Elena: Una talentosa restauradora de arte que perdió la confianza en su talento tras un accidente que le dejó una leve secuela en la mano derecha. Es perfeccionista, un poco retraída y está tratando de reconstruir su vida en un pueblo costero alejado del caos de la ciudad. podrá encontrar su rumbo en este lugar?
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CAPÍTULO 20: EL ECUADOR DE LAS VERDADES
La noche cayó sobre San Lorenzo con una calma inusual, como si el universo hubiera decidido darnos una tregua tras el caos de la mañana. El taller de Elena estaba impregnado del aroma a café recién hecho y del olor metálico de la lluvia que empezaba a golpear suavemente el tejado de zinc. Julián no se había separado de Elena ni un centímetro desde que regresó de la capital; su instinto protector estaba en su punto máximo, manifestándose en pequeñas caricias constantes y en una vigilancia silenciosa que a ella, lejos de agobiarla, la hacía sentir la mujer más custodiada del mundo.
Julián estaba sentado en el sofá de cuero viejo, con Elena acurrucada entre sus piernas. Sus brazos la rodeaban como un escudo humano, y su barbilla descansaba sobre el hombro de ella mientras ambos observaban la tableta que Tato había dejado sobre la mesa de centro.
—Aún no puedo creer que abandonaras el despacho de los Garrido por mí —susurró Elena, entrelazando sus dedos con los de él. La mano de ella estaba inusualmente tranquila—. Era tu oportunidad de oro para hundirlos legalmente.
Julián la estrechó con más fuerza, hundiendo la nariz en su cabello.
—Ningún juicio vale más que un solo segundo de tu paz, Elena. Cuando ese tipo mencionó a Marcos... sentí que el mundo se detenía. No me importa el derecho, ni la arquitectura, ni el dinero. Si tú no estás a salvo, mi mundo no tiene cimientos. Eres mi única prioridad, ahora y siempre.
Elena se giró un poco para besarle la mejilla, encontrando esa mirada gris que ahora solo destilaba devoción.
—Haces que sea muy difícil no quererte cada segundo más.
El momento romántico fue interrumpido por el sonido de una notificación en la tableta. tato, que estaba en el café de Marta procesando el audio que se alcanzó a grabar antes de la huida de Julián, les había enviado un mensaje de audio:
¡Tío Julián! ¡No te lo vas a creer! Aunque saliste pitando como un loco, el micrófono oculto siguió grabando tres minutos más. El hijo de Garrido se quedó hablando con su abogado y... ¡lo soltó todo! Confesó que la oferta de Dubái era un montaje para que no declararas sobre el hormigón de La Atalaya. ¡Lo tenemos, tío, Esto es el jaque mate!
Julián soltó un suspiro de alivio que pareció sacudirle todo el cuerpo. Cerró los ojos y apoyó la frente contra la de Elena.
—Parece que el destino también tiene un instinto protector con nosotros —murmuró él, con una sonrisa que por fin llegaba a sus ojos.
—O quizás es que los Torres y los Valente ya han sufrido suficiente —respondió ella, acariciándole el pecho—. Mañana Saúl presentará esto al juez. Garrido padre e hijo van a caer juntos.
Se quedaron en silencio, disfrutando de la victoria, cuando la puerta del taller se abrió con el habitual estruendo. Doña Rosario entró cargando una botella de sidra y un paquete de sus famosas rosquillas. Pincel, la cabra, entró luciendo un pequeño lazo azul en el cuello, como si ella también supiera que era un día de gala.
—¡Basta de arrumacos, que hay que brindar! —exclamó Rosario, dejando la botella sobre la mesa de trabajo—. He hablado con el pueblo. Mañana vamos todos a la capital a declarar si hace falta. No vamos a dejar que esos estafadores de ciudad toquen a nuestro arquitecto ni a nuestra artista.
—Gracias, Rosario. De verdad —dijo Julián, levantándose para ayudar a la anciana.
—No me des las gracias, niño. Dame un sobrino-nieto pronto, que tengo ganas de tejer patucos y la cabra ya está aburrida de jugar con pelotas de lana —soltó la anciana con una puntería que hizo que Elena se atragantara con su propia saliva.
Julián miró a Elena. El color subió a las mejillas de ella, pero él no apartó la mirada. Al contrario, se acercó a ella, la tomó de la mano y la atrajo hacia su pecho frente a Rosario.
—No es una mala idea, Rosario —dijo él con una seriedad cargada de ternura—. Este taller es grande, y San Lorenzo es el lugar perfecto para que alguien crezca aprendiendo a restaurar el pasado y a construir el futuro.
Elena sintió un vuelco en el corazón. Hablar de hijos en mitad de un proceso judicial parecía una locura, pero con Julián, todo se sentía como parte de un plano maestro. El deseo de una familia, de una descendencia que borrara las sombras del 14 de febrero, empezó a tomar forma en sus mentes como una posibilidad real y luminosa.
—Bueno, bueno... —dijo Rosario, abriendo la sidra—. Primero ganemos la guerra, y luego ya nos encargaremos de la repoblación del pueblo. ¡Por la justicia y por el amor de los náufragos!
Brindaron los tres (y Pincel recibió un trozo de rosquilla). El humor de Rosario alivió la tensión de los últimos días, y por un par de horas, se permitieron reírse de las desgracias pasadas. Tato se unió más tarde, presumiendo de que su video de La detención frustrada ya era tendencia mundial.
Cuando finalmente se quedaron solos, la atmósfera del taller cambió de nuevo a una intimidad profunda. Julián apagó las luces, dejando solo el resplandor de las brasas de la estufa. Llevó a Elena hacia la cama, pero antes de acostarse, se detuvo frente al ventanal que daba al mar.
—mira —dijo él, señalando el horizonte—. La niebla se ha ido. Se ven las estrellas.
Elena se abrazó a él por la espalda, sintiendo el calor de su piel a través de la camisa.
—Mañana empieza el resto de nuestra vida, ¿verdad?
Julián se giró y la tomó en brazos, cargándola con una facilidad pasmosa hasta la cama. Se recostó a su lado, cubriéndolos a ambos con la manta de lana.
—Mañana, el mundo sabrá quiénes somos. Pero lo único que me importa es que tú sepas que siempre, pase lo que pase, mi lugar seguro es aquí, contigo. Te protegeré de Marcos, de los Garrido y de cualquier sombra que intente acercarse. Eres mi obra maestra, Elena.
Se besaron con una calma nueva, una que no nacía de la urgencia del peligro, sino de la certeza de la pertenencia. En la oscuridad del taller.
No sabían que el proceso judicial aún tendría sus coletazos, pero esa noche, en el mejor momento de su historia, Julián y Elena ya no eran dos personas rotas intentando pegarse. Eran una estructura sólida, un equipo invencible que estaba a punto de dar el paso más importante de sus vidas: dejar de sobrevivir para empezar a vivir de verdad.