Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
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Capítulo 1
Capítulo 1. ¿Cómo te atreviste?
Sofía acababa de entrar en casa cuando unos papeles le golpearon la cara.
Las hojas cayeron junto a sus zapatos. Ella seguía sujetando la bolsa de las compras; ni siquiera había tenido tiempo de dejarla.
—Firma. Quiero el divorcio.
Diego Ferrer la miraba con un desprecio que le heló el pecho.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—No finjas que no lo sabes. Creí que eras una mujer buena. Nunca imaginé que llegarías a esto por celos. ¡Quisiste arruinarle las manos a Valeria!
Se acercó y le sujetó la barbilla.
—¿Cómo te atreviste? Ya detuvieron a los dos hombres que mandaste a causar problemas en su concierto. Si no quieres acabar en la cárcel, firma de una vez.
Sofía abrió la boca para decir que ella no había hecho nada. Pero bastó mirar su rostro para entender que no serviría de nada.
Valeria Andrade había vuelto del extranjero tres meses atrás. Desde entonces, no era la primera vez que Sofía terminaba acusada de algo que no había hecho. Diego nunca le había creído.
—Acepto divorciarme —dijo, con la voz temblorosa—. Pero dime una cosa. En estos tres años, ¿sentiste algo por mí? Aunque fuera una sola vez.
—Nunca.
No dudó. Ni siquiera necesitó pensarlo.
La última esperanza de Sofía se apagó con aquella palabra. Durante tres años había buscado algún gesto que le permitiera creer que él también la quería. Ahora Diego estaba diciéndole que no había existido ni un instante.
El dolor le cerró la garganta. No sabía qué dolía más: oírlo o darse cuenta de cuánto había esperado para hacer la pregunta.
Sofía esperó a que añadiera algo. Una explicación, aunque fuera una frase que hiciera menos cruel aquella respuesta.
Diego solo miró los papeles del suelo.
Ella tragó saliva. Cuando intentó hablar, tuvo que tomar aire otra vez.
—Ya veo…
Bajó la mirada. Cuando volvió a levantarla, había recuperado aquella expresión serena que él conocía tan bien.
—Compré comida. Podemos cenar juntos una última vez.
Diego frunció el ceño. Iba a decir que no tenía sentido, pero vio sus ojos enrojecidos y sintió una breve punzada de compasión.
—Está bien.
En ese instante sonó su celular. Al ver quién llamaba, contestó de inmediato.
—Diego, necesito hablar contigo. ¿Me esperas en la oficina?
Sofía reconoció la voz dulce de Valeria. Diego dejó de fruncir el ceño y se volvió hacia el teléfono. Hasta su voz se suavizó.
—Claro. Voy para allá. Espérame.
Sofía bajó la vista hacia las compras. Él ya estaba buscando las llaves.
No volvió a mencionar la cena.
Cuando Diego se dispuso a salir, Sofía le sujetó la manga sin pensarlo. Él se soltó de un tirón.
—¡No empieces con tus escenas!
La puerta se cerró. Sofía se llevó una mano al pecho y dejó que las lágrimas corrieran.
Había intentado contenerlas mientras él estaba allí. A solas, ya no encontró una razón para fingir que podía soportarlo. Le dolía hasta tomar aire; se quedó junto a la puerta, con la mano apretada contra el pecho, hasta poder respirar un poco mejor.
Tres años antes, Diego la había auxiliado después de un accidente de tránsito. Desde entonces, Sofía lo consideraba su salvador. Se había convertido en la persona más importante de su mundo.
Por aquella época, la familia Ferrer lo presionaba para que se casara. Él le propuso matrimonio y Sofía aceptó sin dudar.
Vivieron juntos con una cortesía distante. Diego nunca buscó intimidad con ella, pero Sofía se conformaba con estar a su lado.
Los Ferrer seguían viéndola como la muchacha llegada de un pueblo de la sierra. Ella había dejado de discutir cada comentario. También había aprendido a guardarse las bromas, las opiniones y aquel entusiasmo que antes le salía tan fácilmente. Quería corresponder al hombre que la había salvado, y confundió quererlo con hacerse cada vez más pequeña.
Hasta que Valeria volvió.
Una notificación rompió el silencio de la sala.
Por un momento, Sofía pensó que era Diego. Sin embargo, el mensaje venía de un número desconocido. Después llegaron varias fotografías: Valeria abrazada a él, acomodada en sus brazos.
«Sofía, Diego siempre me ha amado a mí. Deja de insistir. Solo estás haciendo el ridículo».
Sofía apretó el celular. Cada respiración le dolía.
Pero ella no iba a rogarle a un hombre que no la amaba.
Recogió las hojas del suelo y las puso sobre la mesa. Buscó el espacio para su nombre.
La punta del bolígrafo quedó un instante sobre el papel. Después firmó el acuerdo de divorcio y dejó el bolígrafo encima.
Después encendió su computadora e introdujo una secuencia de comandos. En la pantalla apareció una página oculta. Inició sesión y abrió una conversación.
«Necesito todas las pruebas de lo que pasó en el concierto de Valeria Andrade».
La respuesta llegó enseguida.
«¡Entendido!».
Un segundo mensaje apareció casi de inmediato.
«¡Jefa! ¡Por fin volviste! Llevabas tres años desaparecida. ¿Esto significa que podemos aceptar encargos otra vez?».
«Sí. Pero no gasten el dinero antes de cobrarlo».
La respuesta le salió con la sequedad juguetona que sus compañeros conocían. Hacía mucho que no hablaba así.
Sofía cerró la sesión antes de que la conversación se llenara de celebraciones.
Terminó de hacer las maletas. Por último, abrió la caja fuerte y sacó con cuidado una máscara de diseño inconfundible.
La había tenido entre las manos después del accidente. Durante años, la había guardado como un recuerdo del hombre que creía que la había salvado. Para ella, era el símbolo del comienzo de su historia con Diego.
Había pensado que envejecerían juntos.
Ahora él ya no la quería a su lado.
Tres años de entrega eran suficientes. No le debía toda una vida.
Sostuvo la máscara sobre el bote de basura. Los dedos tardaron unos segundos en abrirse.
La dejó caer. Al apartarse, no volvió a mirar dentro.