Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.
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Capítulo 15
Capítulo 15: Tarjeta negra
Efraín Morán entró a la sala de Bosque Alto con la cabeza agachada y una sonrisa de disculpa que le quedaba grande. Detrás venía Xio, con los ojos hinchados de tanto llorar, y detrás de los dos, sin quitarse los lentes oscuros, venía el padre de Paloma. Alejandro estaba en su silla junto a la ventana. No saludó a nadie ni dijo nada; cuando Paloma lo miró, él solo inclinó la cabeza hacia las visitas, como diciendo que eran suyas.
—Señora —empezó Efraín—, la muchacha es joven, se le fue la lengua. Usted la conoce desde niña. Además, usted sabe que Xio es la única que le entiende; ¿quién más le va a hacer compañía?
Xio sollozó más fuerte. Paloma la miró largo rato. Anoche, en la cantina, Xio había gritado que sin ella no era nadie, y lo más triste era que Paloma lo había creído durante años. Pero también sabía una cosa que Efraín no sabía: de todos los que estaban en esa sala, la única que podía leerle los labios era Xio. Paloma movió la boca despacio, sin voz, mirándola solo a ella.
*¿Por qué tendría que perdonarte sin condiciones?*
Xio lo leyó. Se le fue el color de la cara y dejó de llorar de golpe, como si le hubieran cerrado una llave. Efraín volteó a ver a su hija sin entender qué había pasado. Paloma destapó el plumón y le escribió a él.
*Si no hablan con respeto, llamo a seguridad.*
Efraín se quedó con la boca abierta. Entonces su padre se quitó los lentes y dio un paso al frente, y Paloma sintió que se le cerraba el estómago, igual que cuando él subía al ático.
—Paloma, Xio es como de la familia. —Lo dijo con la voz de las visitas, suave, pero la miraba con la de la casa—. No me hagas quedar mal.
En veinte años, Paloma nunca le había llevado la contraria. No se la llevó tampoco esta vez; simplemente no lo miró. Se dio la vuelta hacia la cocina, donde Nana esperaba con los brazos cruzados, y escribió.
*Nana Toña, ¿los acompaña a la puerta, por favor?*
—Con mucho gusto, mija.
Su padre se puso otra vez los lentes. Al pasar junto a ella se detuvo apenas y le habló sin mover casi los labios, para que solo ella lo oyera.
—Ya se te subió el apellido.
La puerta se cerró detrás de los tres. Paloma se quedó parada en medio de la sala con el plumón en la mano, y hasta entonces se dio cuenta de que le temblaba. Desde la ventana, Alejandro seguía sin decir nada, pero cuando ella volteó, él ya la estaba mirando.
* * *
El jueves 4 de junio, Nana le puso en la mano una tarjeta dorada de Galerías Iturralde Santa Fe, de cliente preferente, a nombre de él.
—El señor dice que te compres ropa, que ya te lo prometió.
En la cochera estaba el Alfa Romeo rojo, lo único que había tenido a su nombre en toda la vida. Paloma tenía licencia, porque su madre la había obligado a sacarla, pero nunca había manejado sola. Se quedó mirando el carro un buen rato con las llaves en la mano, las devolvió al gancho y tomó el camión a Santa Fe.
En la entrada de Galerías, un muchacho con volantes le cortó el paso.
—¡Facial gratis! ¡Es usted la clienta dos mil noventa y nueve!
La llevó casi del brazo a la torre de oficinas del centro comercial, a un local chiquito sin letrero en la puerta. Una mujer de bata rosa la acostó en una camilla, le untó una mascarilla verde en la cara y empezó a hacerle preguntas: si se hidrataba, qué crema usaba, si tenía novio. Al tercer silencio, se asomó a verla.
—¿Muda? —Se echó para atrás—. Ay, no, qué mala suerte. Ya me cayó la sal. Son dos mil pesos de los productos que ya le puse.
Paloma se limpió la cara con una toalla y le enseñó la tarjeta dorada. La mujer ni la tocó: ahí no aceptaban esa. Le quitó la bolsa de la silla, se paró delante de la puerta y llamó a otra mujer, más grande, que se cruzó de brazos junto a ella.
