Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 8. UN CHOQUE EN LA REALIDAD
La mañana del lunes amaneció con un sol radiante que contrastaba con el ambiente gris de los días anteriores. Estela decidió que era el momento perfecto para salir de casa y cumplir con algunos recados. Había pasado el fin de semana ensimismada, repasando una y otra vez en su mente cada inflexión de la profunda voz que había escuchado a través del teléfono. Se sentía flotar en una especie de limbo romántico, pero la realidad de su hogar la llamaba de vuelta a la tierra. Su madre necesitaba unos medicamentos específicos de la farmacia del barrio y, además, Estela debía entregar unos documentos impresos en la oficina de correos para uno de sus proyectos de traducción independiente.
Vistiendo unos vaqueros cómodos, una blusa blanca sencilla y una rebeca de punto fino, Estela salió a la calle. El aire fresco le sentó de maravilla. Caminaba por la acera de la avenida principal, absorta en sus pensamientos y revisando la lista de la compra en la pantalla de su teléfono móvil, sin prestar demasiada atención a las personas con las que se cruzaba.
A unos cincuenta metros de allí, agazapado detrás de un periódico en la terraza de una cafetería, David la observaba. Había pasado los últimos dos días planeando este momento junto a Carlos, quien le había advertido mil veces que era una completa imprudencia. Pero David no había podido resistir la tentación. Necesitaba verla de cerca, respirar el mismo aire que ella y comprobar que la chica de sus desvelos no era un espejismo del teatro. Para la ocasión, se había esmerado en camuflarse por completo. Llevaba una gorra de béisbol oscura calzada hasta las cejas, unas gafas de sol de espejo que ocultaban sus ojos por completo y una sudadera gris con capucha bastante holgada que disimulaba su porte atlético y elegante. Parecía, a todas luces, un chico cualquiera que disfrutaba de una mañana libre.
Cuando vio que Estela avanzaba por la acera con la vista fija en su terminal móvil, David dejó unas monedas sobre la mesa, se levantó de la silla y caminó en su misma dirección, calculando los pasos con la precisión coreográfica que poseía gracias a sus años en el escenario. El corazón le latía a una velocidad de vértigo, mucho más rápido que en cualquiera de sus estrenos operísticos.
El encuentro se produjo justo en la esquina de la calle peatonal, junto a un gran escaparate de una librería. Estela, distraída al guardar el teléfono en su bolso, dobló la esquina a paso ligero al mismo tiempo que David avanzaba con firmeza. El impacto fue inevitable.
—¡Ah! —exclamó Estela, perdiendo el equilibrio al chocar contra lo que le pareció un muro de piedra.
El bolso de la joven se abrió y varias carpetas con folios de sus traducciones salieron despedidas, esparciéndose por la acera. Estela estuvo a punto de caer al suelo, pero unos brazos fuertes y firmes la sujetaron por los hombros durante una milésima de segundo, estabilizándola con una agilidad pasmosa, antes de soltarla de inmediato para no resultar invasivo.
—Lo siento muchísimo, de verdad. Iba distraído y no la he visto —dijo David de inmediato, agachándose a toda prisa para recoger los papeles del suelo.
Para evitar que Estela reconociera la imponente voz barítona que la había enamorado por teléfono, David modificó por completo su forma de hablar. Utilizó un tono de voz mucho más agudo y atropellado, carraspeando levemente a mitad de la frase y adoptando un deje más informal y descuidado, arrastrando un poco las palabras como si tuviera prisa.
—No, no, la culpa ha sido mía, iba mirando el móvil —respondió Estela, arrodillándose también en la acera para ayudar a recoger sus documentos, con las mejillas encendidas por la vergüenza del tropiezo.
Al agacharse, las manos de ambos se rozaron sobre un folio en blanco. Fue un contacto sutil, apenas un roce de piel con piel, pero Estela experimentó una extraña e inexplicable corriente eléctrica que le recorrió el brazo. Levantó la vista rápidamente, encontrándose con el rostro del desconocido a escasos centímetros del suyo. Sin embargo, no pudo ver nada. La visera de la gorra proyectaba una sombra densa sobre sus facciones y las gafas de sol oscuras actuaban como un escudo impenetrable. No había rastro de los intensos ojos que la habían mirado desde el escenario aquella noche, ni tampoco de la presencia imponente del Fantasma. Ante ella solo había un chico con ropa deportiva que parecía un estudiante apurado.
—Aquí tiene. Creo que no se ha roto nada —dijo David, entregándole el montón de folios ordenados. Mantuvo la cabeza ligeramente agachada, ocultando su perfil bajo la visera, aunque por dentro se estaba derritiendo al tenerla tan cerca. Pudo oler el sutil perfume a vainilla que emanaba de su cabello y notar la suavidad de su piel. Era aún más hermosa de cerca, con ese rubor natural en las mejillas y esa expresión de timidez que lo volvía loco.
—Muchas gracias, eres muy amable — contestó Estela, metiendo los papeles apresuradamente en el bolso. Se quedó un segundo estancada, mirando al chico. Había algo familiar en la forma en que la había sujetado para que no se cayera, una firmeza protectora que le recordó extrañamente a algo, pero la voz tosca y apurada del joven disipó cualquier sospecha—. Siento el desastre.
—No pasa nada, gajes del oficio de caminar por la ciudad —replicó David con una pequeña sonrisa oculta que ella no pudo ver. Carraspeó de nuevo para mantener el disfraz de su voz—. Tenga más cuidado con las esquinas. Que tenga un buen día.
Sin darle tiempo a responder, David se dio la vuelta y se alejó a paso rápido, mezclándose con la multitud de peatones que abarrotaban la avenida principal. Estela se quedó de pie en la acera durante unos segundos, viéndolo marchar hasta que su silueta gris desapareció por completo. Se recolocó el bolso en el hombro, soltando un largo suspiro.
—Qué extraño... —murmuró para sí misma.
Continuó su camino hacia la farmacia y luego hacia correos, pero una extraña inquietud se le quedó instalada en el pecho durante todo el día. El roce de la mano de ese desconocido la había dejado inusualmente alterada. Se sentía culpable; sentía que le estaba fallando de alguna manera a su "admirador de las sombras", el hombre de la voz de oro con el que hablaba cada noche, por haberse conmovido ante el simple toque de un extraño en la calle.
Al caer la noche, la culpa seguía atormentándola sutilmente mientras preparaba la cena. Se sentía tonta por darle tantas vueltas a un simple choque fortuito en una esquina, pero es que su vida se había vuelto tan intensamente emocional que cualquier pequeño estímulo la descolocaba. Deseaba con fuerzas que llegara la hora de la llamada o del mensaje nocturno para refugiarse en la seguridad de su Fantasma y confesarle, quizás, lo mucho que lo extrañaba y lo difícil que se le estaba haciendo la espera para conocer su verdadero rostro.
Mientras tanto, en el camerino del teatro, David se miraba al espejo mientras los maquilladores le colocaban las prótesis de látex para la función de la noche. Tenía una sonrisa radiante dibujada en los labios que los técnicos no lograban comprender. El plan había sido arriesgado, pero tener a Estela a unos centímetros, haber rozado su mano y haber comprobado que existía en el mundo real, fuera de las pantallas y de los escenarios, le había dado la fuerza necesaria para cantar esa noche con una pasión que prometía ser histórica. El juego de la doble identidad se volvía cada vez más complejo, pero David estaba dispuesto a jugar sus cartas hasta el final.