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Votos De Sangre

Votos De Sangre

Status: En proceso
Genre:Matrimonio entre clanes / Polos opuestos enfrentados / Mujer poderosa
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: vasitos de veneno

Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.

NovelToon tiene autorización de vasitos de veneno para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 21

Dante llevaba toda la mañana de mal humor.

No era algo especialmente extraño.

Lo extraño era el motivo.

Había llamado a su futura esposa y ella se había negado a atenderlo.

Dos veces.

Y, para empeorar las cosas, Hiroshi Kagawa había tenido el descaro de cortarle la llamada.

Dante todavía podía escuchar aquella voz perfectamente educada.

Misaki-san me pidió que finalizara la llamada.

Y después, nada.

El muy hijo de puta le había cortado.

Dante cerró la carpeta que tenía delante.

Había intentado concentrarse en el trabajo durante casi una hora, pero la irritación continuaba allí.

No estaba acostumbrado a que lo ignoraran.

Mucho menos a que alguien decidiera cuándo podía o no hablar con él.

Y muchísimo menos cuando ese alguien era la mujer con la que iba a casarse dentro de unos días.

Tomó su teléfono.

Miró la pantalla.

Durante unos segundos consideró volver a llamar.

Después recordó que probablemente atendería Kagawa.

—Ni en pedo.

Dejó el teléfono sobre el escritorio y se levantó.

Si Misaki Kuroda no quería atender sus llamadas, tendría que hablar con él personalmente.

El edificio donde se alojaban los Kuroda estaba ubicado en una de las zonas más exclusivas de Manhattan.

Dante había estado allí anteriormente por cuestiones de negocios, pero nunca había recorrido las instalaciones que Takeshi había reservado para sus hombres.

Atravesó el vestíbulo acompañado por uno de sus hombres de confianza.

—¿Dónde está Misaki?

—En el salón de entrenamiento, señor.

Dante frunció el ceño.

—¿Otra vez?

—Por lo que tengo entendido, lleva allí desde temprano.

Por supuesto.

Aquella mujer parecía dedicarle más tiempo a golpear cosas que a cualquier otra actividad.

—Llevame.

Su hombre lo condujo por un pasillo privado hasta unas puertas dobles.

Antes de llegar, Dante comenzó a escuchar los sonidos.

Golpes.

Pasos.

Órdenes.

Pero había algo particular.

No escuchaba conversaciones.

Ni risas.

Ni discusiones.

Solamente una voz femenina.

Y el sonido perfectamente coordinado de varios hombres moviéndose al mismo tiempo.

Cuando llegaron a la entrada, Dante se detuvo.

Su acompañante abrió una de las puertas.

Y entonces la vio.

Misaki Kuroda estaba en el centro del salón.

Pero no llevaba la ropa deportiva con la que aparecía en las fotografías que había recibido días atrás.

Aquella mañana vestía ropa tradicional de entrenamiento japonesa.

Un keikogi negro, ajustado a la cintura, y un hakama oscuro cuyos pliegues se movían ligeramente cada vez que caminaba.

Su larguísimo cabello estaba recogido en una trenza.

Y a un costado descansaba su katana.

Frente a ella había aproximadamente veinte hombres.

Todos vestidos de negro.

Todos alineados.

Todos inmóviles.

Cuatro filas perfectamente organizadas.

Nadie hablaba.

Nadie se movía.

Nadie parecía siquiera considerar la posibilidad de hacerlo sin autorización.

Hiroshi Kagawa permanecía a un lado de Misaki.

También vestido para entrenar.

Con las manos detrás de la espalda.

Dante observó la escena sin anunciar su presencia.

Misaki caminó lentamente frente a la primera fila.

Se detuvo ante uno de los hombres.

Lo examinó de arriba abajo.

—構え。

En posición.

Los veinte hombres adoptaron una postura de combate al mismo tiempo.

El sonido de sus pies contra el suelo resonó como un único golpe.

Dante arqueó ligeramente una ceja.

Misaki continuó caminando.

—始め!

¡Comiencen!

Los hombres iniciaron una secuencia de movimientos.

Golpes.

Bloqueos.

Giros.

Todo perfectamente sincronizado.

Misaki los observaba sin decir una palabra.

Hasta que uno de ellos se adelantó una fracción de segundo.

—止まれ!

¡Alto!

Los veinte se detuvieron inmediatamente.

