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Estoy De Vuelta

Estoy De Vuelta

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños / Reencarnación
Popularitas:937
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

El mundo de Julián se desplomó el mismo día en que descubrió que la lealtad tiene un precio. Lo tenía todo: un imperio financiero en ascenso, la admiración de la alta sociedad y el amor de la mujer con la que planeaba pasar el resto de sus días. Pero la ambición ciega de su mejor amigo destruyó cada uno de sus logros en cuestión de meses. Traicionado, despojado de su fortuna y abandonado por su prometida.
Su final no tuvo ni un ápice de gloria. Murió solo, tirado en un callejón frío, ahogado con un mendrugo de pan duro mientras hurgaba entre los desperdicios para sobrevivir un día más. Pero la muerte no fue el final; fue la grieta que reescribió su destino.

Al abrir los ojos de golpe, el olor a basura y el dolor en la garganta desaparecieron. Frente a él, el reflejo del espejo de su antiguo pent-house le devolvió la mirada. Estaba tres años atrás, intacto. haría que cada traidor pagara el precio exacto de su ambición.

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Capítulo 11: Una Dama no Come con las Manos

A las ocho de la noche, el aire dentro del salón comedor del penthouse de la familia Loredan era sofocante, cargado de un perfume empalagoso de azucenas y el olor a mantequilla quemada. Los ventanales mostraban la silueta iluminada de la ciudad, pero dentro de la estancia, la atmósfera era tan rígida que ni siquiera el choque de la cubertería de plata lograba romper el silencio tenso.

Julián se encontraba sentado a la cabecera de la mesa, vistiendo un traje impecable pero con el nudo de la corbata ligeramente flojo. A su derecha, Isabella vestía un vestido de alta costura color rosa pálido, cortando una porción microscópica de filete con una delicadeza ensayada. Frente a ellos, la Sra. Loredan, una mujer de peinado inamovible y mirada juzgadora, supervisaba cada movimiento con la severidad de un juez de tribunal.

—El protocolo exige que las invitaciones para la recepción se envíen con al menos tres semanas de anticipación, Julián —comentó la madre de Isabella, dejando caer la servilleta de lino sobre su regazo con un chasquido suave—.

La familia Loredan no está acostumbrada a organizar un compromiso a la carrera, pero ya que insistes en acelerar la fecha, debemos cuidar los modales ante la prensa.

—Por supuesto, doña Beatriz —respondió Julián con una sonrisa helada, manteniendo la postura—. Me aseguro de que el nombre de su familia quede impecable. Como siempre.

Isabella le dedicó una mirada llena de afecto calculado, estirando la mano para tocar la pulsera de diamantes que llevaba en la muñeca.

—Mamá, por favor, no abrumes a Julián. Él solo quiere que la unión se formalice cuanto antes. ¿Verdad, mi amor?

—Exacto. Mientras más rápido firmemos los acuerdos de integración, más rápido podremos celebrar —dijo él, dando un sorbo a su copa de vino tinto sin que el líquido llegara a rozarle la garganta.

En su mente, la escena no era más que un teatro grotesco. Sabía que mientras la Sra. Loredan daba cátedra de etiqueta y comportamiento aristocrático, Marcos y el padre de Isabella coordinaban la transferencia de fondos fantasma para el banquete. La sofisticación de aquella mesa era una fachada vacía, una jaula de oro donde los modales servían para ocultar la podredumbre.

De pronto, el teléfono personal de Julián vibró sobre la mesa. No era el terminal del trabajo, sino el número privado que solo una persona en toda la ciudad poseía.

Al mirar la pantalla y ver el nombre de Jimena, la rigidez del rostro de Julián se disolvió por un segundo. Un destello involuntario de calidez iluminó sus ojos oscuros.

—Disculpen un momento. Es una llamada urgente de la junta de seguridad de la empresa —mintió con frialdad absoluta, poniéndose de pie y ajustándose el saco.

—Julián, estamos en mitad del segundo tiempo —protestó la Sra. Loredan con un ligero fruncimiento de ceño—. Un caballero no se levanta de la mesa durante una cena formal. Una dama jamás permitiría que interrumpan una velada así.

—Una suerte que yo sea el que paga la mesa, doña Beatriz —respondió Julián con una cortesía tan filosa que dejó a la mujer sin réplica—. Con permiso.

Caminó hacia el balcón, cerrando la puerta de cristal tras de sí para sofocar el murmullo de la velada. Al contestar, el ruido de los motores, las risas callejeras y el gorgoteo de una olla hirviendo al fondo lo transportaron de inmediato a otro universo.

