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Amor A Destiempo

Amor A Destiempo

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Posesivo
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ariane Blackrose

México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del

NovelToon tiene autorización de Ariane Blackrose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9 — El río

En la hacienda de los De la Vega, la noche había llegado acompañada de un silencio incómodo.

Don Esteban permanecía en su despacho frente a Gustavo Conde.

El hombre que, si todo hubiera ocurrido conforme a los planes de ambas familias, terminaría convirtiéndose en esposo de Amalia.

Gustavo había llegado desde la Ciudad de México apenas unos días antes, pero su presencia ya se hacía notar en la hacienda. No solamente por los hombres que lo acompañaban, sino por la seguridad con la que se movía en un lugar que no le pertenecía.

Era evidente que estaba acostumbrado a ser escuchado.

También a que sus órdenes fueran cumplidas.

Sobre el escritorio descansaba la carta enviada desde el campamento.

Don Esteban la había leído tantas veces que prácticamente podía repetirla de memoria.

Gustavo permanecía de pie junto a la ventana.

—Dinero, provisiones, caballos, municiones, medicinas… —enumeró—. No parecen simples bandidos.

—Nunca creí que lo fueran.

—Pero tomaron a su hija.

Don Esteban levantó la mirada.

—Mi hija es lo único que me importa en este momento.

Gustavo se volvió hacia él.

—Precisamente por eso debemos pensar antes de responder.

—Ya he pensado.

—Está dispuesto a pagar.

—Estoy dispuesto a recuperar a Amalia.

—No es lo mismo.

Don Esteban se puso de pie.

—Para mí sí.

Gustavo guardó silencio.

El hacendado caminó hasta una mesa lateral y se sirvió una copa.

—Usted no la conoce.

La afirmación fue directa.

Gustavo no pareció ofenderse.

—Todavía no.

—Entonces comprenderá que no voy a arriesgar su vida para demostrar que ningún hombre puede imponerme condiciones.

—No he sugerido eso.

—Pero lo está pensando.

Gustavo esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—Dicen que Amalia heredó su carácter.

Don Esteban soltó una risa seca.

—No. El suyo es peor.

Por primera vez, Gustavo pareció genuinamente interesado.

—¿Difícil?

—Consentida.

—Eso tiene solución.

Don Esteban lo miró.

—Testaruda.

—También.

—Impulsiva. Curiosa. Capaz de discutir durante una hora sólo porque alguien tuvo la desgracia de decirle que no.

Gustavo tomó la carta.

—Entonces supongo que nuestros secuestradores estarán pasando días interesantes.

Don Esteban no sonrió.

—No se equivoque, Conde. Puede que usted y yo tengamos un acuerdo, pero Amalia no es una propiedad incluida en él.

Gustavo sostuvo su mirada.

—Lo sé.

—Ella todavía no sabe nada.

—También lo sé.

—Ni siquiera sabe que usted existe como parte de su futuro.

—Entonces tendremos una conversación difícil cuando regrese.

Don Esteban bebió.

—Varias.

Gustavo volvió a observar la carta.

—¿Quién es Sombra?

Don Esteban frunció el ceño.

—No lo sé.

—La carta no está firmada.

—No.

—Pero sus hombres han oído el nombre.

Don Esteban guardó silencio.

Gustavo dejó el papel sobre la mesa.

—Quiero saber quién dirige ese campamento.

—Yo quiero saber dónde está mi hija.

—Una cosa puede llevarnos a la otra.

Don Esteban se acercó.

—No haga nada que ponga a Amalia en peligro.

—No es mi intención.

—No se lo estoy pidiendo.

La mirada de ambos hombres se sostuvo durante varios segundos.

Finalmente Gustavo asintió.

—Responderemos.

Don Esteban corrigió:

—Responderé yo.

—La carta exige que lo haga personalmente.

—Exactamente.

Gustavo observó el fuego de la chimenea.

Había preguntas que todavía no formularía.

Y asuntos que don Esteban tampoco parecía dispuesto a mencionar.

Por ahora sólo importaba una cosa.

Amalia estaba viva.

Y en algún lugar de Coahuila, un hombre que se hacía llamar Sombra esperaba una respuesta.

---

Aquella misma noche, Amalia no podía dormir.

Otra vez.

Pero esta vez no podía culpar a la manta.

Había conseguido una tercera.

Tampoco al frío.

Mariel le había dado una prenda más gruesa.

Ni siquiera podía culpar a Jacinto, porque alguien finalmente había conseguido convencerlo de dormir más lejos después de que medio campamento amenazara con abandonarlo en el monte si seguía roncando.

No.

Aquella noche era simplemente su cabeza.

La carta.

Su padre.

La conversación que Sombra se negaba a tener con ella.

Y aquel cambio que había visto en él cuando Don Hilario anunció la llegada de un hombre a la hacienda.

Amalia se incorporó.

—¿Quién eres? —murmuró.

Naturalmente, Sombra no estaba allí para responder.

Y si hubiera estado, probablemente tampoco lo habría hecho.

Salió del refugio.