Misaki giró hacia el hombre.

—誰が先に動けと言った?

¿Quién te dijo que te adelantaras?

El hombre bajó ligeramente la cabeza.

—申し訳ありません。

Disculpe.

—謝る必要はない。正しくやり直せ。

No necesito disculpas. Hacelo correctamente.

Regresó al frente.

—もう一度。

Otra vez.

Los hombres volvieron a colocarse en posición.

Dante cruzó lentamente los brazos.

Había visto entrenamientos militares.

Había trabajado con hombres que llevaban décadas dedicándose a la seguridad, a las armas y al combate.

Pero aquello era diferente.

No había necesidad de gritar constantemente.

Ni de amenazar.

Misaki daba una orden.

Y veinte hombres obedecían.

Sin preguntas.

Sin vacilaciones.

Sin una sola mirada fuera de lugar.

Hiroshi se acercó a uno de los integrantes de la segunda fila y corrigió discretamente la posición de sus brazos.

Misaki continuó observando.

Entonces sus ojos se dirigieron hacia la entrada.

Y encontró a Dante.

Lo miró.

Durante apenas un segundo.

No pareció sorprendida.

Tampoco complacida.

Simplemente lo reconoció.

Después volvió la mirada hacia sus hombres.

—続けて。

Continúen.

Dante soltó una pequeña risa por la nariz.

Ni siquiera un saludo.

Fantástico.

Su acompañante se inclinó ligeramente hacia él.

—¿Quiere que anuncie su presencia, señor?

Dante negó.

—No.

Se apoyó contra una de las columnas cercanas.

—Voy a mirar.

Y eso hizo.

Durante los siguientes minutos observó cómo Misaki dirigía el entrenamiento.

En determinado momento ordenó que los hombres se dividieran en parejas.

Las prácticas comenzaron inmediatamente.

Hiroshi supervisaba uno de los extremos del salón mientras Misaki recorría el otro.

No había movimientos innecesarios.

Cada hombre parecía conocer perfectamente su lugar.

Sus límites.

Sus responsabilidades.

Y, sobre todo, las consecuencias de cometer un error.

Uno de los combatientes perdió el equilibrio durante un intercambio.

Su compañero lo derribó.

Misaki se detuvo frente a ambos.

—立て。

Levantate.

El hombre obedeció.

Ella lo observó.

—もう一度。

Otra vez.

El ejercicio se repitió.

Esta vez el hombre consiguió mantenerse en pie.

Misaki asintió apenas.

—よし。

Bien.

Una sola palabra.

Y el hombre regresó inmediatamente a su posición.

Dante la observó con renovado interés.

Había escuchado historias sobre la Katana de la Yakuza.

Sobre su habilidad con las armas.

Sobre los hombres que había matado.

Sobre la manera en que su padre la había entrenado desde niña.

Pero una cosa era escuchar historias.

Y otra muy distinta verla allí.

Dirigiendo a veinte hombres que probablemente habrían muerto por ella sin dudarlo.

No porque estuvieran fascinados con su belleza.

Ni porque fuera la hija de Takeshi Kuroda.

Sino porque reconocían su autoridad.

Y porque, evidentemente, sabían perfectamente de lo que era capaz.

Dante miró hacia Hiroshi.

El japonés también lo había visto.

Pero no abandonó su lugar.

Por supuesto que no.

El perro guardián.

Dante volvió la atención hacia Misaki.

Esta vez decidió ignorarlo.

El entrenamiento terminó casi cuarenta minutos después.

Misaki dio una última orden.

—整列!

¡En formación!

Los hombres regresaron inmediatamente a sus lugares.

—礼!

¡Saluden!

Los veinte inclinaron la cabeza al mismo tiempo.

Misaki respondió al saludo.

Después hizo un pequeño gesto con la mano.

Los hombres comenzaron a retirarse en silencio.

Hiroshi se acercó a ella y le dijo algo en japonés.

Misaki respondió brevemente.

Entonces tomó una pequeña toalla y se secó el sudor del cuello.

Dante abandonó finalmente su lugar junto a la columna.

—Impresionante.

Misaki levantó los ojos.

—De Luca.

—Kuroda.

Ella dejó la toalla sobre una mesa.

—¿Qué hacés acá?

Dante sonrió apenas.

—Vine a comprobar que seguías viva. Como no atendés el teléfono...