Paloma no traía efectivo. Los únicos quinientos pesos que había tenido en su vida se los había metido a Xio en el bolsillo. Sacó el celular, que por suerte seguía en su pantalón, y le escribió a la única persona a la que sabía pedirle algo.
*Estoy en Galerías, piso de oficinas. No me dejan salir. Me piden 2000.*
Pasaron doce minutos. Las dos mujeres hablaban de ella delante de ella, como si no pudiera oírlas. De pronto, la música del centro comercial se cortó, y por las bocinas del pasillo se oyó la voz de un hombre.
—Se solicita al joven que reparte volantes de faciales gratuitos presentarse en el módulo central.
Unos minutos después, Paloma oyó en el pasillo las ruedas de acero sobre el piso, acercándose, y por primera vez ese ruido no le dio miedo. La silla se detuvo frente al local. Alejandro estaba ahí, con Ulises detrás, dos guardias de seguridad y un señor de traje con gafete del centro comercial. La de bata rosa todavía no se había dado cuenta.
—¡Esa muda se quiere ir sin pagar!
—¿Saben quién es la señora Iturralde? —preguntó él.
Nadie contestó. Paloma no sabía que se iba a poner a llorar hasta que ya estaba llorando.
* * *
El gerente de Galerías le explicó a la dueña que el edificio era de Grupo Iturralde y que, según su contrato de arrendamiento, su tarjeta de acceso quedaba suspendida desde ese momento. Llegaron dos policías; Paloma escribió en el pizarrón lo que había pasado, y ellos tomaron la denuncia por el cobro y por la bolsa. Ulises hizo dos llamadas, una a la alcaldía y otra a COFEPRIS, porque el local no tenía permiso de funcionamiento ni para hacer tratamientos de belleza.
Le devolvieron la bolsa. Los dos mil pesos nadie los pagó. En el camino, Ulises le contó que los guardias habían encontrado al muchacho de los volantes en el módulo central y que el muchacho, asustado, los había llevado directo al local.
En el elevador, en cuanto se cerraron las puertas, Alejandro se volteó hacia ella con la cara dura.
—¿Por qué no te defendiste? Muérdelos, pégales, lo que sea.
Paloma tenía los ojos rojos. Le pegó en el hombro con el puño, una vez, con toda la rabia de la tarde. Él le atrapó la mano antes de que la retirara y se la volvió a poner sobre el hombro, abierta.
—Así. Aquí. Pega aquí.
En la primera tienda de ropa, la vendedora la recorrió de arriba abajo, se detuvo en el puño deshilachado de la blusa y torció la boca. Después vio la silla, lo reconoció y le cambió la cara por completo. Alejandro no la miró. Le dijo a Fermín que se fueran a la de enfrente. Cuando salieron de la tercera tienda con bolsas, dos verificadores de la alcaldía estaban pegando sellos de suspensión en la puerta sin letrero.
En la Suburban, él le puso algo en la mano. Era una tarjeta negra, sin nombre de banco al frente.
—Gano dinero para que tú lo gastes. De ahora en adelante, mis tarjetas las guardas tú.
* * *
De regreso, Alejandro iba hablando con su padre por el celular, con un audífono puesto, y Paloma tenía la cabeza recargada en la ventana. Ulises contestó su propio teléfono en el asiento del copiloto y bajó la voz. No volteó; tal vez creía que ella iba dormida.
—…sí, licenciado, el consejo quiere votar su remoción en la próxima sesión si el director no vuelve a caminar…
Paloma apretó la tarjeta negra hasta que el borde se le clavó en la palma. Remoción. Ella sabía que él podía caminar, pero también sabía que no quería que nadie lo supiera, y ahora entendía lo que le iba a costar. Lo iban a sacar de su propia empresa. A su lado, Alejandro seguía hablando con su padre, tranquilo, y ella pensó que ese hombre acababa de darle todas sus tarjetas justo cuando estaba a punto de quedarse sin nada.