Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 3:Descubrir La Verdad
Tras firmar los fríos documentos de ingreso y reconocimiento en la administración de Urgencias, Renata sentía que caminaba sobre un abismo. El médico les había permitido unos minutos para asimilar la noticia antes de iniciar los trámites del traslado. Con el corazón hecho pedazos y la vista nublada por las lágrimas, caminó sin rumbo fijo por el pasillo, buscando un poco de aire.
De pronto, unos llantos desesperados interrumpieron el silencio del área de espera contigua. Eran sollozos desgarradores, de esos que nacen del alma golpeada por la muerte. Renata apretó el paso, pero se congeló en el acto cuando escuchó con claridad cómo el nombre de su esposo salía repetidamente de entre los lamentos de aquella familia desconocida.
—¡Fernando no! ¡Dios mío, por qué Fernando! —gritaba una mujer mayor entre lágrimas, abrazada a otra más joven que lloraba desconsolada sobre su hombro.
A Renata se le detuvo el corazón. La confusión la embargó de golpe. ¿Por qué esa gente desconocida lloraba a su esposo con semejante desesperación?
Caminó a pasos lentos pero firmes hacia ellos, sintiendo que las piernas le pesaban como plomo. Se detuvo a un metro del grupo de familiares y, con la voz temblorosa, preguntó:
—¿Quiénes son ustedes?
La mujer mayor se secó las lágrimas con un pañuelo arrugado, la miró de arriba abajo con desconcierto y frunció el ceño.
—¿Por qué nos pregunta eso? ¿Quién es usted?
—Soy la esposa de Fernando Lavallée... y ustedes están llorando a mi esposo.
Todos los presentes en esa pequeña sala de espera quedaron atónitos. El silencio sepulcral que siguió fue helado. Los familiares se miraron entre sí con rostros desencajados, incapaces de procesar lo que acababan de escuchar.
—Eso es imposible —dijo de golpe una mujer joven que estaba al lado de la anciana, dando un paso al frente con el rostro lleno de indignación y dolor—. Mi hermana era la esposa de Fernando. Tienen año y medio de casados y hasta tienen una hija juntos. Usted está equivocada.
Las palabras cayeron como una bomba sobre Renata. El pasillo entero pareció dar vueltas a su alrededor. Sintió que la sangre se le escabullía del rostro, el aire se le agotó en los pulmones y la luz del techo se volvió un borrón blanco. El dolor por la muerte de Fernando se transformó de golpe en un impacto de traición tan desgarrador que sus rodillas se doblaron por completo.
Estaba a punto de desplomarse contra el suelo frío del hospital cuando Mateo, que venía caminando rápidamente detrás de ella, logró reaccionar a tiempo y la sostuvo con fuerza por la cintura antes de que cayera al piso.
—¡Mamá! ¡Mamá, reacciona! —gritó Mateo asustado, sosteniendo el cuerpo casi inconsciente de su madre mientras miraba a la otra familia con rabia y confusión.
Renata abrió los ojos muy despacio. La luz blanca del techo le encandiló la vista por un segundo y el penetrante olor a desinfectante le confirmó que aún no había salido del hospital. Se encontraba recostada sobre una camilla en una pequeña sala de observación. A su lado, sentado en una silla de plástico con el rostro pálido y la mirada desorbitada, estaba Mateo.
Un médico de guardia se acercó a la cama, le tomó el pulso en la muñeca y le sonrió con amabilidad.
—Ya despertó, señora Lavallée. Tranquila. Tuvo una baja de tensión muy fuerte por el impacto emocional de la noticia, pero sus signos ya se están estabilizando. Estará bien, solo necesita descansar un momento antes de ponerse de pie.
—Gracias, doctor —alcanzó a murmurar Renata con la voz débil y la garganta seca.
El médico asintió y se alejó por el pasillo. En ese instante, la puerta de la habitación se abrió suavemente y apareció una mujer con el rostro desencajado y los ojos rojos por el llanto. Era Valentina, una de las compañeras de trabajo más cercanas a Fernando en la empresa y amiga personal de él de hacía muchos años.
—¿Renata? ¿Cómo estás? —preguntó Valentina con la voz entrecortada, dando un par de pasos cautelosos hacia la camilla.
Renata la miró con desesperación, sintiendo que el pecho se le oprimía de nuevo.
—No lo sé... no entiendo nada, Valentina... nada. ¿Tú puedes decirme qué pasa?
La mujer se quedó callada, bajando la mirada al suelo sin saber dónde meter las manos, claramente abrumada por la culpa.
—Por favor... —intervino Mateo desde la silla, con la voz cargada de impotencia y rabia retenida—. Mi mamá y yo necesitamos saber qué está sucediendo.
Valentina suspiró profundamente, miró a Mateo con compasión y luego volvió los ojos hacia Renata.
—Está bien... pero creo que es mejor que tu mamá y yo hablemos a solas.
Mateo apretó los puños y miró a su madre. Renata le sostuvo la mirada y le hizo un leve gesto con la cabeza.
—Mateo, por favor, sal un momento, hijo.
El joven se levantó de la silla y, sin mucho ánimo, arrastrando los pies con impotencia, salió de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas.
Apenas se quedaron solas, el silencio en la sala se volvió sofocante. Renata se incorporó un poco en la cama, mirando fijamente a la mujer.
—Ahora sí, Valentina... dime qué está pasando.
Valentina se acercó a la orilla de la cama y rompió a llorar, cubriéndose la cara con las manos.
—Perdóname, Renata... perdóname por no habértelo dicho antes, pero Fernando era mi amigo y me juró que resolvería esto sin destruirte —comenzó Valentina entre sollozos—. Lo que te dijeron en el pasillo es verdad. Esa mujer se llamaba Susana. Fernando la conoció hace tres años y mantuvieron un romance en secreto.
Renata sintió que una ola de hielo la recorría entera.
—¿Tres años? —susurró Renata con la vista perdida—. ¿Tres años engañándome?
—Sí, Renata... pero no solo eso —continuó Valentina, limpiándose las lágrimas—. Llevaban año y medio viviendo juntos en un apartamento que él alquiló. Fernando montó todo un circo: le hizo creer a Susana y a toda su familia que él estaba divorciado de ti y hasta se casó falsamente con ella para guardar las apariencias. Tienen una niña de año y medio juntos. Por eso su familia estaba llorándolo afuera, creyendo que él era el esposo legítimo de Susana.
Renata cerró los ojos, sintiendo un vacío abismal en el pecho. La doble vida de Fernando era más fría y calculada de lo que jamás imaginó.
—Pero la situación es todavía peor, Renata —agregó Valentina con la voz temblorosa—. Hace un par de semanas, Fernando estuvo desesperado buscando dinero. Me enteré porque me pidió asesoría con unas firmas... Renata, Fernando hipotecó la casa, entregó las escrituras al banco y sacó un préstamo gigantesco poniendo como garantía la propiedad y el carro de ustedes. Todo ese dinero se lo entregó a Susana para comprarle la casa donde vivían y asegurar el futuro de la niña.
—¿Qué? —exclamó Renata, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.
—Te dejó en la ruina, Renata —soltó Valentina con amargura—. Las cuotas del banco empiezan a correr de inmediato y son astronómicas. Si no las pagas, el banco les va a quitar la casa a ti y a tus hijos. Tienes que revisar los papeles de Fernando cuanto antes y prepararte, porque te dejó con las manos vacías. Perdóname, yo sé que debí decirte, pero él me juraba que ya estaba resolviendo todo.
Renata sentía que no podía respirar.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.