—¿Bueno? ¿Trajeado? —sonó la voz de Jimena, un poco sofocada y con el tono rápido de quien está en medio del trabajo pesado—. Oye, perdón si te interrumpo en una de tus reuniones multimillonarias de gente estirada, pero se me rompió la pata de la banca azul y el cliente gordo que viene a las ocho se va a caer si se sienta. ¿No tendrás una cinta de aislar o algo en tu coche carísimo cuando pases?

Julián soltó una risita corta, una exhalación profunda que sacó todo el aire enrarecido de sus pulmones.

—Estoy en una cena de etiqueta, Jimena. Con cubiertos de plata y una mujer que me mira como si fuera a ejecutarme por no usar el tenedor correcto.

Un silencio corto se apoderó de la línea, seguido por una carcajada fresca y desinhibida de Jimena que resonó en el auricular.

—¿Cena de etiqueta? Ay, por favor. ¿Y de verdad te gusta esa vida de plástico? Ven para acá mejor. Hice gorditas de chicharrón prensado con salsa verde molida en molcajete. Pero apúrate, porque si no llegas en veinte minutos, me las como todas yo.

—No sé comer eso con tenedor y cuchillo, Jimena —bromeó Julián, apoyándose en el barandal de cristal y mirando las luces lejanas del centro histórico.

—¿Tenedor? ¡Qué tenedor ni qué nada! —exclamó ella con indignación divertida—. Una dama no come con las manos, o eso dicen las viejas estiradas de la tele, pero aquí el que no se mancha los dedos de grasa y salsa no comió de verdad. Trae una camisa que puedas ensuciar o no te dejo pasar de la banqueta.

Julián guardó silencio durante tres segundos. Miró a través del cristal del balcón: Isabella lo observaba con una sonrisa falsa mientras su madre le acomodaba la servilleta. La falsedad de aquel salón se le volvió insoportable.

—Llego en quince minutos, Jimena. Guárdame dos.

Colgó el teléfono y regresó al comedor. Sin sentarse, tomó su abrigo de la silla.

—¿Ocurre algo, Julián? —preguntó Isabella, borrando la sonrisa y mostrando una pizca de genuina desconcierto.

—Surgió un problema operativo grave en el centro de la ciudad —dijo él con la voz firme—. Tengo que atenderlo personalmente.

—¿A estas horas? —intervino la Sra. Loredan, indignada—. Julián, es una falta de respeto imperdonable. La cena no ha terminado.

—La cena terminó en el momento en que la comida dejó de tener sabor, doña Beatriz —respondió Julián, dedicándoles una reverencia casi imperceptible antes de dar media vuelta—. Que tengan buena noche.

Veinte minutos después, el sedán negro de Julián se detuvo a mitad de la calle empedrada del centro. Julián bajó del vehículo, se quitó el saco y la corbata, lanzándolos al asiento trasero, y se remangó las mangas de la camisa blanca hasta los codos.

Caminó hacia la lona azul de "La Sazón de Jimena". El puesto estaba iluminado por la luz cálida del foco incandescente. Jimena lo vio llegar y, sin decir una sola palabra, sonrió de lado mientras le extendía un plato de barro humeante, desbordante de chicharrón prensado y salsa verde recién hecha.

—Llegas tarde, trajeado —dijo ella, apoyando los puños en la cintura—. A ver si es cierto que no le tienes miedo a la grasa.

Julián tomó la gordita caliente entre sus manos, sintiendo el calor atravesar la masa de maíz. Miró a Jimena, luego a la comida, y sin dudarlo un segundo, dio un gran bocado. La salsa picante y el sabor profundo del chicharrón llenaron sus sentidos, provocando que cerrara los ojos con una satisfacción genuina que no había sentido en años.

Jimena soltó una carcajada limpia al ver cómo una gota de salsa verde le caía directamente en el puño de la camisa blanca de diseñador.

—Te lo dije... la ropa buena no sobrevive a mi puesto —bromeó ella, pasándole una servilleta de papel con una mirada llena de ternura.

—Que se arruine la camisa —respondió Julián, limpiándose la comisura de los labios y mirándola fijamente a los ojos con una sonrisa abierta—. Valió cada segundo.

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Maria Cristina Roldan Rodam
aparenta ser muy interesante
Isa Yguaro: Espero que sea de su agrado. Si tiene alguna sugerencia, la recibiré con gusto.
total 1 replies
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