Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 24: EL RASTRO EN EL LIENZO
El chirrido agudo y chirriante de las bisagras metálicas de la cámara de seguridad resonó en el subterráneo de la galería como un lamento sepulcral. Damián empujó la pesada puerta blindada con el hombro, dejando al descubierto la estancia acorazada de tres metros por cuatro donde Julián custodiaba las piezas no catalogadas y más valiosas de la misteriosa Colección Lombardía.
El interior estaba gélido. El sistema de climatización automática zumbaba con monotonía, manteniendo la humedad exactamente al cuarenta por ciento para la preservación de las obras. En el centro exacto de la habitación, erguido sobre un caballete de hierro pesado, descansaba un lienzo de gran formato cubierto por una espesa funda de terciopelo azul marino que acumulaba un fino manto de penumbra.
Elena se acercó despacio, con la respiración contenida. Con gesto decidido, extendió la mano y retiró la funda de un solo tirón, revelando la obra oculta.
Bajo la luz blanca y fría de los focos halógenos emergió una majestuosa pintura religiosa del siglo XVII: La Deposición de San Jerónimo. El trabajo de conservación en los pliegues de la túnica y la impecable textura del claroscuro barroco eran deslumbrantes... una ejecución técnica casi perfecta.
Sin embargo, en lugar de admiración, Elena sintió que un escalofrío helado le recorría la columna vertebral. Su instinto de restauradora se encendió como una alarma silenciosa.
—Yo no restauré este cuadro —dijo ella en un susurro grave, acercando la lupa de luz ultravioleta a la esquina inferior derecha del lienzo.
—La ficha de inventario oficial de la galería dice lo contrario —interrumpió Damián, revisando el registro digital en su tableta y señalando la etiqueta con el código de barras impreso en el bastidor de madera—. Consta que tú misma le aplicaste la última capa de protección el mes pasado.
—Es una copia, Damián. Una falsificación —afirmó Elena con firmeza categórica, pasando la luz negra sobre el pigmento del fondo.
Bajo la radiación UV, la superficie no reflejaba la pátina opaca y cuarteada natural de trescientos años de envejecimiento orgánico; en su lugar, resplandecía con un tono verdoso intensamente fluorescente, la marca inconfundible de los barnices sintéticos desarrollados hace menos de un lustro.
—Es una réplica extraordinaria, hecha por alguien que conoce mis técnicas de pincelada al milímetro —continuó ella, analizando cada capa con minuciosidad—. Pero el pigmento azul ultramar de la túnica no proviene de lapislázuli molido; es una sustancia orgánica moderna. Reemplazaron el original.
Elena inclinó la lámpara hacia el reverso del bastidor. Allí, pirograbado con precisión sobre la esquina superior del marco de pino envejecido, figuraba un pequeño e inquietante sello de artesano: una letra "M" estilizada, entrelazada con el cuerpo de una serpiente.
Damián se inclinó sobre la madera y soltó un juramento entre dientes.
—Esa marca no pertenece a ningún taller de restauración registrado en la ciudad —dijo Damián, con la voz cargada de una tensión descubierta—. Es el sello personal de Marco Barrientos, el contable de confianza de Julián.
—¿Un contable metido a falsificador de arte? —preguntó Elena, desconcertada ante la mezcla de disciplinas.
—No. Marco jamás ha tocado un pincel —explicó Damián, tomándola firmemente del brazo para iniciar la retirada de la estancia—. Su función era marcar las piezas alteradas que estaban listas para ser enviadas a través de las aduanas privadas de la familia. Si este cuadro está aquí, significa que la transacción de la semana pasada no era para un coleccionista privado. Era la garantía de pago para la red internacional de distribución de la que Julián intentaba escapar desesperadamente antes de que lo silenciaran.
En ese preciso instante, la luz halógena de la cámara acorazada parpadeó dos veces con un zumbido seco y se apagó por completo, sumiendo el sótano subterráneo en una oscuridad absoluta y claustrofóbica.