Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
NovelToon tiene autorización de felina black para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24 — El primer paso
La mañana amaneció fría en Ravenshire, con una fina capa de neblina cubriendo los tejados y las calles empedradas. El movimiento en la pequeña ciudad empezaba despacio, pero, para Kang Min-Jae, aquel iba a ser uno de los días más importantes de su vida.
Estaba frente al espejo de la posada, acomodándose el cuello de la camisa por tercera vez.
—¿Vas a comprar flores o a presentarte ante un tribunal? —preguntó Ji-Ho, sentado en la orilla de la cama, con una sonrisa burlona.
Min-Jae le lanzó una mirada seria a través del reflejo.
—Solo trato de verme presentable.
—Ya te ves presentable. El problema es que actúas como si fueras a olvidar cómo hablar apenas él te mire.
—Quizá lo olvide.
Ji-Ho soltó una carcajada.
El capitán suspiró y tomó el abrigo oscuro que había dejado sobre la silla.
—No estás ayudando.
—¡Estoy ayudando muchísimo! Imagínate que no estuviera yo aquí para recordarte que el gran capitán Kang Min-Jae puede enfrentar operaciones militares, pero se pone nervioso por un omega que vende flores.
—Ji-Ho.
—Está bien, está bien. Ya paré.
La sonrisa del beta, sin embargo, no desapareció.
Min-Jae guardó en el bolsillo interior del abrigo una de las cartas de Ethan. No pensaba entregarla en ese momento. Todavía no sabía cómo explicaría que había recibido todas aquellas palabras, que las guardaba con cuidado y que, durante meses, había llegado a esperar cada nueva carta como quien espera una noticia capaz de cambiarle la vida.
Pero tenía que empezar por algún lado.
Y ese lugar sería la florería.
Cuando Min-Jae llegó a Ashford Flores y Jardines, la campanita sobre la puerta sonó suavemente al entrar.
El ambiente olía a rosas, lirios y flores silvestres. Pequeñas macetas ocupaban los estantes, mientras ramos cuidadosamente armados adornaban el mostrador.
Detrás de él se alzó una voz femenina:
—¡Buenos días! Bienvenido.
Era Clara.
La joven reconoció al hombre que había estado ahí unos días antes. Sus ojos mostraron una curiosidad discreta, pero mantuvo la sonrisa profesional.
—¿Puedo ayudarlo?
Min-Jae hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Buenos días. Quisiera comprar un ramo, por favor.
—¡Claro! ¿Es para alguna ocasión especial?
Dudó un instante.
Para alguien que todavía no sabe que existo.
—Para alguien importante —respondió, eligiendo las palabras con cuidado.
Clara levantó las cejas, interesada.
—Ah, entiendo. Entonces tenemos que elegir algo especial.
Lo llevó hasta una mesa donde había rosas de varios colores.
Min-Jae miró las flores sin prestarles realmente atención. Sus pensamientos estaban fijos en la puerta trasera, de donde venía el ruido de cajas que se movían.
Entonces oyó una voz.
—Clara, ¿dónde pusiste el listón azul? ¡El pedido tiene que salir antes del mediodía!
El corazón del capitán dio un salto.
Ethan.
Habría reconocido esa voz en cualquier parte, aunque nunca la hubiera escuchado en persona hasta ese instante. Durante meses se había imaginado cómo sería oír hablar al omega, cómo sería su expresión al contar una historia o cómo sonaría su risa cuando fuera de verdad feliz.
Ahora Ethan estaba a pocos metros de distancia.
—¡Está en el segundo cajón! —respondió Clara—. ¡Y, por favor, no intentes cargar todas las cajas tú solo otra vez!
—Yo no cargo todas solo.
—¡Ethan, ayer casi tiras una pila entera de macetas!
—¡Casi no cuenta!
Min-Jae no pudo evitar una pequeña sonrisa.
La conversación era simple, cotidiana, pero había algo profundamente emocionante en presenciar ese lado de la vida de Ethan. Hasta entonces, conocía sus miedos, sus esperanzas y sus opiniones por medio de las cartas. Ahora empezaba a descubrir al hombre que existía entre esas líneas.
Clara notó la sonrisa.
—¿Conoce a Ethan?
Min-Jae se quedó inmóvil una fracción de segundo.
—No personalmente.