—Estaba ocupada.

—Sí. Kagawa me lo explicó.

Misaki miró hacia Hiroshi.

Después volvió a Dante.

—Entonces no entiendo por qué viniste.

—Porque necesitaba hablar con vos.

—Podrías haber dejado un mensaje.

Dante soltó una risa breve.

—¿Con tu secretario?

—Con mi hombre de confianza.

Dante apretó ligeramente la mandíbula.

Otra vez esa frase de mierda.

Hiroshi permaneció a unos pasos, perfectamente tranquilo.

Dante decidió ignorarlo.

—En realidad, antes de hablar de eso, quiero decirte algo.

Misaki arqueó una ceja.

—Qué novedad.

—Tus hombres son impresionantes.

Ella no respondió inmediatamente.

Dante miró hacia la puerta por la que acababan de retirarse.

—La disciplina. La coordinación. La manera en que responden a tus órdenes.

Volvió a mirarla.

—Tenías razón.

Misaki entrecerró los ojos.

—¿Sobre qué?

—Sobre mis hombres.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de ella.

Dante continuó:

—Después de lo que pasó durante nuestra primera reunión, admito que a algunos no les vendría nada mal un entrenamiento como el que acabás de dar.

Misaki soltó una risa breve.

No era una risa amable.

—¿Algunos?

Dante sonrió.

—Está bien. A bastantes.

Ella cruzó los brazos.

—Eso ya lo sabía.

—Por supuesto que lo sabías.

Dante miró hacia el centro del salón.

Después volvió a ella.

—Estaba pensando que podrías entrenarlos.

Misaki dejó de sonreír.

Lo observó durante varios segundos.

Después volvió a reírse.

Esta vez con auténtica incredulidad.

—¿Perdón?

—A mis hombres. Podrías dirigir algunas sesiones de entrenamiento.

Misaki lo miró como si acabara de proponerle la estupidez más grande que había escuchado en toda la semana.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

—No.

Dante arqueó una ceja.

—Ni siquiera lo vas a considerar.

—No.

—¿Por qué?

Misaki dio un paso hacia él.

—Porque es una falta de respeto que me lo pidas.

Dante dejó de sonreír.

—¿Una falta de respeto?

—Mis hombres llevan años entrenándose.

Señaló hacia la puerta.

—Años de disciplina. De esfuerzo. De aprender a obedecer, a pensar y a actuar sin que nadie tenga que repetirles una orden.

Volvió a mirarlo.

—No llegaron a este nivel porque alguien les enseñó cuatro movimientos durante una tarde.

Dante sostuvo su mirada.

Misaki continuó:

—Y ahora venís vos, después de verlos entrenar cuarenta minutos, y pretendés que me dedique a enseñarles a tus hombres lo que los míos tardaron años en aprender.

Hizo una pausa.

—No, Dante.

Su expresión volvió a endurecerse.

—No voy a hacerlo.

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El entrenamiento continuó.

Después de varios ejercicios cuerpo a cuerpo, Hiroshi dio una orden y algunos de los hombres se dirigieron hacia uno de los laterales del salón.

Dante observó cómo abrían un armario.

En su interior había varias katanas perfectamente acomodadas y, junto a ellas, numerosas armas de entrenamiento de madera.

Los hombres tomaron estas últimas.

Dante se incorporó ligeramente.

Los ejercicios cambiaron.

Ya no se trataba solamente de golpes y bloqueos.

Ahora entrenaban con bokken, espadas de madera que imitaban el peso y la forma de una katana, enfrentándose de a dos mientras Misaki caminaba entre ellos corrigiendo posiciones.

—もっと低く。

Más abajo.

Uno de los hombres corrigió inmediatamente su postura.

Misaki continuó.

—力を入れすぎるな。速さを失う。

No uses tanta fuerza. Vas a perder velocidad.

El hombre asintió.

Más adelante detuvo el arma de otro con una mano.

—違う。

No.

Le acomodó la posición.

—ここ。

Acá.

Después se apartó.

—もう一度。

Otra vez.

Dante observaba en silencio.

Había algo casi hipnótico en aquello.

No solo por la precisión de los hombres.

Por ella.

Misaki parecía verlo todo.

Una posición incorrecta.

Un pie mal colocado.

Un movimiento demasiado lento.

Una abertura en una defensa.

Nada escapaba a su atención.

