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AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

Status: En proceso
Genre:Edad media / Traiciones y engaños
Popularitas:568
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.

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QUIÉN ES USTED, DAMA?

Cuando el barco atracó y pisé por fin las piedras del muelle, no había ninguna comitiva esperando. Solo la misma gente que ya estaba allí: cargadores, pescadores, transeúntes que pasaban por su camino. Pero en cuanto me vieron, algo cambió en ellos. Se detuvieron en seco, con los ojos muy abiertos, y uno tras otro se fueron apartando, pegándose a las paredes, bajando la cabeza como si estuviera ante algo sagrado y terrible al mismo tiempo. Algunos se arrodillaron en el suelo sucio, sin atreverse a levantar la vista. Yo me quedé de pie, mirándolos de uno a otro con el ceño fruncido, confundido, sin entender por qué todos actuaban así.

Más allá, entre el grupo de mujeres que habían sido llevadas en el barco, estaba Cecilia. Me miraba con los ojos muy abiertos, entre la esperanza y el miedo, sin comprender por qué todos me trataban de esa manera. Cuando nuestros ojos se cruzaron, le hablé en voz baja para que solo ella me oyera, encogiéndome de hombros con inocencia:

—No sé qué pasa. No entiendo por qué me miran así.

El comandante jenízaro, sin perder tiempo, llamó a uno de sus hombres de confianza y le dio la orden con voz clara y urgente:

—Ve al palacio. Dile al Sultán exactamente esto: He encontrado al príncipe Mehmet. Está vivo. Y está aquí, conmigo. No esperes respuesta. Ve ahora mismo.

El hombre partió al galope, y el resto del camino lo hicimos en silencio. Al llegar al palacio, la misma escena se repitió pero con más fuerza aún. Los guardias se quedaron petrificados, luego se arrodillaron. Los sirvientes se apartaron temblando, con la mano sobre la boca para ahogar un grito. Había asombro, sí, pero también miedo. Un silencio pesado recorría los pasillos del palacio a mi paso, como si la muerte misma hubiera regresado caminando entre ellos. Yo caminaba despacio, mirando todo con curiosidad y desconcierto, como un extraño que entraba por primera vez a un lugar que todos decían que era su hogar pero que no reconocía en absoluto.

Y entonces ella apareció corriendo por el gran salón, sin importarle su dignidad, sin importarle quién la viera. Hürrem. Tenía el rostro pálido, los ojos hinchados de tanto llorar, y cuando llegó ante mí no dijo palabra al principio. Simplemente me abrazó con desesperación, con una fuerza que parecía querer fundirme con ella, sollozando contra mi pecho, repitiendo mi nombre una y otra vez como si no pudiera creerlo.

—Mehmet… Mi Mehmet… Alá ha sido misericordioso… Estás aquí… Estás de verdad aquí… No te perdí… No te perdí…

Yo me quedé rígido en sus brazos. No devolví el abrazo. Con suavidad, pero con firmeza, la separé de mí, la miré a los ojos con total inocencia y le pregunté con voz educada pero completamente ajena:

—¿Quién es usted, dama? No la conozco. ¿Me puede decir por qué todos me miran de esta manera? No sé dónde estoy ni por qué usted llora. Por favor, dígame qué está pasando.

Se quedó inmóvil, como si le hubieran dado un golpe en el pecho. Sus manos, que aún me sostenían de los brazos, cayeron lentamente a sus costados. La sonrisa de felicidad se desvaneció poco a poco, reemplazada por una confusión dolorosa y un miedo nuevo que le brilló en los ojos.

—¿Qué… qué dices, mi vida? —susurró con voz quebrada—. Soy tu madre. Hürrem. ¿No me reconoces? ¿No recuerdas nada?

La miré a ella, luego a las paredes lujosas, luego a los guardias que aún permanecían con la cabeza baja, y finalmente negué con la cabeza, sincero en mi desconcierto:

—Lo siento. No recuerdo a nadie. No reconozco este lugar. Solo recuerdo el mar, una ciudad lejana, y… y a alguien que espero que esté bien. No sé por qué dicen que soy su hijo. Tal vez se equivocaron de hombre.

Vi cómo el dolor cruzaba su rostro, pero también cómo se obligaba a sonreír con ternura, acariciándome la mejilla con suavidad infinita.

—No es error. No puede serlo. Te pareces a él… te pareces a mí… Volverás a recordar. No te preocupes por ahora. Estás en casa. Estás a salvo. Y yo… yo cuidaré de ti hasta que regreses a mí.

Asentí, bajando la mirada como si me sintiera abrumado. Pero por dentro, sabía que acababa de dar el primer paso. Que su compasión sería mi escudo. Que su dolor la haría descuidada. Y que mientras todos creyeran que había perdido mi memoria… nadie vería lo que en verdad estaba planeando.

 

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