Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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El aroma
El polvo flotaba en el aire matutino mientras U-jin pasaba los dedos por la superficie de madera de la antigua mesa de centro. La casa de su abuela, impregnada de recuerdos de la infancia y un ligero olor a humedad por el tiempo cerrada, finalmente cobraba vida.
U-jin llevaba unos pantalones de vestir color crema y una blusa de seda que contrastaban con el caos de las cajas de cartón apiladas en el salón. Aunque el cansancio del viaje desde el extranjero aún pesaba en sus hombros, sus ojos brillaban con determinación. La planta baja, con su gran ventanal hacia la calle tranquila del barrio viejo, era el escenario perfecto para su sueño: un despacho legal pequeño, independiente y acogedor.
—Si no abres las ventanas pronto, el olor a pintura te va a marear antes de que consigas tu primer cliente —bromeó el oficial de reformas mientras colocaba una escalera en el centro de la estancia.
U-jin sonrió con ligereza, esa sonrisa impecable y serena que había perfeccionado durante sus años en las aulas europeas.
—Tiene razón. Iré a buscar algo de comer y de paso aireamos un poco el lugar.
Al salir a la calle, el contraste de la mañana la tomó por sorpresa. El barrio donde había crecido se sentía familiar, pero lleno de matices nuevos.
Caminó un par de calles hacia la avenida principal buscando un lugar donde comprar café y un bocadillo rápido. No tardó en notar una fila de personas que rodeaba la esquina, esperando pacientemente frente a un local con grandes ventanales de cristal y un letrero de madera tallada que le resultaba vagamente conocido.
El aroma a mantequilla tostada, canela y grano de café recién molido escapaba por la puerta cada vez que alguien entraba. U-jin miró el letrero con atención: Lumière Pastelería.
«No puede ser», pensó, sintiendo un leve cosquilleo en el estómago.
Recordó las historias de Instagram que había visto durante meses a través de la pantalla de su teléfono. Las fotos de tartas con acabados perfectos, los hojaldres dorados y los elogios de los clientes en redes. Sabía que Jeong había abierto un negocio, pero nunca imaginó que aquel lugar tan mencionado y concurrido en la prensa local estuviera a solo tres calles de la casa de su abuela.
U-jin acomodó su bolso sobre el hombro, ajustó su postura con la elegancia natural que la caracterizaba y caminó hacia la entrada. El tintineo de la campana sobre la puerta anunció su llegada, sumergiéndola de golpe en la calidez del lugar.
Al fondo, detrás de la barra de cristal repleta de postres que parecían obras de arte, se encontraba una chica con un delantal pulcro sobre ropa cómoda, recogiéndose el cabello en un moño desenfadado. Tenía la mirada concentrada mientras decoraba con precisión milimétrica la cubierta de un pastel.
El corazón de U-jin dio un vuelco repentino. Los años de distancia se redujeron a nada en cuestión de segundos.
—Bienvenida a Lumière, en un momento la atiendo... —dijo la chica sin levantar la vista de su trabajo.
—Espero que el café aquí sea tan bueno como dicen las historias de internet —respondió U-jin con una voz suave pero firme.