—Pues lo va a conocer. Es nuestro florista principal y también la persona más terca de esta ciudad.
—¡Clara! —protestó la voz desde el otro lado.
—¡Estoy diciendo la verdad!
Se acercaron unos pasos.
Min-Jae enderezó la postura.
Ethan apareció cargando una pequeña caja de cartón. Llevaba un suéter claro bajo un delantal verde oscuro, y unos mechones castaños le caían sobre la frente. Había una pequeña mancha de tierra en una de las mangas.
Dejó la caja sobre el mostrador y se volvió hacia el cliente.
—Disculpe la demora. Estábamos terminando un pedido. ¿Puedo ayudarlo en algo?
Los ojos de Min-Jae se encontraron con los suyos.
Azules.
Ninguna carta podía hacerle justicia a ese color. Ethan tenía ojos claros que parecían cambiar según la luz, y Min-Jae sintió, por un instante, que todas las palabras que había preparado se habían borrado de su mente.
Era extraño. Había hablado ante oficiales superiores, comandado equipos y enfrentado situaciones que exigían decisiones inmediatas.
Pero Ethan Ashford le sonreía, esperando una respuesta, y el capitán no lograba ordenar un solo pensamiento.
—¿Señor? —preguntó Ethan, ladeando un poco la cabeza.
Min-Jae parpadeó.
—Perdone. Estaba pensando en el ramo.
Clara volteó la cara para esconder una sonrisa.
Ethan no pareció sospechar nada.
—Bien. ¿Es para alguien que prefiere flores delicadas o algo más llamativo?
El capitán miró las rosas.
—¿Qué me recomendaría?
Ethan se acercó a la mesa y examinó las opciones con la atención de quien de verdad ama su trabajo.
—Depende del mensaje que quiera transmitir. Las rosas rojas suelen representar pasión, pero no todo el mundo se siente cómodo recibiendo algo tan directo. Las rosas blancas pueden transmitir respeto y sinceridad. Y las amarillas son alegres, aunque algunas personas las asocian con la amistad.
—¿Y si quisiera transmitir que alguien es importante para mí, pero sin asustarlo?
La pregunta se le escapó antes de que Min-Jae pudiera pensarlo mejor.
Ethan levantó la vista.
Por un momento, la sonrisa profesional de su rostro se transformó en una expresión más curiosa.
—En ese caso, yo elegiría flores que demuestren cariño sin exigir una respuesta inmediata.
Min-Jae sintió que esas palabras tocaban un lugar delicado dentro de él.
Cariño sin exigir una respuesta.
Quizá Ethan estaba describiendo justo lo que él necesitaba.
—¿Qué flores serían esas? —preguntó.
Ethan escogió algunas flores blancas, pequeñas rosas de tono rosado y ramitas delicadas de follaje.
—Estas. Quedan bonitas juntas, pero ninguna trata de llamar más la atención que las otras. A veces, un mensaje sincero no necesita ser exagerado.
Min-Jae observó las manos del omega acomodando el ramo.
—Usted entiende bastante de sentimientos.
Ethan soltó una risa discreta.
—Entiendo de flores. De sentimientos todavía estoy aprendiendo.
La respuesta le provocó una punzada de ternura al capitán.
Si Ethan supiera cuántos sentimientos había despertado en alguien a quien creía imaginario, tal vez no hablaría con tanta tranquilidad.
—¿Cómo debo agradecerle la recomendación? —preguntó Min-Jae.
—Pagando el ramo ya sería un excelente comienzo.
Esta vez, Min-Jae se rio de verdad.
El sonido pareció sorprender a Ethan, que abrió una sonrisa más espontánea.
Y fue en ese instante cuando el capitán se dio cuenta de que quería oír esa risa muchas veces más.
Mientras Ethan preparaba el ramo, Clara volvió a la trastienda, alegando que tenía que revisar el pedido del mediodía.
Min-Jae se quedó a solas con el omega.
El silencio entre ellos no era exactamente incómodo, pero el capitán sabía que debía decir algo antes de que se le acabara el valor.
—¿Siempre ha trabajado en esta florería?
—Desde que era adolescente. Mi familia tiene algunas tradiciones bastante antiguas, y mi tío cree que debería dedicar más tiempo a otros asuntos.
—¿Qué tipo de asuntos?