Y sus hombres no discutían una sola corrección.

Entonces Hiroshi miró la hora.

Esperó a que terminara uno de los ejercicios y se acercó a Misaki.

—時間です。

Llegó la hora.

Misaki asintió.

—わかった。

Bien.

Dante frunció ligeramente el ceño.

¿La hora de qué?

Misaki caminó hacia el centro del salón.

Tomó uno de los bokken.

Lo sostuvo con ambas manos.

Y diez hombres abandonaron sus posiciones.

Dante dejó de apoyarse contra la columna.

Los vio avanzar hacia ella.

Uno.

Dos.

Cinco.

Diez.

Comenzaron a rodearla.

Dante frunció el ceño.

—¿Qué mierda hacen?

Su hombre de confianza lo miró, pero tampoco pareció conocer la respuesta.

Misaki permanecía completamente tranquila en el centro.

Los diez hombres terminaron de formar un círculo a su alrededor.

Todos llevaban armas de madera.

Todos estaban en posición.

Y todos miraban a Misaki.

Dante dio un paso hacia adelante.

—Esperá...

El primero atacó.

Misaki bloqueó.

El sonido de la madera chocando resonó por todo el salón.

Un segundo hombre avanzó inmediatamente desde atrás.

Misaki giró.

Bloqueó nuevamente.

El tercero entró por su izquierda.

Ella esquivó el golpe por centímetros.

Dante se separó completamente de la columna.

—¿Qué carajo...?

Dos hombres atacaron prácticamente al mismo tiempo.

Misaki retrocedió.

Uno de los bokken pasó peligrosamente cerca de su cabeza.

Y Dante reaccionó.

Avanzó.

No pensó.

Ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse qué pretendía hacer.

Simplemente vio a diez hombres armados rodeando a Misaki y su cuerpo decidió antes que él.

Pero apenas dio dos pasos, un brazo apareció frente a su pecho.

Hiroshi.

Dante se detuvo en seco.

Bajó los ojos hacia el brazo que le impedía avanzar.

Después levantó lentamente la mirada.

—Sacame la mano.

Hiroshi ni siquiera pestañeó.

—No.

Dante lo miró con incredulidad.

—¿Qué dijiste?

Otro golpe resonó detrás de ellos.

Dante miró hacia Misaki.

Tres hombres acababan de lanzarse sobre ella.

—Son diez.

—Sí.

—Corréte.

—No.

Dante giró hacia él.

—Kagawa.

—Señor De Luca.

—Te estoy diciendo que te corras.

Hiroshi permaneció exactamente en el mismo lugar.

—Y yo le estoy diciendo que espere.

Dante endureció la mandíbula.

—La están atacando.

Por primera vez, algo parecido a una mínima sonrisa apareció en la expresión de Hiroshi.

—No.

Dante miró nuevamente hacia el centro del salón.

—¿Qué mierda estás mirando entonces?

Hiroshi bajó finalmente el brazo.

—Mire mejor.

Dante lo hizo.

Y entonces lo entendió.

Misaki no estaba defendiéndose.

Estaba entrenando.

Uno de los hombres atacó por su derecha.

Misaki esquivó el golpe, atrapó su brazo y utilizó su propio impulso para derribarlo.

El hombre golpeó el suelo.

Antes de que terminara de caer, ella ya se había girado.

Bloqueó al siguiente.

Golpeó su muñeca.

El arma cayó.

Una patada directa al pecho.

Segundo hombre al suelo.

Dos más avanzaron.

Misaki retrocedió un paso.

Nada más.

Bloqueó al primero.

Giró el bokken.

Golpeó las piernas del segundo.

Cayó.

El primero intentó aprovechar la abertura.

Error.

Misaki lo derribó inmediatamente.

Dante permaneció inmóvil.

Cuatro.

Ya había cuatro hombres en el suelo.

—Mierda...

Hiroshi no respondió.

No parecía sorprendido.

Eso probablemente era lo más impresionante.

Para él aquello no era extraordinario.

Era martes.

Otro hombre atacó.

Misaki bloqueó.

Giró.

Derribó.

Cinco.

El sexto consiguió acercarse lo suficiente como para sujetarla desde atrás.

Dante volvió a tensarse.

Hiroshi ni siquiera se movió.

Misaki inclinó el cuerpo, utilizó el peso del hombre contra él y lo lanzó por encima de su hombro.

