Alexa solo recuerda tres cosas de aquella noche de verano: el calor sobre su piel, una voz grave susurrándole al oído y un tatuaje que nunca pudo olvidar.
Meses después, al comenzar la universidad, cree que está dejando atrás aquella noche… hasta que conoce a Clara y al hombre que la acompaña.
El padre de su nueva amiga tiene el mismo tatuaje.
Adrián es reservado, poderoso y demasiado peligroso para acercarse. También es el único que parece conocer la verdad sobre lo ocurrido aquel verano. Aunque intenta mantener las distancias, la tensión entre ambos se vuelve imposible de ignorar.
Mientras Alexa intenta reconstruir sus recuerdos, descubre que aquella noche no fue un encuentro sin consecuencias. Adrián la recuerda. La ha reconocido desde el primer momento. Y hay secretos que podrían destruir su amistad con Clara, separar a una familia y convertir el deseo en una condena.
Porque algunas historias de amor comienzan con un beso.
La de Alexa comenzó con algo que no puede recordar
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El recuerdo del verano
...Alexa...
... ...
El pincel se movía lentamente sobre el lienzo.
Alexa lo observaba sin demasiada atención.
La profesora hablaba sobre perspectiva, profundidad y composición, pero por alguna razón aquellas palabras parecían llegarle desde muy lejos.
Habían salido del aula aquella mañana porque el clima era demasiado bonito para permanecer encerrados.
El grupo estaba sentado en una zona amplia del campus, cerca de los jardines que daban hacia una pequeña costa.
No era una playa enorme.
Pero desde donde estaban podía verse el agua extendiéndose hasta el horizonte.
El sol de la mañana hacía que todo pareciera más brillante.
El cielo estaba despejado.
El viento movía suavemente los árboles.
Y varios estudiantes habían colocado sus caballetes frente al paisaje.
Alexa intentó concentrarse en su propio dibujo.
Una línea.
Otra.
Luego una sombra.
Nada terminaba de convencerla.
Levantó la mirada.
Y entonces la vio.
La playa.
El agua.
La luz sobre el mar.
Por un instante, el sonido de la clase desapareció.
Su mano quedó quieta sobre el lienzo.
Algo dentro de ella se movió.
No fue un recuerdo completo.
Solo una sensación.
...El calor de una noche de verano....
...La arena bajo sus pies....
...Música sonando a lo lejos....
...Y una voz....
...Una voz masculina....
...Grave....
...Tranquila....
...—¿Vas a seguir huyendo toda la noche?...
Alexa parpadeó.
El pincel quedó suspendido en el aire.
Frunció ligeramente el ceño.
¿Por qué había pensado en eso?
Volvió a mirar el agua.
Y otro fragmento apareció.
...Una mano rozando la suya....
...Un cuerpo demasiado cerca....
...El olor a madera y humo....
...Una risa baja....
Después…
Nada.
Alexa cerró los ojos durante un segundo.
No intentó forzar el recuerdo.
No hacía falta.
La imagen desapareció casi inmediatamente.
Pero había dejado algo.
Una pequeña sonrisa en sus labios.
No recordaba quién era.
No recordaba su nombre.
Ni siquiera podía reconstruir su rostro.
Sin embargo, recordaba perfectamente la sensación que había tenido aquella noche.
Había sido diferente.
Intensa.
Extraña.
Libre.
Alexa abrió los ojos.
—Qué raro… —murmuró.
—¿Qué cosa?
Alexa se sobresaltó.
Emma estaba a su lado, inclinándose para mirar su dibujo.
—Nada.
—Estabas sonriendo.
Alexa bajó la mirada hacia el lienzo.
—Estaba pensando en algo.
—¿En qué?
Alexa dudó.
—En un verano.
Emma sonrió.
—Eso suena misterioso.
—No lo es.
—Entonces cuéntame.
Alexa negó con la cabeza.
—No hay nada que contar.
Y era cierto.
Al menos eso pensaba.
No había nada que contar sobre un hombre cuyo rostro no recordaba.
Solo una noche.
Un recuerdo incompleto.
Un tatuaje oscuro que aparecía de vez en cuando en su memoria.
Alexa volvió a mirar el mar.
Se preguntó, sin saber exactamente por qué, qué estaría haciendo aquel hombre ahora.
Tal vez estaría trabajando.
Tal vez habría olvidado completamente aquella noche.
Tal vez para él había sido solamente eso.
Una noche.
Un momento.
Algo que no significaba nada.
La idea debería haberle resultado indiferente.
Pero no fue así.
Sonrió otra vez.
—Me pregunto qué habrá sido de ti…
Emma la miró.
—¿De quién?
Alexa giró rápidamente la cabeza.
—De nadie.
Emma entrecerró los ojos.
—Eso sonó definitivamente a alguien.
Alexa soltó una pequeña risa.
—Solo un recuerdo.
—¿Un chico?
Alexa tomó el pincel.
—Quizá.
Emma abrió los ojos.
—¡Alexa!
—¡Shh!
—¡Tienes un secreto!
—No tengo ningún secreto.
—Ahora quiero saberlo.
—No hay nada que saber.
Emma cruzó los brazos.
—Te voy a sacar la verdad.
Alexa sonrió.
—Buena suerte.
