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QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Escuela / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.

Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.

Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.

Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.

Ivy no era la víctima inocente que todos creían.

Era una estratega.

Una manipuladora.

Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.

Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El envío

El archivo estaba listo en su escritorio.

Editado.

Limpio.

Preciso.

Rose no dudó. No revisó el metraje una última vez para confirmar el contenido; ya conocía cada fotograma, cada mueca y cada sombra captada por la lente. Movió el cursor sobre el botón de envío, con la mano firme contra el plástico frío del panel táctil. La interfaz era un sencillo cuadro gris sobre un fondo negro. Un clic. Los datos comenzaron su tránsito silencioso a través de la red encriptada de la escuela, un flujo de código binario desplazándose hacia el mundo exterior.

Lo envió.

Sin dirección de remite.

Sin origen.

La barra de progreso avanzó lentamente por la pantalla en la habitación oscura, siendo la única fuente de luz en la Habitación 201. Diez por ciento. Treinta. Cincuenta. Rose observó cómo se expandía la línea verde, con el rostro atrapado en el pálido y parpadeante resplandor del monitor. No desvió la mirada. No parpadeó. Simplemente contempló la barra hasta que alcanzó el extremo opuesto de la ventana.

Hecho.

La ventana se cerró automáticamente, mientras un script preprogramado borraba la memoria caché local en cuestión de segundos. Dejó la unidad tan vacía como si el archivo nunca hubiera existido, purgada de cualquier huella digital que pudiera vincular la transmisión con su equipo. Rose permaneció en la inmovilidad absoluta de la estancia. Afuera, la noche estaba tranquila, con el viento haciendo vibrar el cristal de la ventana lo justo para ser audible. Dentro, el único sonido era el tenue zumbido del ventilador interno del portátil al desacelerar el procesador.

Nada se movió. Nada cambió en la atmósfera inmediata.

—Está hecho —dijo.

El sonido de su propia voz fue plano, una declaración de finalización mecánica. Cerró el portátil con un suave chasquido de plástico que se sintió antinaturalmente fuerte en el silencio presurizado del dormitorio. Se levantó, sintiendo el retorno de la circulación a sus piernas, y estiró los músculos con un movimiento lento y deliberado. Caminó hacia la cama, con los ojos adaptándose ya a las profundas sombras de la habitación.

Apagó la lámpara del escritorio.

No se quedó en vela. No calculó las consecuencias. Cerró los ojos y dejó que la oscuridad la acogiera. Se durmió.

El sábado amaneció frío.

El aire era cortante, húmedo y olía a piedra mojada y a hojas en descomposición del bosque que rodeaba el campus. Los terrenos de Markhan eran un cementerio de arquitectura costosa, donde los arcos góticos y las paredes de cristal se veían grises y esqueléticos bajo la densa niebla matutina que bajaba de las montañas. El campus estaba prácticamente vacío, con la mayoría de los estudiantes aún sepultados bajo las cobijas, escondidos del frío de la primera hora.

Rose salió a correr.

Mantuvo un ritmo constante, con sus zapatillas golpeando el pavimento húmedo en un impacto rítmico y hueco que resonaba contra los muros de piedra. Su respiración seguía un ciclo controlado en tres tiempos que se ajustaba a la zancada. No corría buscando claridad mental; corría porque la máquina requería mantenimiento. Cada músculo era un engranaje, cada inhalación era combustible. Su atención estaba volcada hacia adentro, monitoreando la tensión en los gemelos y la expansión de sus pulmones.

El lago apareció a través de las ramas esqueléticas de los árboles, como una lámina plana de agua grisácea que parecía plomo martillado bajo el cielo nublado. La niebla se desprendía de la superficie en cintas espesas y blancas que se adherían a la hierba alta en la orilla. Y allí estaba él.

Malcom.

Estaba de pie al final del embarcadero, de espaldas a la orilla, enmarcado por el gris infinito del agua. Vestía ropa deportiva oscura. No se movía. Permanecía completamente inmóvil, mirando hacia el horizonte donde la niebla se confundía con el lago. El viento agitaba su chaqueta, pero él no alteró su postura.

Rose redujo el paso. Transicionó a un trote ligero, con sus pisadas amortiguadas por la hierba húmeda y la tierra blanda cerca de la margen. Se le acercó por un costado, deteniéndose a unos pasos de distancia, mientras su aliento se condensaba en el aire frío.

—¿Qué estás mirando? —preguntó.

Su tono era neutro. No ofreció ningún saludo.

