Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.
NovelToon tiene autorización de Nancy Hurtado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La primera grieta
Capítulo 13
La primera grieta
Lucía había cometido un error. Por primera vez desde que regresé, la vi perder el control.
No había sido una gran confesión, ni siquiera había dicho quién estaba detrás de todo, pero había reaccionado ante la fotografía.
Eso era suficiente.
Esa noche revisé nuevamente la imagen.
Adrián estaba sentado a mi lado mientras ampliábamos cada detalle.
—Mira la fecha —dijo.
Señaló una esquina.
Tres días antes de que mi abuela modificara el testamento.
—¿Qué ocurrió esos tres días? —preguntó Adrián.
—No lo sé.
—¿Tu abuela tenía reuniones?
Pensé durante unos segundos.
—Probablemente.
—¿Con quién?
—Con Patricia, quizá.
Adrián negó con la cabeza.
—Mira detrás.
Volví a observar la fotografía.
La caja de madera tenía las iniciales E. G.
—Elena Green.
—Eso parece.
—¿Entonces la fotografía fue tomada en casa de mi abuela?
—Sí.
—Y alguien quería que yo la encontrara.
Adrián me miró.
—¿Crees que fue Lucía?
—No.
—¿Por qué?
—Si hubiera sido ella, no habría reaccionado con miedo.
Adrián guardó silencio.
—Entonces fue alguien que quiere que descubras la verdad.
—O alguien que quiere que crea que la estoy descubriendo.
La diferencia me hizo estremecer. Había aprendido a desconfiar de las coincidencias, sobre todo después de mi muerte.
A la mañana siguiente fui a la oficina de Patricia.
Ella levantó la mirada cuando entré.
—¿Encontraste algo?
Saqué la fotografía.
Su expresión cambió.
—¿Dónde la conseguiste?
—Alguien la dejó en mi mochila.
Patricia tomó aire.
—No debería estar en tus manos.
—Eso mismo dijo Lucía.
Patricia permaneció en silencio.
—¿Qué ocurrió cuando yo tenía ocho años?
Su rostro perdió color.
—¿Quién te habló de eso?
—Adrián.
—Entonces él te lo contó.
—Me salvó de ahogarme.
Patricia cerró los ojos durante un instante.
—Elena me pidió que jamás interfiriera en ese recuerdo.
—¿Por qué?
—Porque pensaba que algún día necesitarías recordarlo por ti misma.
—¿Y por qué cambió el testamento tres días después?
Patricia me miró.
—Porque comprendió que alguien estaba intentando acercarse a ti por tu herencia.
Mi corazón se aceleró.
—¿Rodrigo?
—No puedo asegurarlo.
—¿Lucía?
—Tampoco.
—Entonces dime qué sabes.
Patricia abrió un cajón y sacó una carpeta.
—Elena comenzó a investigar movimientos de dinero.
—¿De quién?
—De personas cercanas a tu familia.
La abrió.
Había copias de transferencias, varias cantidades y varios nombres. Uno me resultó familiar.
Rodrigo Mendoza, el padre de Rodrigo.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Mi padre le pagaba?
—Eso parece.
—¿Para qué?
—No lo sabemos.
Seguí leyendo.
Había pagos a una empresa que reconocía: la compañía que Rodrigo terminaría administrando años después.
—Esto empezó desde mucho antes...
—Sí.
—Entonces Rodrigo ya estaba involucrado.
Patricia asintió.
—Pero hay algo más.
Sacó otra hoja.
—Una cuenta recibió dinero poco antes de que Elena cambiara el testamento.
Leí el nombre.
Mariana García.
Mi respiración se detuvo.
—¿La madre de Lucía?
—La cuenta estaba a su nombre.
—¿Quién hizo el pago?
Patricia señaló la línea.
No aparecía una persona.
Aparecía una empresa.
—¿Quién es?
—Todavía no lo sabemos.
—Entonces averígualo.
Patricia me miró.
—Victoria, debes tener cuidado.
—Ya tuve cuidado durante una vida entera. —
Cerré la carpeta—. Y aun así terminé muerta.
Patricia se quedó inmóvil. Me arrepentí inmediatamente. Había hablado demasiado otra vez.
—¿Qué quisiste decir?
—Nada.
Me levanté.
—Victoria.
No respondí y salí de la oficina.
Cuando llegué al estacionamiento, alguien estaba esperándome.
Rodrigo.
—Tenemos que hablar.
—No.
—Es importante.
—Todo lo que viene de ti dejó de importarme.
Se acercó.
—No sabes quién está detrás de esto.
—Entonces dímelo.
Rodrigo miró alrededor antes de bajar la voz.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si hablo, me destruyen.
Lo observé.
Por primera vez no parecía arrogante. Parecía asustado.
—¿Quién?
Rodrigo negó con la cabeza.
—No puedo decirte el nombre.
—Entonces dime algo.
Tragó saliva.
—Tu abuela sabía que esto iba a pasar.
Mi corazón se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque alguien me pagó para vigilarte.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Quién?
Rodrigo retrocedió.
—No puedo.
—¡Rodrigo!
Pero ya se alejaba. Me quedé sola en el estacionamiento.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje desconocido.
"Ahora sabes que Rodrigo no era el único".
Debajo apareció una segunda línea.
"Pregunta quién recibió el último pago de Elena".
Miré hacia la oficina de Patricia. La respuesta podía estar allí, pero algo me decía que, cuando descubriera el nombre, ya no podría volver atrás.
No llegué a casa inmediatamente. Me senté dentro del automóvil y volví a leer el mensaje.
"Pregunta quién recibió el último pago de Elena".
El nombre de mi abuela me provocó una sensación extraña. Ella siempre había parecido tener respuestas para todo.
Ahora comenzaba a sospechar que había dejado preguntas a propósito.
Tomé una fotografía de la pantalla y se la envié a Adrián.
Su respuesta llegó casi al instante.
"No investigues sola".
Sonreí.
"Demasiado tarde".
"Victoria".
"Estoy bien".
"Eso no significa que estés a salvo".
Tenía razón.
Guardé el teléfono y arranqué.
No sabía quién había enviado el mensaje, y tampoco sabía si estaba ayudándome o guiándome hacia una trampa, pero sí sabía una cosa.
Las personas que habían controlado mi vida estaban empezando a cometer errores.
Lucía había reaccionado.
Rodrigo había hablado.
Y alguien desconocido estaba intentando dirigir mis pasos. Eso significaba que mi regreso había alterado algo.
Mi primera vida había seguido un camino.
Esta vez, el camino estaba rompiéndose y yo pensaba decidir hacia dónde conducirlo.