía inmóvil. Sabían que mirar a la mujer del emperador equivalía a perder los ojos.
Cuando las puertas volvieron a cerrarse y el silencio cayó de nuevo, las sirvientas ya habían dejado dos tinas de agua humeante con pétalos medicinales tras un biombo de madera oscura y se habían marchado temblando.
Li Yan se giró hacia mí. El corte superficial en su hombro seguía sangrando lentamente, manchando la tela de su túnica interior.
—Quítate esa ropa manchada —me ordenó, caminando hacia la tina de agua caliente—. Hueles a carroña.
—No voy a desvestirme delante de ti —le respondí, cruzándome de brazos a pesar del dolor en mis muñecas.
Li Yan se detuvo junto al agua, girando la cabeza para mirarme de reojo. Una sombra oscura y peligrosa bailó en sus pupilas.
—Lian, hace menos de dos horas estabas bajo mi cuerpo suplicando por aire en esa misma cama. No pretendas jugar a la doncella recatada conmigo.
Un rubor violento me encendió las mejillas, pero el orgullo fue más fuerte.
—Eso fue un castigo, ¿no es así? —le recordé con desprecio—. Me tomaste porque podías, porque eres el emperador y tienes el poder de someter a cualquiera. Pero no me pidas que actúe como si te perteneciera por gusto.
Li Yan dio tres zancadas rápidas, cruzando la distancia que nos separaba hasta acorralarme de nuevo contra la pared. Esta vez no fue brusco. Apoyó una mano a un lado de mi cabeza y, con la otra, levantó la tela desgarrada de mi manga, dejando al descubierto mi hombro desnudo.
Sus dedos trazaron la piel con una lentitud que me arrancó un estremecimiento involuntario.
—Te tomé porque no puedo apartar las manos de ti desde el segundo en que me miraste a los ojos en ese patio —susurró, con la voz tan baja que casi fue una confesión—. Y tú respondiste a cada una de mis embestidas. Tu cuerpo me reconoce, Lian, aunque esa boca terca intente negarlo.
—Mi madre me dijo que debía salvarte —murmuré, buscando fuerzas para sostenerle la mirada—. No que debía convertirme en tu concubina.
—Entonces tu madre fue una ilusa —sentenció Li Yan, y de un solo tirón desató el lazo de mi vestido, haciendo que la tela ensangrentada cayera a mis pies sobre las maderas oscuras—. Porque no pienso salvarme sin arrastrarte conmigo.
El aire caliente del agua humeante me envolvió la piel desnuda. Li Yan no esperó. Me levantó en vilo por los muslos, haciéndome jadear de sorpresa mientras rodeaba su cintura con mis piernas por puro instinto, y me llevó directo hacia la tina de agua caliente.