Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 15
LA VERDAD A MEDIAS Y LA DUDA QUE QUEDA
La puerta se cerró tras Marco y Diana, dejando un silencio pesado en la sala. Leonardo apretó la mano de Katherine, pero ella notó que no la soltó con la misma firmeza de antes. Su mirada estaba fija en el suelo, como si algo le pesara aún más que lo que acababa de revelar.
—Dijiste que todo estaba en manos de las autoridades —dijo ella suavemente—. Pero vi cómo dudabas al decirlo. ¿Hay algo más que no me has contado?
Leonardo levantó la vista, y en sus ojos oscuros brillaba una sombra que ella no había visto antes.
—He entregado pruebas —confirmó—. Pero faltan piezas. Marco no actuó solo. Y la persona que realmente orquestó todo… sigue libre.
—¿Quién? —preguntó ella, sintiendo un escalofrío.
—No lo sé con certeza —admitió él—. Pero la conexión entre la caída de mi familia y lo que te han hecho a ti… es más profunda de lo que imaginamos. Y me temo que cuando salga a la luz, dolerá más de lo que puedes soportar.
Katherine se acercó a él, tomándole el rostro entre las manos.
—Ya soporté la traición de mi hermana y de mi prometido. Nada me duele más que eso. Estoy contigo, pase lo que pase.
Leonardo la besó en la frente, largo y despacio.
—No prometas lo que quizá no puedas cumplir. No cuando la verdad puede romper todo lo que crees saber.
Esa noche, no durmieron juntos. Leonardo se quedó en la sala, revisando documentos, recibiendo llamadas en voz baja, con la mirada perdida en pensamientos que no compartía. Katherine lo observaba desde el pasillo, sintiendo que, aunque él ya no ocultaba su nombre, seguía ocultando la parte más importante de su historia.
Al día siguiente, las noticias estallaron. “Leonardo Herrera ha regresado”, decían los titulares. “El heredero del Grupo Herrera reaparece tras años de misterio”. Pero junto a la admiración surgieron las dudas: “¿Por qué ahora?”, “¿Qué delito se le imputó antes?”, “¿Quién es la mujer que lo acompaña?”.
Katherine caminaba por la calle y sentía las miradas. No de desprecio, como temía, sino de curiosidad intensa, inquisidora. Algunos la miraban con respeto; otros, con envidia. Y en medio de todo, una noticia inesperada: el padre de Marco ha huido del país.
Leonardo se lo confirmó con el ceño fruncido:
—Salió anoche, con documentos falsos. Alguien lo advirtió. Alguien dentro de mi propio entorno.
—¿Tienes espías cerca de ti? —susurró ella, horrorizada.
—Sospecho que sí —respondió él, tomándola de los hombros—. Y por eso, hasta que no descubra quién es, no puedo decirte todo. No puedo arriesgarme a que lo que sepa llegue a oídos equivocados.
—¿Y yo? —preguntó ella, con el corazón encogido—. ¿No confías en mí?
Leonardo la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza.
—Confío en ti más que en nadie. Pero confiar en ti no significa ponerte en peligro. Mientras no sepa quién es el traidor, mantengo ciertas cosas en sombra para protegerte.
Ella quiso creerle. Quiso dejar de lado la inquietud que le crecía en el pecho. Pero esa tarde, mientras revisaba unos papeles en su despacho, encontró algo que lo cambió todo: una fotografía vieja, enmarcada, escondida en un cajón. En ella, Leonardo era joven, sonriente… y junto a él, vestida de fiesta, estaba la madre de Diana.
El mundo se detuvo.
Katherine dejó la foto sobre la mesa, con manos temblorosas. ¿Qué relación había entre ellos? ¿Por qué no se lo había mencionado? Y si existía un vínculo tan antiguo… ¿era ella realmente más que un peón en un juego que llevaba años jugándose?
Cuando Leonardo entró y la vio con la foto en la mano, su rostro se desvaneció de color.
—¿Cómo… cómo conseguiste esto?
—Estaba aquí —dijo ella, con voz quebrada—. ¿Quién era ella para ti, Leonardo? Y no me mientas.
Él respiró hondo, como si cada palabra le costara sangre.
—Era mi madrastra. Y la mujer que destruyó a mi familia.