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Gemelos genios y un CEO implacable

Gemelos genios y un CEO implacable

Status: Terminada
Genre:CEO / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:5.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Eli Priwanti

Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.

Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.

Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.

Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.

¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?

NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 25

La puerta del baño se abrió despacio. Ariana salió con un aspecto mucho más arreglado. Llevaba un pantalón de tela holgado y una túnica sencilla de color blanco marfil, con un cárdigan a juego que le cubría el cuerpo, un poco lleno. Sin maquillaje recargado, su belleza natural resplandecía cautivadora bajo la luz tenue del local.

Edgar, que esperaba de pie, se quedó congelado al instante. Su mirada se ancló, no parpadeó ni una sola vez, clavada en la mujer que durante siete años solo había podido ver detrás de un portarretrato. A sus ojos, Ariana se veía mucho más elegante y madura.

—¡Papá... vamos! ¡Deja de mirar a mami! —lo picó Zayan con inocencia, dándole un codazo suave en la cintura.

Edgar se sobresaltó, de pronto azorado, y carraspeó con incomodidad para disimular la vergüenza.

—Eh... ejem... Vamos, Ariana. ¿Te molesta caminar un tramito hasta allá adelante? —preguntó Edgar, en tono casual pero un poco cohibido.

—No hay problema, señor. Estoy acostumbrada —respondió Ariana, neutra.

Al oír de nuevo ese "señor" salir con firmeza de los labios de Ariana, a Edgar le dio una punzada en el pecho. Ganas no le faltaban de prohibirle que lo tratara con tanta formalidad, pero era consciente de que ella necesitaba tiempo para adaptarse.

Paciencia, Edgar, paciencia... Todo llegará a su tiempo. Si pudiste esperar siete años, ¿por qué no ahora?, se lamentó Edgar por dentro, frotándose el pecho. Pero si tardo demasiado, ¡me haré viejo antes! La diferencia de edad entre Ariana y yo sí que es grande, más de diez años. Aish... Me siento más apto para ser su tío, nomás. ¡Maldito destino!

Los cuatro salieron entonces del local. Edgar, diligente, ayudó a Ariana a bajar y trancar la cortina metálica.

Al otro lado de la calle, no muy lejos del local, un auto oficial de la policía estaba estacionado bajo la sombra frondosa de un árbol. Dentro, Ramiro permanecía inmóvil. Los dedos aferraban con fuerza el volante hasta blanquearle los nudillos, mientras observaba fijamente la escena cálida de aquella pequeña familia al frente.

—Ariana... ¿por qué te dejas seducir tan fácil por ese hombre? —masculló Ramiro con tono amargo y la respiración agitada—. ¡Rayan y Zayan no pueden ser la excusa para que sigas tan cerca de él!

Ramiro cerró los ojos un instante; un profundo remordimiento le punzó el pecho.

—¡Rayos! ¿Cómo dejé que Edgar Alcázar se me adelantara? Si hubiera podido confesar mis sentimientos antes, tal vez Ariana ya sería mía y los gemelos ya no necesitarían la figura de su padre biológico...

Ramiro soltó un suspiro pesado y volvió a abrir los ojos, fijos en Ariana, que caminaba al lado de Edgar.

Pero... ¿acaso Ariana sentirá lo mismo que yo? Ay... Ramiro, no te confíes tan rápido.* El pensamiento lo hizo hacer una mueca de dolor ante la realidad. Su mirada se volvió de pronto fría y cargada de cautela. Tengo que vigilar a ese hombre sin descanso. Temo que su presencia traiga de verdad peligro para Ariana y los gemelos. ¡Jamás me quedaré de brazos cruzados si algo malo les llega a pasar!*

Con la mirada afilada y tensa, Ramiro encendió el motor del auto, listo para vigilar desde una distancia prudente hacia donde fuera que el lujoso vehículo de Edgar se llevara a la mujer que amaba.

Ante la insistencia dulce de sus dos hijos, Ariana no pudo negarse al final y optó por sentarse en el asiento delantero, justo al lado de Edgar. El auto de lujo que conducía Edgar avanzó con suavidad a velocidad media. Como la distancia del local a la casa de campo no era mucha, en cuestión de minutos aquel costoso vehículo cruzaba el portón principal, custodiado por más de una docena de guardias de traje negro.

Apenas se abrieron las puertas del auto, los guardias se inclinaron con respeto para abrirles paso.

—Bienvenido, señor Edgar. Bienvenida, señora Ariana... Bienvenidos, jóvenes amos —saludaron los guardias al unísono.

Ariana se sobresaltó, incómoda. El título de "señora Ariana" le resultó extrañísimo y chocaba de frente con la realidad de su vida. Los gemelos, en cambio, se miraron con los ojos brillando: que los llamaran "jóvenes amos" los hizo sentir de pronto como unos millonarios. Aunque, en realidad, Rayan y Zayan eran los únicos herederos de las empresas del Grupo Alcázar, una familia de magnates con una fortuna desbordante que no se acabaría ni en siete generaciones, con una red de negocios que se extendía de punta a punta del país y hasta el extranjero.