Malcom giró la cabeza despacio. Tenía los ojos inyectados en sangre y marcados por un cansancio oscuro y profundo, como si el sueño fuera algo que solo recordara en teoría. No pareció sorprenderse de verla. Ni siquiera parpadeó ante el viento que comenzaba a cobrar fuerza.

—Ah… eres tú.

Rose arqueó una ceja, recorriendo su figura con la mirada.

—¿Quién más sería?

El silencio entre ambos era denso, roto únicamente por el martilleo rítmico y frío del agua contra los pilotes de madera del embarcadero. La estructura crujía bajo la presión de la corriente, con un gemido bajo y lúgubre que resonaba sobre la superficie. Rose dio un paso más, situándose directamente en su visión periférica para obligarlo a reconocer su presencia en el muelle.

—¿Echas de menos a tu novia muerta?

La pregunta fue suave. Casi casual. La lanzó como quien arroja una piedra al agua, esperando ver las ondas.

Malcom la miró. No movió un solo músculo del rostro. No se inmutó. No mostró rabia. Simplemente la observó con una intensidad hueca y oscura que parecía drenar la luz del aire a su alrededor.

Entonces habló. Su voz fue baja. Constante.

—No.

Siguió una larga pausa. Él volvió a mirar hacia el lago, con su perfil recortado contra el cielo gris.

—Desperté.

Rose le sostuvo la mirada, sin alterar su expresión. Evaluó el peso de la palabra. Desperté. No le ofreció respuesta alguna. Tampoco consuelo. Simplemente lo observó, notando la forma en que él hundía las manos en los bolsillos, con los nudillos blancos contra la tela oscura de la chaqueta.

—Uhm… —murmuró ella—. ¿Tanto te dolió su partida?

Malcom dejó escapar una risa corta y seca. No había humor en ella. La miró una última vez, recorriendo su rostro como si buscase la razón de aquella intrusión en su silencio.

—Ser curiosa no es bueno para ti —dijo.

No esperó réplica. Giró sobre sus talones y echó a correr. No miró atrás para ver si ella lo seguía. Se dirigió en línea recta hacia la linde de los árboles, con un paso rápido, mecánico y desesperado, dejándola sola al borde del agua.

Rose se quedó inmóvil. Lo vio alejarse, registrando la tensión en su zancada y la manera en que se disolvía en la niebla. Esperó a que fuera un punto oscuro contra el bosque gris antes de reanudar su propia carrera, con el pulso constante y pausado.

El día siguió el patrón habitual.

Rutina.

Silencio.

Nada se sentía fuera de lugar dentro de los muros de Markhan. Las clases se impartieron con el mismo tono apático. Las tareas se distribuyeron por la tarde. Los guardias de seguridad hacían sus rondas con la misma indiferencia aburrida que mostraban desde el primer día del semestre. El mundo seguía girando, ajeno a la podredumbre que ya comenzaba a filtrarse por las grietas.

Esa noche—

Rose estaba de vuelta en su habitación. La puerta estaba cerrada. El doble cerrojo echado con un chasquido metálico y seco. El portátil volvía a estar abierto sobre el escritorio, proyectando una luz azul parpadeante sobre las paredes que convertía la pequeña celda en un espacio digital.

Otro vídeo.

Más claro.

Directo.

Peligroso.

Este mostraba los rostros. Los nombres. Las voces captadas en la penumbra. Era el chantaje que necesitaba para rematar lo que había comenzado.

Rose no vaciló. Copió el archivo en una nueva partición encriptada.

La señal no viajó en línea recta. Había trazado la ruta horas atrás, asegurándose de que el rastro fuera imposible de rastrear hasta esa habitación o esa red.

Rusia.

Luego Alemania.

Capas.

Abrió dos cuentas de correo independientes, usando navegadores temporales que se destruirían en el instante en que los cerrara. Sin vínculos. Sin datos compartidos. Sin puntos de recuperación comunes. Adjuntó el vídeo y lo envió al primer destino. Luego al segundo.

Uno.

Luego el otro.

Sin pausas. Sin errores.

Observó la confirmación final emerger en la pantalla. Enviado. La palabra parpadeó una vez y desapareció en cuanto cerró los navegadores, borró el historial temporal y limpió los registros del sistema con un solo comando. No dejó huella visible en la red. Se reclinó en la silla y miró hacia el techo oscuro, envuelta en el silencio de la habitación.

Sonrió. Fue un movimiento pequeño y frío de sus labios que no llegó a sus ojos.

—Támara… —susurró.

Una pausa.

—Tus amigas…

Otra pausa.

—Y tú…

Silencio.

—Van a empezar a pagar.

Pantalla en negro.

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