El impacto contra el suelo resonó en todo el salón.

Seis.

Los cuatro restantes dudaron.

Solo un segundo.

Misaki los miró.

—何を待ってる?

¿Qué están esperando?

Los hombres volvieron a atacar.

Dante abrió ligeramente los ojos.

Uno fue al suelo.

Después otro.

Misaki giró sobre sí misma justo a tiempo para esquivar el golpe del siguiente y lo derribó con una facilidad casi insultante.

Dante soltó una risa incrédula.

—Esta mujer está completamente loca.

Hiroshi no respondió enseguida.

Dante giró ligeramente la cabeza hacia él.

Y entonces lo vio.

Hiroshi estaba mirando a Misaki.

Pero no de la manera en que un subordinado observaba a su superior.

Había una pequeña sonrisa en sus labios.

Una que Dante nunca le había visto.

Discreta.

Casi imperceptible.

Y sus ojos permanecían clavados en ella.

—Es magnífica —dijo Hiroshi.

Dante dejó de sonreír.

Lo miró.

Hiroshi ni siquiera pareció darse cuenta.

Seguía observando a Misaki.

En el centro del salón, ella acababa de derribar al noveno hombre.

Dante volvió lentamente la vista hacia ella.

Después hacia Hiroshi.

Es magnífica.

Qué manera tan particular de hablar de la mujer para la que trabajaba.

—¿Magnífica? —repitió Dante.

Hiroshi finalmente lo miró.

La sonrisa desapareció casi inmediatamente.

—En combate.

—Claro.

Hiroshi sostuvo su mirada.

—¿Hay algún problema, señor De Luca?

—Ninguno.

Dante volvió hacia Misaki.

El último hombre se preparaba para atacarla.

—Me llamó la atención la elección de la palabra.

—Es la adecuada.

Dante apretó ligeramente la mandíbula.

—Ya.

El último hombre atacó.

Misaki esperó hasta el último instante.

Esquivó.

Sujetó su muñeca.

Giró sobre sí misma.

Y lo derribó.

Diez.

Los diez estaban en el suelo.

Hiroshi volvió a sonreír.

Dante lo vio de reojo.

Y, por alguna razón completamente absurda, esa segunda sonrisa le molestó todavía más que la primera.

Misaki permanecía de pie en medio de todos ellos.

Impecable.

Poderosa.

Con la respiración apenas acelerada.

Dante la observó.

Es magnífica.

Odiaba admitirlo.

Pero el hijo de puta tenía razón.

Lo que no entendía era por qué le molestaba tanto que fuera Hiroshi quien lo hubiera dicho primero.

---

Misaki dejó el bokken sobre el soporte.

El entrenamiento había terminado.

Los hombres comenzaron a abandonar el salón en perfecto orden, algunos todavía recuperando el aire después de la última práctica.

Dante los siguió con la mirada.

—Tenías razón.

Misaki tomó una toalla y se secó lentamente el cuello.

—Eso no es ninguna novedad.

—Tus hombres son pura disciplina.

—Sí.

—A los míos no les vendría mal un poco de eso.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Misaki.

—Definitivamente.

Dante la miró.

—Podrías entrenarlos.

La sonrisa desapareció.

—No.

—¿Ni siquiera vas a pensarlo?

—No hay nada que pensar. Mis hombres llevan años entrenándose. No voy a convertir a los tuyos en esto con unas cuantas sesiones.

—Podrían aprender algo.

—Entonces buscales un instructor.

Dante soltó una risa.

—Quería que fueras vos.

Misaki dejó la toalla sobre la mesa.

—Y yo considero una falta de respeto que me lo pidas. No compares años de disciplina con un par de entrenamientos.

Dante entendió que no iba a conseguir nada insistiendo.

—Bien.

—Bien.

Hubo un pequeño silencio.

Dante la observó.

—Por cierto, la próxima vez podrías avisarme antes de dejar que diez hombres te rodeen con armas.

Misaki levantó una ceja.

—¿Te asustaste?

—No.

A unos metros, Hiroshi bajó discretamente la mirada.

Misaki lo vio.

—Intentaste acercarte.

—No sabía qué estaba pasando.

—Estaba entrenando.

—Eran diez.

—Y los diez terminaron en el suelo.

—Sí, ya vi.

Misaki sonrió.

