Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.
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Capítulo 7
Capítulo 7: La Verdad Sale A La Luz
—Me obligaron.
La voz de Valentina fue baja.
No tembló.
Doña Aurora no soltó su mano. Sebastián, desde el umbral, dio un paso casi imperceptible hacia adentro.
—Valentina —dijo él.
La Matriarca ni siquiera lo miró.
—Tú no hables.
Tres palabras bastaron para detenerlo.
Valentina sintió, por primera vez desde que entró a Hacienda Reyes, que alguien más pesado que Sebastián ocupaba la habitación. No por fuerza. Por autoridad.
Doña Aurora volvió a mirarla.
—Dime todo.
Valentina respiró.
El primer dolor fue decirlo. El segundo fue descubrir que, una vez abierto el pecho, las palabras no se detenían.
—Los Brazaletes de la Luna no están conmigo. Catalina del Valle los pidió frente a Sebastián. Sofía intentó defenderme y él ordenó que la castigaran. Para detenerlo, acepté entregar los brazaletes.
Los dedos de Doña Aurora se cerraron alrededor de los suyos.
—¿Entregarlos?
Valentina miró a Sebastián.
Él estaba pálido.
—Me ordenó ponérselos yo misma a Catalina.
Nana Rosa se llevó una mano a la boca.
Doña Aurora no hizo ningún sonido. Eso fue peor que un grito.
Valentina siguió.
—Después, Doña Milagros me ofreció quedarme en Hacienda Reyes como concubina de manada. Cuando pedí ruptura del enlace, lo ocultó. Sebastián creyó que yo había aceptado un arreglo. Catalina ocupó el dormitorio principal. Sus sirvientes impidieron que los sanadores vinieran cuando tuve fiebre. Sebastián fue informado.
—Valentina —repitió Sebastián, más bajo.
Ella no se detuvo.
—Fue a ver al cachorro de Catalina.
Doña Aurora soltó su mano.
Por un instante, Valentina creyó que la había perdido.
Luego la anciana se levantó.
No de golpe. Con lentitud. Con esa dignidad antigua que hacía que hasta las paredes parecieran apartarse. Pero al ponerse de pie, la sangre se le fue del rostro.
—Los Brazaletes de la Luna —dijo— pertenecieron a mi madre, y antes a la madre de mi madre. Cinco generaciones de Lunas Reyes los llevaron cuando aceptaron una unión ante la Diosa Luna.
Sebastián bajó la cabeza.
—Abuela, yo...
—¿La hiciste ponerlos en las muñecas de tu amante?
La palabra amante cayó sin adorno.
Sebastián no contestó.
Doña Aurora lo miró como si lo viera por primera vez.
—Te salvó la vida.
El pecho de Valentina se cerró.
Nadie en esa casa lo había dicho así. Tan simple. Tan completo.
Te salvó la vida.
Doña Aurora abrió la boca para decir algo más, pero sus ojos perdieron enfoque. Nana Rosa gritó su nombre. La Matriarca dio un paso torpe hacia atrás y cayó contra el sillón antes de deslizarse de lado.
La habitación estalló.
Nana Rosa llamó a los sirvientes. Sofía, que esperaba fuera, entró corriendo. Sebastián cruzó la sala al fin, pero no hacia Valentina. Hacia su abuela.
Valentina se quedó de pie, con las manos vacías, mirando cómo el cuerpo de Doña Aurora parecía volverse pequeño bajo la manta.
—Fue por mi culpa —susurró.
Sofía la tomó del brazo.
—No. Fue por la verdad.
La noticia recorrió Hacienda Reyes antes de que cayera la noche.
Doña Milagros llegó al patio interior con el rostro transformado por la furia. Ya no había dulzura venenosa. Ya no había "mi niña". Solo una Luna Madre que acababa de descubrir que su autoridad se había quebrado frente a la única mujer que todavía podía doblarla.
—¿Qué le dijiste?
Valentina estaba junto a la puerta, esperando noticias de Doña Aurora.
—La verdad.
La bofetada habría llegado si Sofía no se hubiera interpuesto. Nana Rosa, con los ojos rojos, se plantó entre ambas.
—La Matriarca está enferma. No hagan esto aquí.
Doña Milagros señaló a Valentina.
—Ella la enfermó. Ella trajo discordia a esta casa. Ella abrió la boca para destruir la paz de la manada.
—La paz construida sobre una mentira se cae sola —dijo Valentina.
Los ojos de Doña Milagros se volvieron planos.
—Muy bien.
Ese "muy bien" no contenía aceptación. Contenía sentencia.
—Llévenla a la Sala de los Ancestros.
Sofía palideció.
—No.
Dos sirvientes tomaron a Valentina por los brazos.
—Doña Milagros —dijo Nana Rosa—, La Matriarca no autorizó...
—La Matriarca no está en condiciones de autorizar nada. Mientras duerme, la disciplina de esta casa sigue en mis manos.
Valentina no forcejeó. Ya había aprendido que algunas resistencias se gastaban mejor en elegir cuándo hablar.
La Sala de los Ancestros estaba al fondo del ala antigua. No era grande, pero el techo alto multiplicaba el frío. En las paredes colgaban placas de madera con los nombres de Alfas y Lunas Reyes, cada una grabada con una fase lunar. En el centro ardía una sola lámpara de aceite.
No había brasero.
Doña Milagros entró detrás de ella.
—Te arrodillarás aquí hasta que entiendas qué significa respetar a los muertos.
Valentina miró las placas.
—Los muertos no me hicieron daño.
