«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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11
¡Buenos días a todos! El sol brilla, los pajaritos cantan en los jardines , las flores huelen delicioso y la vida es absolutamente hermosa... al menos para mí, porque lo que es para Luciano, el día de hoy es el mismísimo infierno en la tierra.
Miren, antes de entrar a la recámara del heredero, les platicaré en un breve y jugoso resumen qué pasó en el trayecto desde el bar de mala muerte hasta la humilde —sí, cómo no, "humilde"— mansión de los Marchesi. Pues resulta y resalta —no porque yo sea chismosa, obviamente no, yo solo soy una reportera de la realidad— que el pobre Marcelo va a necesitar mandar a tapizar por completo su Ferrari después de la monumental guacareada que le dio Luciano en el asiento del copiloto. ¡Ay, pobre de nuestro Sancho Panza de gimnasio! Hasta a él le tocó sufrir los estragos del vómito del amor.
Pero la destrucción no paró ahí. Cuando Marcelo por fin logró estacionarse como pudo en la entrada de la mansión, arrastrar a Luciano fue como cargar un saco de papas de dos metros. En el proceso de meterlo a la casa, el par de idiotas se llevaron de corbata tres figuras de mármol del jardín, destrozaron una fuente decorativa de piedra y derribaron un florero gigante de porcelana china que decoraba las escaleras principales antes de subir a la puerta. Una noche redonda, señores.
Pero regresemos al presente. Ocho de la mañana en punto.
Las cortinas de terciopelo de la enorme recámara de Luciano se abrieron de par en par con un golpe seco, dejando entrar un rayo de sol tan brillante e insultante que parecía diseñado para derretirle las neuronas al heredero.
—¡Vamos, arriba, arriba, que el día está precioso! —canturreó una voz femenina, llena de energía, elegancia y un tono de mando que haría que un batallón entero de la mafia se pusiera firme en un segundo.
Era donna Francesca Marchesi, la matriarca. Una mujer , imponente, que vestía un conjunto de seda impecable y sostenía una taza de café espresso. Detrás de ella, una de las sirvientas caminaba abriendo las ventanas para dejar salir el denso olor a alcohol destilado de Rusia.
—Mamá... por favor... ¿por qué haces tanto ruido? —gimió Luciano desde la cama, enterrando la cabeza debajo de tres almohadas para intentar salvarse de la luz del sol. La cabeza le retumbaba como si tuviera a la orquesta de Milán tocando tambores dentro del cráneo.
—¿Que por qué hago ruido? ¡Porque quiero, porque puedo y porque esta es mi CASA! —sentenció donna Francesca, acercándose a la cama y quitándole las almohadas de un solo tirón—. Vergüenza debería darte, Luciano. Mírate cómo estás. Si los demás hombres del consejo te vieran en este estado tan deplorable, seríamos el hazmerreír de toda Italia. El futuro CEO del imperio joyero, tirado como un vagabundo.
En la puerta de la habitación apareció don Vittorio Marchesi, vistiendo su bata de seda con una tranquilidad exasperante. Miró a su hijo con una ceja alzada y luego a su esposa.
—Tranquila, querida —dijo el patriarca con una sonrisa burlona de medio lado—. ¿Que no ves que tu retoño tiene una resaca del demonio? Y apenas son las ocho de la mañana. Déjalo que sufra un poco su mala cabeza.
—¡Nada de tranquila, Vittorio! —replicó Francesca, volteando a ver a su esposo con esa mirada que congelaba la sangre—. ¡Vamos, arriba, arriba, que tienes que ayudar!
—Mamá, quiero dormir... llegué hace apenas un rato. Siento que me voy a morir —protestó Luciano con la voz ronca, arrastrando las palabras y cubriéndose los ojos con el brazo. El gran lobo de la mafia reducido a un tierno cachorrito moribundo.
Donna Francesca se plantó al pie de la cama, cruzándose de brazos con una firmeza que no admitía réplicas.
—Mira, niño, cuando tengas tu propia casa y la pagues con tu propio dinero , haces lo que se te dé la gana —sentenció la matriarca con severidad—. Pero estás en mi casa, bajo mi techo, así que te paras ahora mismo, te bañas, te tomas un café y bajas a la biblioteca. Tienes que ayudarnos a seleccionar a los candidatos para Tessa.
¡Plop! ¡Toma esa, Luciano! Traicionado, apuñalado y pisoteado por tu propia madre. ¡Qué cruel es el destino! El universo tiene un sentido del humor verdaderamente retorcido. El hombre que ayer casi provoca una balacera por puros celos, ahora está obligado por la reina de la casa a revisar los currículums de los hombres que van a intentar meterse en la cama de su adorada hada.
Luciano se sentó en la cama de golpe, ignorando el dolor punzante en las sienes que casi lo hace perder el conocimiento. Sus ojos oscuros, inyectados en sangre, miraron a su madre con una mezcla de horror y pánico absoluto.
—¿Candidatos...? —repitió, con la garganta seca.
—Así es. Donato ya envió las primeras carpetas esta madrugada. Hay muchachos excelentes de las familias de Palermo, Nápoles y hasta un conde de la Toscana que está muy interesado en entroncar con ella —explicó donna Francesca, acomodándose el cabello con total naturalidad—. Necesitamos un hombre fuerte, guapo, caballeroso y que le dé a Tessa los hijos que tanto desea. Así que muévete, Luciano. Te quiero abajo en una hora.
La madre salió de la habitación con paso firme, seguida por don Vittorio, quien le dio una palmadita de lástima a su hijo en el hombro antes de cerrar la puerta.
Luciano se quedó sentado en medio del desorden de su cama, con la respiración agitada. El efecto del alcohol de anoche se había evaporado, dejando en su lugar una cruda realidad que le dolía muchísimo más que la cabeza. Las cartas estaban sobre la mesa, la subasta había comenzado, y él estaba cordialmente invitado a elegir al próximo esposo de la mujer que, según él, solo veía como una "hermana". A ver cómo sales de esta, bombón ciego.