—Entonces la próxima vez mirá antes de intentar rescatarme.

—No estaba intentando rescatarte.

—Claro.

Dante decidió que continuar aquella conversación solo iba a empeorar las cosas.

—En realidad, no vine por eso.

—¿Entonces?

—Cambiate.

Misaki frunció el ceño.

—¿Qué?

—Vamos a salir.

—No.

—Ni siquiera sabés adónde.

—No importa.

Dante respiró profundamente.

—Vamos a mi casa.

La expresión de Misaki cambió apenas.

—No tengo nada que hacer en tu casa.

—Dentro de quince días vas a vivir ahí.

—Ese es un problema de la Misaki de dentro de quince días.

Dante tuvo que contener una sonrisa.

—Necesitás conocerla. Las habitaciones, el personal, la seguridad, los accesos...

Misaki dejó de moverse.

Seguridad.

Accesos.

Entradas.

Salidas.

Eso sí le interesaba.

Mucho más de lo que Dante podía imaginar.

—Está bien.

Él arqueó una ceja.

—¿Así de fácil?

—¿Querés que cambie de opinión?

—No.

Misaki comenzó a alejarse.

—Dame treinta minutos.

—Veinte.

Ella siguió caminando.

—Treinta.

Dante la vio desaparecer por la puerta.

—Lo hace a propósito.

—Sí —respondió Hiroshi.

Dante giró lentamente hacia él.

—No te pregunté.

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Media hora después, Dante seguía esperando.

Miró su reloj por tercera vez.

—Treinta minutos —murmuró—. Dijo treinta minutos.

—Misaki-san estará lista cuando esté lista.

Dante giró lentamente hacia Hiroshi.

—Gracias, Kagawa. Tu aporte fue fundamental.

Hiroshi inclinó ligeramente la cabeza.

—De nada.

Dante entrecerró los ojos.

No estaba seguro de si el hijo de puta acababa de burlarse de él.

Antes de poder decidirlo, escuchó unos pasos.

Levantó la mirada.

Y se quedó callado.

Misaki avanzaba hacia ellos.

Esta vez no llevaba ropa de entrenamiento ni los vestidos provocativos y excesivamente elegantes que había usado en sus encuentros anteriores.

Vestía un traje negro de corte impecable, entallado a su figura, con una blusa de seda debajo y zapatos de tacón. El cabello oscuro caía en una larga trenza sobre su espalda.

Elegante.

Sobria.

Impecable.

Y completamente Misaki.

Dante la recorrió con la mirada.

Ella se detuvo frente a él.

—¿Terminaste?

Dante levantó los ojos hasta su rostro.

—¿Con qué?

—Con eso.

—¿Qué cosa?

—Mirarme.

Una sonrisa apareció lentamente en los labios de Dante.

—Todavía no,  puedo mirarte eres mi prometida

Misaki puso los ojos en blanco y pasó junto a él.

Dante soltó una pequeña risa antes de seguirla.

Hiroshi fue detrás.

—Kagawa no viene.

Misaki continuó caminando.

—Sí viene.

—Misaki...

Ella se detuvo.

Giró lentamente.

—Dante.

Él reconoció inmediatamente aquella mirada.

—En otro auto.

—Perfecto.

Misaki siguió caminando.

Dante miró a Hiroshi.

—Estoy empezando a odiarte.

—Lo había notado.

Definitivamente.

Se estaba burlando de él.

La residencia De Luca no impresionó a Misaki.

Dante se dio cuenta prácticamente desde que atravesaron la entrada.

Ni una expresión de sorpresa.

Ni una pregunta.

Nada.

Misaki observó el vestíbulo, las escaleras, los pasillos y a los hombres distribuidos discretamente por la propiedad.

—¿Qué te parece?

—Es una casa.

Dante la miró.

—Gracias por el análisis.

Misaki continuó caminando.

—Es grande.

—Muchísimo mejor.

Dante le mostró apenas el salón principal, el comedor y el sector de la planta alta donde se encontraban las habitaciones.

No necesitaban más.

—aqui esta Nuestra habitacion

Misaki lo miró.

-Nuestra ?

—Por supuesto.

Misaki asintió.

—veremos quien sobrevive al primer dia .

Dante soltó una risa.

—Qué optimista.

Volvieron hacia el salón.

Hiroshi permanecía cerca de la entrada, hablando discretamente con uno de los hombres Kuroda que los había acompañado.