—No. Pero tú acabas de insultar su sangre.
Nana Elena la empujó hacia el centro.
Valentina cayó de rodillas.
El dolor de la lesión vieja despertó con una violencia que le nubló la vista. El suelo era piedra pura, sin tapete, sin madera, sin una sola concesión al cuerpo vivo.
Doña Milagros caminó hasta la puerta.
—Cierren ventanas y puertas. Que rece por haber enfermado a La Matriarca.
Sofía apareció en el pasillo, detenida por dos mujeres.
—¡No puede dejarla aquí! ¡Todavía está débil!
—Si vuelves a gritar —dijo Doña Milagros—, te venderé fuera del territorio antes de que amanezca.
Sofía se quedó blanca.
Valentina giró la cabeza.
—Sofía, no.
La puerta se cerró.
El pestillo cayó.
Al principio, el frío fue solo frío.
Luego se volvió un animal.
Subió desde la piedra hasta sus rodillas, se abrió paso por los huesos, le mordió las caderas y le cerró la espalda. Valentina trató de cambiar el peso del cuerpo, pero cada movimiento encendía el moretón. Apoyó las manos sobre los muslos. Los dedos empezaron a perder sensibilidad.
La lámpara tembló.
Fuera, Sofía lloraba.
—Mi señora —se oyó a través de la madera—. Mi señora, escúcheme.
Valentina no respondió. Si hablaba, gastaría calor.
Algo golpeó la cerradura desde afuera. Una vez. Dos. Después se oyó el forcejeo de varios cuerpos.
—¡Apártense! —gritó Sofía—. ¡Solo quiero darle una manta!
—La orden es que nadie entre.
—Entonces no entro. ¡Se la paso por debajo!
El sonido de una bofetada atravesó la puerta con una claridad cruel.
Valentina cerró los ojos.
—Sofía...
—Estoy bien —respondió la muchacha de inmediato, aunque la voz le salió rota—. Estoy bien, mi señora.
No estaba bien. Ninguna de las dos lo estaba. La puerta seguía cerrada.
Un rato después, algo suave entró por la rendija inferior. Una prenda. El rebozo de Sofía, empujado con desesperación hasta quedar dentro.
Valentina lo miró.
No podía alcanzarlo sin arrastrarse.
Lo intentó.
El dolor de las rodillas le arrancó un sonido que no reconoció como suyo. Se apoyó en las manos y avanzó unos centímetros. Luego otros. Cuando por fin tomó el rebozo, la tela estaba húmeda por el suelo del pasillo, pero todavía guardaba un poco del calor de Sofía.
Se lo puso sobre los hombros.
—No llores —susurró.
No sabía si Sofía la escuchó.
La noche se hizo larga de una forma que no pertenecía al tiempo normal.
Valentina perdió la cuenta de las respiraciones. La lámpara se volvió dos lámparas, luego una mancha dorada, luego un punto que flotaba lejos. Las placas de los ancestros parecían inclinarse hacia ella. Nombres que no la querían. Lunas muertas que quizá habían soportado sus propios silencios. Alfas muertos que quizá habían llamado honor a lo que era miedo.
Su loba se movió.
Por primera vez desde que empezó el enlace de curación, no gimió.
Gruñó.
Valentina sintió el sonido nacer en un lugar más profundo que la garganta. No tenía fuerza para transformarse. No tenía calor para protegerla. Pero la loba empujó contra las paredes de su pecho como si quisiera levantarse con sus propias garras.
El gruñido se convirtió en aullido.
La Sala de los Ancestros vibró.
La llama de la lámpara se inclinó. Las placas de madera dieron un crujido leve. Afuera, alguien gritó. Valentina no sabía si fue Sofía, una sirvienta o su propio cuerpo partiéndose bajo el frío.
El aullido no pedía ayuda.
Era furia.
Después vino la oscuridad por partes.
Primero las manos.
Luego las piernas.
Luego la voz.
Su último pensamiento antes de caer de lado sobre la piedra fue claro, casi tranquilo.
Nadie va a venir.
Pero al amanecer, Doña Aurora despertó.
Abrió los ojos con Nana Rosa inclinada sobre ella y Sebastián sentado a los pies de la cama. Doña Milagros no estaba; había ido a ordenar que se limpiaran los pasillos antes de que la casa entera empezara a hacer preguntas.
La voz de Doña Aurora salió áspera.
—¿Dónde está Valentina?
Nadie contestó rápido.
Eso bastó.
La Matriarca intentó incorporarse.
—¿Dónde está?
Nana Rosa rompió en llanto.
Cuando Sebastián llegó a la Sala de los Ancestros con las llaves en la mano, la mañana apenas tocaba las ventanas altas del corredor. Sofía estaba arrodillada frente a la puerta, con los labios morados y los ojos secos de tanto llorar.
—Abra —dijo ella.
Sebastián no la miró.
El pestillo se levantó.
La puerta se abrió con un gemido pesado.
El frío salió primero.
Después, la luz.
Valentina estaba en el suelo de piedra, de lado, con el rebozo de Sofía enredado sobre los hombros. Tenía los labios azulados, el cabello pegado a la mejilla y las rodillas inflamadas bajo la tela del camisón.
Sebastián se quedó inmóvil.
Por primera vez desde que Valentina lo conocía, no tuvo una orden preparada.
Sofía lo empujó para entrar.
—¡Mi señora!
Valentina no abrió los ojos.
Lola calamidades
muy bien Damián
porrazos viene
porrazos van
valentina
y estos ufff no se que esperan