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El Peso De Las Sombras

El Peso De Las Sombras

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Romance de oficina
Popularitas:37
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.

Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 24: EL RASTRO EN EL LIENZO

El chirrido metálico y estridente de las bisagras de la cámara de seguridad resonó en la penumbra del subterráneo de la galería como un lamento siniestro. Damián empujó la pesada puerta blindada utilizando todo el peso de su hombro, dejando al descubierto la estancia acorazada de apenas tres metros por cuatro donde Julián guardaba celosamente las piezas más valiosas y no catalogadas de la Colección Lombardía.

El aire en el interior de la cámara era helado y seco. El sistema de climatización de alta precisión mantenía la humedad constante al cuarenta por ciento para la preservación de las obras. En el centro exacto de la habitación, erguido sobre un caballete de hierro pesado, descansaba un lienzo de gran formato protegido cuidadosamente por una funda de terciopelo azul marino.

Elena se acercó despacio, con el pulso acelerado. Extendió la mano con cautela y retiró la cubierta de un solo tirón fluido.

Bajo la luz blanca y neutra de los focos halógenos del techo emergió una majestuosa pintura religiosa del siglo XVII: La Deposición de San Jerónimo. El trabajo de conservación en los pliegues de la túnica y la magistral textura del claroscuro barroco eran impecables, deslumbrantes... casi perfectos a simple vista.

Sin embargo, Elena sintió que un escalofrío gélido le recorría la columna vertebral de arriba abajo.

—Yo no restauré este cuadro —dijo ella en un susurro grave, acercando la lupa de luz ultravioleta a la esquina inferior derecha de la obra.

—La ficha de inventario digital de la galería indica con claridad que tú le aplicaste la capa de protección y barniz el mes pasado —interrumpió Damián, señalando con la linterna la etiqueta blanca con el código de barras impreso en el lateral del bastidor.

—Es una copia, Damián —afirmó Elena con absoluta firmeza, pasando la luz negra sobre la superficie del pigmento en el fondo. Bajo la radiación UV, la pintura no proyectaba la pátina oscura y opaca propia de trescientos años de envejecimiento natural; en su lugar, resplandecía con un tono verdoso intensamente fluorescente, la huella inconfundible de los barnices sintéticos desarrollados hace menos de cinco años—. Es una falsificación extraordinaria, ejecutada por alguien que conoce mis técnicas de pincelada y mis fórmulas al milímetro. Pero el pigmento azul ultramar de la túnica no es lapislázuli natural molido; es un pigmento orgánico de producción moderna.

Elena inclinó la lámpara hacia el reverso del bastidor de madera de pino. Allí, pirograbado a fuego en la esquina superior del marco, figuraba un pequeño sello de artesano: una letra "M" estilizada entrelazada con el cuerpo de una serpiente.

Damián se inclinó sobre el reverso del marco para examinar la marca y soltó un juramento ahogado en voz baja.

—Esa marca no pertenece a ningún taller de restauración registrado en la ciudad —dijo Damián con la voz cargada de una tensión tensa y helada—. Es el sello personal y secreto de Marco Barrientos, el contable principal de Julián.

—¿El contable también es un maestro falsificador? —preguntó Elena, completamente desconcertada.

—No. Marco era el encargado de marcar de forma discreta las piezas que estaban listas para el envío clandestino a través de las aduanas privadas que controlaba la familia —explicó Damián, tomándola con firmeza del brazo para guiarla fuera de la cámara acorazada—. Si este cuadro réplica está resguardado aquí, significa que el embarque de la semana pasada no estaba destinado a un coleccionista privado. Era la garantía de pago en especie para la red internacional de distribución de la que Julián intentaba escapar desesperadamente antes de que lo silenciaran.

En ese preciso instante, la luz blanca de la cámara acorazada parpadeó dos veces con torpeza y se apagó por completo, sumiendo el subterráneo de la galería en una penumbra absoluta y sofocante.

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