Misaki estaba a punto de sentarse cuando una voz femenina llegó desde el corredor.

—Dante.

Él se quedó inmóvil.

Giró.

—Mamá.

Misaki también levantó la mirada.

La mujer que acababa de entrar se detuvo en seco al verla.

Dante frunció el ceño.

No esperaba a su madre.

Mucho menos allí.

—¿Qué hacés acá?

Ella no respondió.

Sus ojos permanecían clavados en Misaki.

La recorrió lentamente.

El rostro.

El cuerpo.

Las manos.

Como si hubiera pasado meses imaginando a aquella mujer y necesitara comprobar que realmente existía.

Misaki permaneció completamente quieta.

Fría.

Sin una sola emoción visible.

—Mamá...

La mujer comenzó a caminar.

Dante reconoció algo en su expresión.

—Mamá, esperá.

Demasiado tarde.

La madre de Dante llegó frente a Misaki y levantó la mano.

El movimiento fue rápido.

Pero Misaki fue más rápida.

Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca antes de que la palma pudiera tocarle el rostro.

Silencio.

La madre de Dante abrió los ojos.

Dante se tensó.

Y Hiroshi reaccionó inmediatamente.

Su mano fue hacia el interior de su chaqueta.

Misaki ni siquiera necesitó mirarlo.

—動くな。

No te muevas.

Hiroshi se detuvo.

La mano continuó sobre el arma.

—ミサキさん...

Misaki-san...

Esta vez ella giró apenas el rostro.

—手を出すな。

No te metas.

Hiroshi retiró lentamente la mano.

Dante observó la escena.

Misaki seguía sujetando la muñeca de su madre.

No con esfuerzo.

No parecía necesitarlo.

Una pequeña sonrisa apareció de costado en sus labios.

—No vuelva a intentar eso.

La madre de Dante tiró del brazo.

Misaki la soltó.

—¡Vos mataste a mi hijo!

Misaki no respondió.

—¡Vos mataste a mi hijo!

La voz de la mujer se quebró.

Dante dio un paso.

—Mamá...

—¡No!

Ella lo señaló sin apartar los ojos de Misaki.

—¿Cómo podés tener la cara de aparecerte acá? ¿En su casa? ¿Delante de su familia?

Misaki ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Su casa?

—¡La casa de la familia que destrozaste!

Algo parecido a una risa escapó de Misaki.

Breve.

Seca.

Sin una pizca de humor.

—Su hijo era un asesino.

La mujer quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Lo escuchó.

—No hablés así de mi hijo.

—¿Por qué? —preguntó Misaki tranquilamente—. ¿Porque está muerto?

Dante endureció la mandíbula.

—Misaki.

Ella no lo miró.

Sus ojos permanecían sobre la madre de Dante.

—Morir no cambia lo que hizo.

—¡Era mi hijo!

—Y Ren era el hombre que yo amaba.

Silencio.

Por primera vez, aquella frialdad pareció resquebrajarse.

No en su rostro.

En su voz.

Apenas.

—Su hijo lo asesinó.

La mujer negó con la cabeza.

—No sabés...

—Sé exactamente lo que hizo.

Misaki dio un paso hacia ella.

Dante se tensó.

Hiroshi, en cambio, permaneció inmóvil.

Él conocía aquella mirada.

—Su hijo entró en mi vida y me quitó todo.

La madre de Dante la miró con desprecio.

—Y vos le cortaste la cabeza.

La sonrisa de costado regresó a los labios de Misaki.

Oscura.

—Sí.

Dante la observó.

—Misaki...

—Y ahora que lo pienso...

Hizo una pequeña pausa.

—Fui demasiado piadosa con él.

La madre de Dante palideció.

Dante dio un paso.

—Basta.

Misaki continuó como si no lo hubiera escuchado.

—Tuvo una muerte demasiado rápida para todo lo que me quitó.

—¡Sos un monstruo!

Misaki no reaccionó.

—Si!

La mujer respiraba con dificultad.

—Mi hijo no merecía morir de esa manera.

Esta vez la sonrisa desapareció.

Los ojos de Misaki se volvieron completamente negros.

—Ren tampoco.

Silencio.

—Ren no pertenecía a nuestro mundo. No llevaba armas. No mataba personas. Era profesor.

La madre de Dante abrió la boca.

