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BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Una promesa frente al mar selló su destino adolescente... hasta que una vil traición lo redujo a cenizas. Tras años de distancia y llamadas frías, Malena descubre a su novio de toda la vida en la cama con su mejor amiga, burlándose de su inocencia. Pero Malena no era una víctima fácil: graduada en secreto con honores de una doble titulación, decide marcharse sin derramar una sola lágrima.

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Capítulo 2: El sabor de la traición

La madera crujió apenas un suspiro bajo la yema de sus dedos. Malena contuvo la respiración, rogando en una milésima de segundo contra toda lógica que sus ojos la engañaran, que fuera una mala pasada de su mente agotada por el viaje en tren. Pero la realidad era implacable y no admitía dudas.

El departamento olía a una mezcla sofocante de perfume dulce y colonia masculina barata. En el piso de la entrada yacía una chaqueta de cuero que no pertenecía a Damián, y un poco más allá, un sostén de encaje carmesí abandonado junto a un par de tacones altos. Malena reconoció esos zapatos al instante: los había visto en el probador de un centro comercial meses atrás, cuando Miranda se los compró presumida diciendo que eran para «una cita con un chico especial».

Desde la habitación principal, cuya puerta estaba completamente abierta, las risas continuaron. Luego se oyó el crujido rítmico de los resortes del colchón y una voz perezosa que partió el aire como un cristal roto.

—Damián, basta... —ronroneó Miranda entre risitas, con la voz pastosa de quien acaba de salir de las sábanas—. Hablo en serio. ¿Cuándo se lo vas a decir? Si no le cortas las alas ahora, va a aparecerse en las fiestas de fin de año con toda su familia pretendiendo que elijan salón de bodas.

Siguió un bufido masculino, cargado de hastío.

—Ya te dije que estoy esperando el momento exacto, Miranda. No puedo hacerlo por teléfono como si nada, nuestras familias son amigas de toda la vida y mi padre me mataría si hago un escándalo antes de que me gradúe.

—Es patético —se burló ella, y Malena pudo escuchar claramente el sonido de un encendedor y la posterior exhalación de humo—. Lleva cuatro años esperándote como una monja de clausura. A veces me da lástima, te lo juro. Es tan chiquitina, tan ingenua... tan ridículamente anticuada. ¿De verdad nunca te acostaste con ella? ¿Ni una sola vez?

Damián soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier atisbo del cariño que Malena creyó conocer durante años.

—¿Con Malena? Por favor. Tocarse la mano ya parecía un pecado para ella. Se viste como una bibliotecaria de cincuenta años con esos suéteres tres tallas más grandes. Al principio era tierno, parecía pura, pero en la universidad te das cuenta de que el mundo real no funciona así. No puedo pasar el resto de mi vida al lado de una niña que le tiene miedo a su propia sombra. Necesito una mujer de verdad, alguien con mundo, no a alguien que solo sabe hablar de calificaciones y paseos por el parque.

—¿Y qué le vas a decir?

—Lo de siempre. Que la distancia nos enfrió, que el trabajo en la ciudad me absorbe, que cambiamos. Apenas tenga el título en la mano y empiece a trabajar, invento cualquier excusa y termino con ella. No va a hacer escándalo; Male es demasiado dócil para pelear. Llorará un par de días en brazos de su madre y lo aceptará. Siempre lo acepta todo.

Cada palabra era un clavo al rojo vivo atravesando el pecho de Malena.

Sentía un zumbido ensordecedor en los oídos. La caja del pastel temblaba en sus manos enguantadas, pero no temblaba de miedo: temblaba por una fuerza oscura, gélida y desconocida que comenzaba a invadirle el torrente sanguíneo. El dolor existía, desgarrador y visceral, pero no vino acompañado de lágrimas. No hubo llanto histérico ni un grito desgarrado que alertara a los dos traidores en la cama.

Había algo dentro de Malena que se negaba rotundamente a darles ese espectáculo. No les daría la satisfacción de verla suplicar, humillarse o armar una escena de celos que alimentara la arrogancia de Damián y la vanidad de Miranda.

Dio un paso cauteloso hacia atrás, tragándose el aire espeso del pasillo. Con una lentitud calculada, se agachó y apoyó con delicadeza la caja del pastel sobre la mesita auxiliar de la entrada, justo encima de las llaves del auto de Damián. Encima del lazo de raso colocó el suéter que había tejido con tanta dedicación durante las noches de insomnio.