Ariana contempló el interior de la casa de campo, de una opulencia extraordinaria, colmada de tallados y adornos de valor fabuloso. Cuando entraron al salón principal, el señor Fernando Alcázar ya los esperaba en su silla de ruedas, acompañado por su asistente Daniel. Aquel rostro anciano dibujó una sonrisa cálida.

—Así que... ¿esta es la madre de ustedes? —preguntó el señor Fernando con amabilidad.

—¡Sí, abuelo! ¡Ella es nuestra mami adorada, la que nos crió! —respondió Rayan con orgullo.

Al instante, el rostro del señor Fernando se llenó de emoción y de arrepentimiento.

—Ariana... has debido de sufrir muchísimo estos siete años, criando sola a mis dos nietos. Perdona a este hijo mío, que es un tonto... Si él los hubiera encontrado antes, tu sufrimiento no habría durado tanto.

Al oírse llamar "hijo tonto" por su padre, Edgar no lo aceptó y protestó de inmediato:

—¡Papá! No me digas tonto así como así. ¡Todo fue culpa de mis empleados y de mi asistente, que no hacen las cosas bien!

Ante aquella discusión ridícula entre padre e hijo, Ariana no pudo contener una risita. Una carcajada breve se le escapó de los labios y dejó a la vista su hilera de dientes blancos y parejos. Edgar, que captó por casualidad aquel bello instante, quedó embelesado; el pecho se le llenó de un calor rebosante y florecido al ver la sonrisa sincera que tanto había añorado.

El ambiente rígido se fue derritiendo poco a poco. Ariana y el señor Fernando conversaban con familiaridad. Ariana incluso contó sin reparos las travesuras de los gemelos, sobre todo las de Zayan.

—Zayan, cuando juega al fútbol, le gusta llevarse la pelota él solo hasta el arco del rival, señor... No hay forma de que se la pase a un compañero de equipo —contó Ariana entre risas.

La carcajada del señor Fernando estalló de golpe y rompió el silencio de la sala.

—¡Jajajaja! ¡Igualito a Edgar cuando era chico! Él siempre hacía lo mismo jugando al fútbol; era tan travieso que cambiamos de niñera no sé cuántas veces.

—¡Papá...! No andes ventilando así las vergüenzas de mi infancia delante de Ariana. ¡Solo me haces quedar mal! —protestó Edgar, azorado, mirando de reojo a Ariana, que sonreía cada vez más ancho.

Rayan se sumó a la risa.

—¡Así que papá y Zayan son igual de insoportables cuando juegan al fútbol!

—Eh... Aunque de chico fuera así, ¡papá era un niño genio! —se defendió Edgar, henchido de orgullo—. A los siete años ya había logrado hackear el servidor de las cuentas de la empresa de tu abuelo, ¡tanto que él se enfureció y me mandó a estudiar al extranjero! Pero en vez de parar, ¡me solté todavía más!

Edgar soltó una carcajada al recordar su pasado. El señor Fernando no pudo más que negar con la cabeza, resignado.

—¡Uy! Ojalá que los gemelos no salgan como su padre y su abuelo... ¡podrían poner el mundo de cabeza!

En medio de las risas de los mayores, Rayan y Zayan, sentaditos uno al lado del otro en el mullido sofá, se dieron un codazo. Zayan acercó la cara a la oreja de su hermano y le susurró bajito.

—Oye... si papá y el abuelo llegan a enterarse de que fuimos nosotros los que hackeamos las cuentas del Grupo Alcázar desde la casa, ¡el abuelo nos cuelga de un árbol y morimos! —susurró Zayan, aguantándose la risa que le cosquilleaba en el pecho.

Rayan le dio un codazo rápido en el brazo y entornó los ojos para lanzarle una advertencia filosa.

—Shhhh... ¡Cállate, Zayan! Que no se enteren de que fuimos nosotros los del hackeo. ¡Después se arma la grande!

Zayan sonrió de oreja a oreja y levantó los dos pulgares.

—¡Okey, listo, hermano! ¡Secreto garantizado!

Continuará...

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Graciela Saiz
no entiendo porque ellos sabiendo que Edgar es el padre de los gemelos, no o le dijeron nada, muy mal 😡,
Graciela Saiz
y porqué ese policía hermano de Renata la esconde de Édgar, si el no es culpable 🤔😡
Tere Jimenez
gracias increíble novela hermosa un abrazo gracias
Tere Jimenez
muy bueno el libro muchas felicidades increíble familia espero nos regales más éxitos tuyos bendiciones y felicidades
Noemi Fernandez
makdutos ambiciosos pero haci les va ir
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