El campamento estaba casi completamente dormido.

La luna iluminaba parcialmente el camino entre las tiendas.

Amalia caminó sin rumbo determinado.

Entonces escuchó una voz.

Femenina.

Se detuvo.

No.

Otra vez no.

Amalia cerró los ojos.

—Mariel…

Un gemido volvió a romper el silencio.

_ ahh~

Esta vez Amalia supo perfectamente qué estaba ocurriendo.

Y precisamente por eso debería haber seguido caminando.

Debería.

No lo hizo.

La curiosidad volvió a vencerla.

Desde las sombras distinguió el refugio de Rafael y Mariel. Una abertura entre las lonas dejaba entrever apenas el interior.

Amalia se acercó.

Lo suficiente para comprender.

Rafael y Mariel estaban juntos otra vez, completamente ajenos al mundo exterior, entregados a una intimidad mucho más apasionada de lo que Amalia había presenciado aquella primera noche.

Mariel apenas contenía la voz.

Rafael la sostenía contra él con aquella confianza descarada que ambos parecían tener incluso en privado.

Amalia sintió que el rostro le ardía.

Pero esta vez ocurrió algo diferente.

No fue solamente vergüenza.

El pulso se le aceleró.

Sintió un calor extraño extenderse por su cuerpo y tuvo que apartar la mirada.

Aquello la desconcertó mucho más que la escena.

—¿Qué demonios me pasa?

Retrocedió.

No quería averiguarlo allí.

Definitivamente no mientras Rafael Santos estaba a pocos metros.

Se alejó rápidamente.

Necesitaba aire.

Mucho.

Entonces vio movimiento entre los árboles.

Una silueta alta.

Sombrero negro.

Amalia reconoció inmediatamente al hombre.

Sombra.

Caminaba alejándose del campamento.

Solo.

Ella miró hacia su refugio.

Después hacia él.

Su curiosidad tomó una decisión antes que su prudencia.

Lo siguió.

---

Sombra conocía el camino.

Eso fue lo primero que Amalia comprendió.

No llevaba lámpara.

No la necesitaba.

Avanzó entre árboles y piedras hasta que el sonido del campamento desapareció.

Amalia procuró mantener suficiente distancia.

Una rama crujió bajo su zapato.

Se quedó inmóvil.

Sombra no se volvió.

Continuó.

—Soy excelente en esto —murmuró ella.

No lo era.

Después de varios minutos comenzó a escuchar agua.

El bosque se abrió.

Ante ella apareció un río.

La luz de la luna se reflejaba sobre la superficie oscura.

Amalia se escondió detrás de un árbol.

Sombra dejó el sombrero sobre una roca.

Después los guantes.

Amalia parpadeó.

Él comenzó a quitarse la ropa.

Los ojos de Amalia se abrieron.

—Oh.

Debería marcharse.

Otra vez aquella frase.

Aquella noche estaba teniendo demasiadas oportunidades de hacer lo correcto.

Y desperdiciándolas todas.

Sombra dejó su camisa junto al sombrero.

La luz de la luna dibujó su espalda.

Amalia contuvo la respiración.

Había cicatrices.

No demasiadas.

Pero suficientes.

Una atravesaba parte de un hombro.

Otra estaba más abajo.

Amalia dejó de pensar en el hecho de que estaba viendo a un hombre desvestirse.

Aquellas marcas contaban una historia.

Otra historia que él jamás le había explicado.

Sombra terminó de desvestirse y entró en el río.

El agua le llegó primero a las rodillas.

Después a la cintura.

Finalmente avanzó hasta una zona más profunda.

Amalia permaneció detrás del árbol.

Sombra se pasó las manos por el cabello.

El negro de sus mechones se volvió todavía más oscuro al mojarse.

Se sumergió.

Durante un instante desapareció.

Volvió a emerger.

Amalia tragó saliva.

Había visto hombres sin camisa.

Trabajadores de la hacienda.

Peones.

Hombres trabajando bajo el sol.

Nunca había significado nada.

Aquello era diferente.

Quizá porque estaba escondida.

Quizá porque era Sombra.

Quizá porque llevaba semanas intentando descubrir qué había detrás de aquel hombre y, por primera vez, lo estaba viendo completamente vulnerable.

Sin sombrero.

Sin pistola.

Sin abrigo negro.

Sin hombres esperando sus órdenes.

Sólo él.

Sombra se quedó quieto.

Amalia frunció el ceño.

Algo había cambiado.

Él había dejado de lavarse.

—Puede salir de detrás del árbol.

Amalia casi murió.

Se llevó una mano al pecho.

Sombra seguía de espaldas.

—No sé de qué habla.

Hubo silencio.

—Amalia.

Ella cerró los ojos.

Maldita fuera aquella capacidad suya de saberlo todo.

Salió lentamente.

—¿Desde cuándo sabe que estoy aquí?

—Desde antes de llegar al río.

Amalia abrió la boca.

—¿Y me dejó seguirlo?

—Quería saber cuánto tardaría en darse cuenta de que la había descubierto.