No dejó ninguna nota. El pastel de frutos rojos con la inscripción en glaseado blanco que decía «Feliz cumpleaños, mi amor» era un mensaje más que suficiente.

Cerró la puerta despacio, asegurándose de que la cerradura encajara con un chasquido suave, definitivo.

Bajó las escaleras con la espalda recta y el mentón en alto, aunque las piernas le temblaban como ramas azotadas por un huracán. Cuando cruzó la puerta principal del edificio y el viento gélido de la calle le golpeó la cara, Malena respiró hondo. La lluvia de octubre caía ahora con más fuerza, empapándole los hombros de su abrigo sobrio, pero el frío exterior no era nada comparado con el témpano de hielo en el que se había convertido su corazón.

Caminó hacia la estación sin mirar atrás.

En el tren de regreso, acurrucada junto a la ventanilla empañada, vio las luces de la ciudad desvanecerse en la oscuridad. Sus manos, antes temblorosas, descansaban ahora inmóviles sobre su regazo. La niña ingenua que creía en promesas junto al mar había muerto en ese tercer piso; la mujer que ocupaba su lugar tenía los ojos secos y la mente fría como el acero.

Damián creía que ella no tenía mundo. Creía que era dócil, predecible y que su vida se limitaba a esperarlo.

Qué poco la conocía.

Nadie en su círculo familiar, y mucho menos Damián o Miranda, sabía la magnitud del esfuerzo que Malena había cargado sobre sus espaldas durante los últimos cuatro años. Mientras Damián malgastaba sus noches en fiestas y excusas baratas, ella había cursado una doble titulación de alta complejidad: Ingeniería en Sistemas y Gestión de Negocios Tecnológicos.

No solo había cumplido con los programas académicos, sino que su primera titulación ya estaba concluida con los más altos honores de la facultad, aprobada semanas antes tras defender una tesis sobre arquitectura de software y seguridad de datos que había llamado la atención de inversores internacionales. En su bandeja de correo electrónico descansaba una oferta formal, firmada y sellada, de una corporación multinacional con sede principal en Europa.

Habían intentado reducirla a una «chiquilla anticuada», sin sospechar jamás que Malena llevaba años construyendo en silencio las alas con las que volaría lejos de la mediocridad de todos ellos.

Al llegar a su apartamento estudiantil en la madrugada, Malena no se metió a la cama a llorar. Encendió la lámpara de su escritorio, abrió su computadora portátil y redactó un correo formal dirigido a la junta directiva de la multinacional en Europa. Con un pulso sorprendentemente firme, solicitó una prórroga de seis meses para incorporarse al puesto, tiempo necesario para terminar de rendir las últimas tres asignaturas de su segunda carrera y recibir ambos diplomas al mismo tiempo.

La respuesta de la empresa llegó a primera hora de la mañana: aceptaban la prórroga sin dudarlo. El talento de Malena era demasiado cotizado como para dejarla ir por una simple cuestión de meses.

Esa misma tarde, el teléfono de Malena sonó. La pantalla mostraba el nombre de Damián.

Luego de cinco llamadas perdidas de él, llegó la primera de Miranda, cargada de una fingida inocencia.

Malena contempló la pantalla iluminada sobre el escritorio sin inmutarse. No bloqueó sus números ni contestó sus mensajes desesperados. Dejó que el silencio los devorara lentamente, que la culpa y la incertidumbre de haber encontrado el pastel y el suéter en la mesa de entrada carcomieran la cobardía de Damián.

Ella tenía un semestre por delante, y ni un solo segundo que desperdiciar en fantasmas.

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Cliente anónimo
Yo comparto tu opinión
Adriana Montoya Velez
ella estuvo sólito porque así lo quiso lo decidió y se lo escondió a el y toda la familia porque esa actitud tan infantil?
Adriana Montoya Velez
me cae nal por poco racional
Adriana Montoya Velez
para ser ran inteligente no le sirve oara quitarle lo inmadura y cobarde de salir corriendo a esconderse sin nisiquiera darle la cara a su familia
maylen urquiza
excelente gracias por compartir con tus lectores tus obras maravillosas
Maria Laura Perez: Gracias 😍
total 1 replies
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