Volvió al lienzo.
Pero aquella vez, cuando comenzó a pintar el mar, ya no veía solamente el paisaje que tenía delante.
Veía otro.
Uno de hacía meses.
Una playa iluminada por la luna.
Una noche que había quedado incompleta en su memoria.
Y a un hombre cuyo nombre jamás había aprendido.
......................
......................
...Adrián...
A varios kilómetros de allí, un hombre estaba sentado detrás de un escritorio.
La ciudad se extendía al otro lado de los ventanales.
Edificios.
Autos.
Personas caminando apresuradas.
Una mañana completamente normal.
Para él.
O al menos eso debería haber sido.
Adrián dejó el bolígrafo sobre unos documentos.
—¿Algo más?
Su asistente negó con la cabeza.
—No por ahora.
—Bien.
El hombre recogió los papeles.
—Te dejo esto para mañana.
Adrián asintió.
Cuando la puerta se cerró, volvió a quedarse solo.
Se recostó en la silla.
Y durante unos segundos simplemente observó el cielo.
No sabía por qué había pensado en ella esa mañana.
Quizá había sido el calor.
Quizá el verano acercándose nuevamente.
O quizá simplemente porque algunas personas no desaparecían aunque uno dejara de buscarlas.
Adrián bajó la mirada hacia su brazo.
Después hacia su costado.
El tatuaje seguía allí.
Oscuro.
Inconfundible.
Habían pasado meses.
Y todavía recordaba aquella noche con una precisión que a veces le resultaba incómoda.
Recordaba la playa.
La música.
La forma en que ella había sonreído.
La manera desafiante en que había levantado la barbilla cuando él intentó advertirle que aquello no era buena idea.
Recordaba su voz.
Sus preguntas.
Incluso las cosas pequeñas.
Cosas que ella probablemente había olvidado.
Adrián cerró los ojos.
Había intentado convencerse de que no significaba nada.
Que había sido un momento.
Un error.
Una noche que debía permanecer en el pasado.
Y, sin embargo, había días en los que alguna canción, un olor o incluso cierta hora de la noche conseguían devolverlo todo.
Abrió los ojos.
Miró nuevamente la ciudad.
Se preguntó dónde estaría ella.
Qué estaría haciendo.
Si habría continuado con su vida.
Si alguna vez habría pensado en él.
Y entonces apareció aquella pregunta que nunca conseguía responder:
¿Lo recordaría?
Adrián soltó una respiración lenta.
Probablemente no.
Después de todo, ella ni siquiera sabía su nombre.
Él sí sabía el de ella.
Alexa.
Lo había escuchado aquella noche.
Una sola vez.
Pero había sido suficiente.
Adrián se levantó y caminó hasta el ventanal.
Su reflejo apareció sobre el vidrio.
Un hombre de treinta y nueve años.
Camisa oscura.
Mangas ligeramente arremangadas.
El tatuaje asomando cerca de sus costillas.
Una vida estable.
Responsabilidades.
Una hija.
Una historia completa que no tenía nada que ver con aquella muchacha que había conocido durante una noche de verano.
O eso se repetía.
Hasta que recordó algo.
Ella iba a comenzar la universidad.
Adrián frunció ligeramente el ceño.
No sabía por qué ese pensamiento había aparecido ahora.
Tal vez porque ella se lo había mencionado aquella noche.
Tal vez porque había escuchado alguna vez el nombre de la universidad.
Tal vez porque, en el fondo, una parte de él había esperado volver a verla.
Negó con la cabeza.
—No.
Se alejó de la ventana.
No tenía sentido.
Aquella historia había terminado.
Debía haber terminado.
Y, sin embargo, mientras volvía a su escritorio, Adrián no pudo evitar pensar en una posibilidad.
Quizá el mundo era mucho más pequeño de lo que ambos imaginaban.
......................
En el campus, Alexa terminó su dibujo.
Miró el resultado.
El mar.
La arena.
El cielo.
Había añadido una luna parcialmente cubierta por nubes.
No sabía por qué.
Simplemente le había parecido correcta.
Emma observó el lienzo desde atrás.
—Está bonito.
Alexa sonrió.
—Gracias.
—¿Seguro que no quieres contarme quién es el chico?
Alexa soltó una carcajada.
—No sé quién es.
Emma frunció el ceño.
—¿Cómo que no sabes?
Alexa miró el dibujo.
—No recuerdo su nombre.
—¿Y aun así lo recuerdas?
Alexa se quedó pensativa.
—Recuerdo algunas cosas.
—¿Como qué?
Alexa pasó la mirada por el mar pintado.
—Sus manos.
Emma sonrió.
—Eso es bastante específico.
—Y un tatuaje.
—¿Un tatuaje?
Alexa asintió.
—Es lo único que recuerdo perfectamente.
Emma abrió la boca para preguntar algo más.
Pero Alexa ya estaba guardando sus cosas.
—Vamos. Tenemos otra clase.
Se levantó.
Tomó el lienzo.
Y mientras se alejaba junto a Emma, no pudo evitar mirar una última vez hacia el mar.
Sin saber que, en otra parte de la ciudad, un hombre de treinta y nueve años acababa de pensar exactamente lo mismo.
en mi país un hombre de 39 años con una menor sería pedofilia si hubo sexo