—Eso es muy arrogante.

—Y usted hace demasiado ruido.

—¡No hago ruido!

Sombra se volvió apenas, sin llegar a mirarla directamente.

—Pisó tres ramas.

—Dos.

—Tres.

—La tercera era muy pequeña.

Una risa baja llegó desde el agua.

Amalia cruzó los brazos.

—Además, podría habérmelo dicho.

—También podría no haberme seguido.

—Podría haber sido peligroso.

—¿Para quién?

Amalia se quedó sin respuesta.

Sombra volvió a pasarse agua por el cabello.

Ella observó nuevamente las cicatrices.

—¿Cómo se hizo eso?

La mano de Sombra se detuvo.

—No.

Amalia resopló.

—Naturalmente.

—¿Esperaba otra respuesta?

—Algún día voy a conseguir una.

—Eso lleva diciendo semanas.

—Y algún día tendré razón.

Sombra continuó lavándose.

Amalia se sentó sobre una roca.

Él giró ligeramente la cabeza.

—¿Piensa quedarse?

—Quizá.

—Estoy bañándome.

—Ya me di cuenta.

—Normalmente eso provoca que las personas se marchen.

Amalia pensó inevitablemente en Rafael y Mariel.

—Últimamente no estoy muy segura de cuáles son las reglas.

Sombra rio.

—Mariel está teniendo una pésima influencia sobre usted.

—Mariel vive como quiere.

—Eso es cierto.

Amalia miró el río.

El agua parecía plateada bajo la luna.

Se quitó un zapato.

Sombra escuchó el movimiento.

—¿Qué hace?

—Nada.

Se quitó el otro.

—Eso no suena a nada.

Amalia se puso de pie.

Sus dedos llegaron hasta los botones del vestido.

Se detuvo.

Su corazón latía con fuerza.

Aquello era una locura.

Una señorita de su posición no hacía algo semejante.

Una señorita de su posición tampoco era secuestrada por revolucionarios, dormía sobre mantas, comía alrededor de fogatas, veía a parejas besándose sin pudor ni seguía hombres misteriosos hasta ríos en mitad de la noche.

Tal vez estaba cansada de pensar constantemente en lo que una señorita debía hacer.

Desabrochó el primer botón.

Sombra permaneció de espaldas.

—Amalia.

—¿Qué?

—Está pensando alguna estupidez.

—No sabe lo que estoy pensando.

—La conozco lo suficiente.

Ella sonrió.

Otro botón.

Después otro.

—No se voltee.

Sombra quedó completamente quieto.

—¿Qué está haciendo?

Amalia no respondió.

Dejó caer lentamente el vestido sobre la roca.

Después el resto de sus prendas.

El aire frío rozó su piel desnuda.

Por primera vez su valentía estuvo a punto de abandonarla.

Miró a Sombra.

Él continuaba de espaldas.

No había intentado volverse.

Amalia levantó las manos y retiró las horquillas de su cabello.

Una.

Después otra.

Su larga cabellera negra cayó sobre su espalda y sus hombros.

Respiró profundamente.

Dio un paso hacia el agua.

El frío le hizo contener el aliento.

Otro.

Sombra escuchó el agua moverse detrás de él.

Su espalda se tensó.

—Amalia.

Esta vez su voz había cambiado.

Ya no había burla.

Ella continuó.

El agua cubrió sus tobillos.

Después sus pantorrillas.

—Le dije que no se volteara.

Sombra permaneció inmóvil.

Amalia avanzó otro paso.

La corriente fría rodeó sus piernas desnudas mientras su cabello negro caía libre sobre su espalda.

Por primera vez desde que había conocido a aquel hombre, era ella quien tenía todas las respuestas y Sombra quien parecía no saber qué hacer.

Amalia sonrió en la oscuridad.

Y entró lentamente al río.

Sombra continuó de espaldas.

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Carolina A²V
déjalo así por ahora 🤔
Carolina A²V
no alcanza la vida 🤔
Carolina A²V
se ven lindos
Carolina A²V
no te lo dirá pero sabes que si lo es 🤔😊🤭
Carolina A²V
mentiroso 😊
Carolina A²V
La estabas espiando 😊🤭
Carolina A²V
ayyy Joel por favor a quien quieres engañar 🤔🤨
Carolina A²V
pero ese idiota te gusta 😊🤭🤭
Carolina A²V
te tardaste 😁😂🤣
Carolina A²V
que paso Sombra se te pegaron los zapatos 😂🤣🤣
Carolina A²V
estás celoso 😊😁
Carolina A²V
apareció Sombra 😊😁
Carolina A²V
😏 también te quiere 😊😊
Carolina A²V
tal vez di tal vez no 🤔
Carolina A²V
ya lo sabrás en su debido momento
Carolina A²V
no le dijiste del secuestro 😊🤭
Carolina A²V
esto está muy bueno 😊😊😊
Carolina A²V
🤣🤣🤣🤣🤣
Carolina A²V
El que faltaba 😂🤣🤣
Carolina A²V
🤭🤭🤐🤐🤐
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