A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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9. Tenemos un trato
Fabricio D'Angelo escuchaba con atención los comentarios de los demás inversionistas. Mientras tanto, Giorgio le entregó una tablet con información sobre Marjorie Lauder. Se sorprendió de lo que vio en los archivos, aparentemente, la nieta del fallecido Jefferson Lauder no había recibido educación formal, pero hablaba con una solvencia que impresionaba, respondía sin titubear y tenía una presencia impactante.
- “Al parecer tiene respuesta para todo, pero la teoría suele ser diferente a la práctica. La inversión que propone es millonaria”, dijo Fabricio, mirando directamente a Marjorie, fijándose en la postura firme de la mujer que ha defendido su propuesta con gran temple.
- “Es millonaria y muy rentable, y lo rentable siempre es riesgoso. Corporación Lauder está poniendo mucho dinero”, replicó Marjorie, sin dejar de mirarlo, con desafío.
- “Y nosotros estamos poniendo el prestigio. Hace algunos años el apellido Lauder se vio envuelto en un escándalo, y me temo que han decidido enviar a alguien sin malos antecedentes, pero también sin historia”, expresó Fabricio.
Marjorie sonrió. Inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado y dio algunos pasos hacia él; con cierto vaiven seductor, casi natural, como si pudiera medir el movimiento exacto en que resulta atractivo sin ser vulgar.
- “El escándalo puede ser cruel. Por eso prefirieron que mi educación se diera en casa. No tengo ningún grado que ostentar, es cierto, pero le aseguro que puedo defenderme muy bien. Resulta que soy la única heredera Lauder y, por lo tanto, este es el único legado que tengo. No voy a fallar. Pero si tiene miedo, lo entiendo. Puedo buscar otros socios y le aseguro que se va a arrepentir de no haber aceptado”, dijo Marjorie, empezando a guardar sus cosas.
- “No he dicho que no”, respondió Fabricio, reclinándose hacia atrás. “Pero tengo una condición”, añadió.
- “¿Cuál?”, preguntó Marjorie.
- “No quiero intermediarios. Quiero que sea usted quien lleve la inversión directamente, porque usted es la única que podría ser la garantía de esta operación”, respondió Fabricio con una sonrisa apenas desafiante.
- “Entonces tendría que pedir las mismas condiciones. Tampoco quiero intermediarios; quiero tratar todo directamente con usted”, replicó Marjorie, apoyando una mano en la mesa e inclinándose un poco hacia él.
Fabricio tuvo que resistir emitir una sonrisa. Siempre había sido completamente profesional. No era la primera vez que usaban la técnica de mandar a una mujer hermosa; pero siempre lograba ponerlas nerviosas y sabía que entonces él había ganado. Sin embargo, la mujer que tenía enfrente parecía inmune, y eso era muy interesante.
- “Cuido cada una de mis inversiones. Supongo que será un placer trabajar con usted”, dijo Fabricio.
- “No puedo asegurarle que sea un placer, pero le garantizo que puede ser un desafío que va a disfrutar, si no tiene miedo de alcanzar la gloria”, manifestó Marjorie, poniendo su mano en el escritorio, casi rozando la de Fabricio, sin dejar de mirarlo fijamente y luego alejándose, dándole la espalda como si se dirigiera a la puerta.
Fabricio la miró. Respiró profundo. Su cercanía lo provocó y su lejanía lo desafió. Marjorie volteó y lo miró directamente.
- “¿Tenemos un trato o no, señor D'Angelo?”, cuestionó Marjorie.
- “¿Por qué preguntas algo cuya respuesta ya sabes que es sí?”, respondió Fabricio.
- “Señorita Lauder. Marjorie Lauder. No soy su amiga; seré su socia”, replicó ella.
Fabricio sonrió con suficiencia. Marjorie no hizo ningún gesto. Solo se quedó mirándolo.
- “Tenemos un trato, señorita Lauder. Le enviaré por correo el proyecto de contrato y la fecha para reunirnos y firmarlo”, dijo Fabricio, poniéndose de pie, para acercarse a ella.
Ambos se dieron la mano. Ninguno bajó la mirada. Cuando se soltaron, Marjorie guardó sus cosas; Fabricio no la miró directamente, pero no pudo dejar de sentir su presencia.
- “Nos vemos pronto”, dijo Marjorie, sonriendo, y luego salió.
Afuera, ella respiró profundamente. Fabricio D'Angelo no era un capricho ni un interés romántico real, era parte del camino que tenía que cruzar para acercarse a sus hijos y recuperarlos.
Tiaggo Solórzano y Elizabeth D'Angelo le habían robado a sus dos pequeños y la habían condenado a estar prisionera de por vida. Un cambio del destino le dio una nueva identidad y un rostro diferente. Ahora, de la mano de Fabricio, veía la manera de acercarse a sus hijos. Sabía que no era lo correcto, pero no le habían dejado otra alternativa; así que como nunca en su vida, ahora iba a seducir a un hombre, y no podía fallar en su intento.