Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
NovelToon tiene autorización de Joiss Martinez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 9: Destellos de violeta y el susurro en la penumbra
El brillo morado que emergía del diario de cuero se intensificó, filtrándose entre los nudillos de Alana como un manantial de luz amatista. El calor que despedía el libro contrastaba violentamente con el frío helado y opresivo que paralizaba la biblioteca. Aquellas dos siluetas oscuras, altas y amorfas, continuaban deslizándose sobre la alfombra sin emitir el menor ruido de pisadas, desprendiendo una bruma densa .
Alana dio un paso atrás, pero la espalda le chocó contra la madera rígida de la estantería de historia local. Estaba acorralada. Los libros a su alrededor comenzaron a vibrar sutilmente en sus repisas, sacudidos por la energía pesada que emanaba de los entes.
—¿Qué... qué quieren de mí? —logró articular Alana, con la voz quebrada por el pavor.
Las sombras no respondieron con palabras. En su lugar, emitieron un siseo áspero, similar al choque de metal contra piedra. Una de las figuras extendió un brazo desproporcionadamente largo y vaporoso hacia el cuello de Alana, justo en la dirección donde sus tres lunares ardían como brazas encendidas.
Instintivamente, Alana abrazó el diario contra su pecho y cerró los ojos con fuerza, mientras rezaba un padre nuestro, ave María rezándole a todos los angeles de arriba o abajo ella no discrimina, esperando el impacto final. Sin embargo, en el preciso instante en que la garra de sombra estuvo a centímetros de rozarla, los tres lunares de su cuello emitieron una pulsación abrasadora. El grabado de la violeta sobre la portada de piel respondió con un chispazo de luz dorada y púrpura que se expandió en onda expansiva por todo el pasillo.
El destello cegador golpeó de lleno a las apariciones. Las sombras emitieron un chillido agudo, inhumano, y se replegaron hacia atrás, disipándose parcialmente en la penumbra como humo denso barrido por el viento.
—¡Corre, niña, no te quedes ahí parada! —resonó un susurro firme en el aire.
No era una voz física, sino un eco que retumbó directamente dentro de la cabeza de Alana. Reconoció al instante la voz sutil de Luz María.
Aprovechando la ceguera temporal de los entes, Alana no lo pensó dos veces. Se impulsó hacia adelante, esquivando la masa de bruma oscura que aún flotaba en el centro del pasillo. Cruzó el pasadizo a toda velocidad, tropezando con una silla de madera que salió rodando por el impacto, y salió disparada hacia el vestíbulo principal.
El aire en el vestíbulo seguía cargado de una tensión extraña, pero la luz amarillenta que se filtraba desde el exterior le dio el impulso necesario. Empujó las puertas de cristal con las pocas fuerzas que le quedaban y saltó hacia los escalones de piedra de la entrada.
La noche helada la recibió con una ráfaga de nieve fresca. Alana corrió sin mirar atrás, abrazando la mochila contra la espalda y sujetando el diario de cuero firmemente con la mano derecha dentro del bolsillo ancho de su chaqueta. Sus botas aplastaban la nieve con desesperación mientras avanzaba a través del parque solitario.
Los árboles desnudos proyectaban sombras alargadas sobre la nieve bajo la luz tenue de las farolas. Cada sombra en el camino le parecía una nueva amenaza, pero no se detuvo hasta dejar atrás el perímetro del parque y llegar a las calles asfaltadas del centro urbano.
Corrió cuatro cuadras más, con los pulmones ardiéndole por el esfuerzo y el aliento congelándose en el aire en densas nubes de vapor. Finalmente, llegó al portal de su apartamento. Con las manos temblorosas y los dedos entumecidos por el frío, logró sacar las llaves del bolsillo frontal de su bolso —agradeciendo en silencio haber vuelto a buscar sus pertenencias—, abrió la puerta de entrada y se deslizó al interior, cerrando de un portazo firme.
Se apoyó de espaldas contra la madera de la puerta, dejándose caer lentamente hasta quedar sentada en el suelo del vestíbulo de entrada. De un momento a otro vio una sombra moverse tan rápido que lo único que penso fue : me encontraron , después se dió cuenta que era su mamá esperandola es la oscuridad y el objeto no identificado era la chancla voladora.
Después de un regaño de casi 2 horas y unas cuantas nalgadas por llegar tan tarde subió las escaleras hasta su cuarto abrió la puerta y se dejó caer sobre la cama de su habitación sin molestarse en quitarse la chaqueta ni las botas cubiertas de nieve derretida.
El cuarto estaba a oscuras, iluminado únicamente por los destellos azulosos de los pajaritos que le volaban alrededor de la cabeza. Alana sacó el diario del bolsillo.
Se sentó muy incómoda sobre el edredón y encendió la lámpara de noche. Con las manos todavía húmedas por el sudor frío, volvió a abrir la primera página del tomo.
La caligrafía refinada y elegante parecía cobrar vida bajo la luz de la bombilla. Alana pasó la primera hoja y comenzó a leer con atención, sintiendo cómo cada palabra abría un abismo en todo lo que creía saber sobre su propia vida.