Misaki no le permitió interrumpirla.

—Su hijo sabía perfectamente a quién estaba matando.

Su mano subió casi imperceptiblemente hacia su pecho.

Hacia el lugar donde, debajo de la ropa, permanecía escondido el anillo de Ren.

—Así que no me pida que sienta pena por él.

Dante observó aquel movimiento.

Otra vez.

La cadena.

Aquello que Misaki siempre llevaba oculto bajo la ropa.

Pero no dijo nada.

Misaki volvió a mirar a su madre.

—Usted perdió un hijo y lo lamento por usted.

La mujer pareció sorprenderse.

Misaki continuó:

—Pero yo no voy a pedirle perdón por haber matado al hombre que destruyó mi vida.

—¡Vos no sabés lo que es perder un hijo!

Todo se detuvo.

Hiroshi cerró los ojos.

Dante miró a Misaki.

Y por primera vez desde que aquella conversación había comenzado, hubo algo diferente.

No duró más que un instante.

Una fracción de segundo.

Pero estuvo ahí.

Los dedos de Misaki se cerraron.

Su respiración se detuvo.

Y desapareció.

El hielo volvió a cubrirlo todo.

Hiroshi dio un paso.

—Misaki-san...

Ella levantó una mano.

No.

Dante miró a Hiroshi.

Después a Misaki.

Había algo allí.

Algo que no entendía.

Misaki sostuvo la mirada de la madre de Dante.

Cuando habló, su voz fue tan fría que resultó imposible adivinar qué acababa de suceder dentro de ella.

—Tiene razón.

Hiroshi la miró.

—No sé absolutamente nada.

Dio media vuelta.

—Nos vamos.

Y caminó hacia la salida.

Hiroshi fue detrás de ella.

Dante permaneció inmóvil.

Miró a su madre.

Después hacia la puerta por la que Misaki acababa de desaparecer.

Y una frase regresó a su cabeza.

Una que su padre había pronunciado tiempo atrás.

Misaki perdió bastante más por culpa de nuestra familia.

Por primera vez, Dante se preguntó exactamente cuánto.

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Mayelin Gimenez
Yo no creo que Misaki mate a todos los De Luca porque el atentado de los irlandeses lo cambia todo!
Mayelin Gimenez
A mí sí me gustaría que quedarán juntos! Se nota a leguas que Dante la quiere! Y Misaki no le es indiferente! Solo que el dolor y el odio por los de Luca no la dejan dejarse llevar!
Kim Nava
si será capaz Misaki de matar a todos los De Luca 🤔
Kim Nava
por eso actitud de Dante sigo diciendo que estos protagonistas no deberían quedar juntos al final no se puede ojalá y este final sea distinto y cada uno por su lado y que sea diferente a todas esas historias
Kary Monte
hasta tu hijo sabe cómo debe comportarse🙎🙎🙎
Kary Monte
🤦🤦🤦🤦 como puede ser tan animal
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
Kary Monte
al parecer ren en verdad era solo un profesor enamorado de misaky porque sino su padre le hubiera echado barro
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
Kary Monte
parece me parece 😁😁😁 que el que callo fue De Luca 😁😁😁 ahora pues
Kary Monte
por fin
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
Kim Nava
ella tiene claro lo que quiere y se entiende por qué aria lo mismo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
Kim Nava
el ya cayó ante ella
Mayelin Gimenez
El está loco por ella! Y creo que Misaki no le es indiferente! Solo que se limita por el dolor de la perdida de Ren!
Mayelin Gimenez
Ese Lucio De Luca lo mató por diversión! Con razón Misaki lo dejo sin cabeza!
Kim Nava
y esa maldita viena toda vía defiende a su maldito hijo por que su hijo no es malo 😡😡😡
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
Kary Monte
horrible 😣😣😣horrible lo que vivió Misaki
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
Kim Nava
la que llevó a hi a la madre de Dante es la perra de Carmen 😡
Kary Monte: estoy de acuerdo fue esa perra de Carmen
dante de es darte cuenta de la alimaña que está en tu casa
total 1 replies
Kim Nava
no se por que esta soportando Dante a esa despechada ya la hubiera desaparecido 😡😡😡
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
Kary Monte
dante
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
Kary Monte
/Smug/ está tensión entre Hiroshi y dante me está matando
Kim Nava
bueno su venganza de Misaki es entendible
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
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