Ethan suspiró mientras ataba un listón alrededor del papel que envolvía las flores.
—El matrimonio, sobre todo.
Min-Jae sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿El matrimonio?
—Mi tío piensa que ya es hora de que encuentre un alfa adecuado y forme una familia. Para él, eso resolvería prácticamente todos mis problemas.
—¿Y para usted?
Ethan guardó silencio unos segundos.
—Para mí, sería un problema enorme casarme solo para complacer a otra persona.
Min-Jae bajó la vista hacia el mostrador.
Esas palabras no eran ninguna novedad. Ethan ya había escrito sobre la presión de su tío, sobre los pretendientes que aparecían y sobre la sensación de estar perdiendo el derecho de elegir su propio futuro.
Leerlo era una cosa.
Oír a Ethan hablar con tanta sinceridad era otra.
—¿Cree que algún día encontrará a alguien con quien de verdad quiera estar? —preguntó el capitán.
Ethan dejó de acomodar el listón.
Una expresión distinta apareció en su rostro. Había un poco de vergüenza, mezclada con una esperanza que intentaba esconder.
—Tal vez.
—Parece una respuesta incierta.
—Porque es una situación complicada.
Ethan soltó una risa breve, mirando las flores.
—Hay alguien con quien me gusta conversar. Alguien que me escucha sin juzgarme, que no exige que sea diferente de lo que soy y que parece entender cosas de mí que nunca he logrado explicarle a nadie más.
Min-Jae casi olvidó respirar.
—¿Esa persona vive aquí?
Ethan apretó con delicadeza la punta del listón entre los dedos.
—No sé.
—¿Cómo que no sabe?
El omega levantó los ojos, y su sonrisa se volvió tímida.
—Es una historia un poco absurda. Probablemente se reirá de mí.
—No me reiré.
La respuesta salió demasiado rápido.
Ethan pareció sorprendido por la firmeza de aquella promesa.
Durante unos segundos observó al desconocido que tenía enfrente, tal vez tratando de decidir si podía confiar en él. Luego negó con la cabeza, como si hubiera cambiado de idea.
—Olvídelo. Usted vino a comprar flores, no a oír mis historias raras.
—Me gustaría oírlas.
Ethan se quedó inmóvil.
Había algo en la voz de aquel hombre —una sinceridad difícil de explicar— que le dio ganas de seguir hablando. Aun así, no sabía por qué. El desconocido era educado, tenía un leve acento extranjero y lo miraba como si cada palabra mereciera atención.
Era una mirada distinta de las que estaba acostumbrado a recibir.
No había evaluación, insistencia ni esa expectativa incómoda que tantos alfas parecían cargar.
Solo había interés.
—Quizá en otra ocasión —respondió Ethan, entregándole el ramo—. Primero terminemos su compra.
Min-Jae aceptó las flores con cuidado.
—Claro.
Pagó, pero no se alejó de inmediato.
—¿Puedo preguntarle su nombre?
Ethan parpadeó, sorprendido.
—Ethan. Ethan Ashford.
Min-Jae conocía ese nombre tan bien que habría podido reconocerlo aunque estuviera escrito a toda prisa en un pedazo de papel.
Aun así, oírlo directamente de los labios del omega fue una experiencia completamente distinta.
—Ethan Ashford —repitió, con suavidad.
—¿Y el suyo?
La pregunta que Min-Jae más temía por fin llegó.
Podía mentir. Podía usar otro nombre, inventar una identidad temporal o aplazar la verdad hasta encontrar una mejor oportunidad.
Pero Ethan merecía algo más que una mentira.
—Kang Min-Jae.
El silencio que siguió duró solo unos segundos.
Ethan ladeó un poco la cabeza, tratando de pronunciar bien el nombre.
—¿Kang Min-Jae?
—Así es.
—Es un nombre bonito.
Al capitán se le encogió el corazón.
Si Ethan supiera cuántas veces había aparecido ese nombre en sus propias cartas, quizá no lo encontraría tan simple.
—Gracias —respondió.
Ethan sonrió.
—¿Está visitando Ravenshire?
—Sí. Vine con un equipo militar de Corea del Sur para una misión de cooperación internacional.
—¡Ah, entonces es uno de los militares extranjeros que llegaron a la ciudad!
—Lo soy.
Ethan pareció recordar algo.
—Ahora entiendo por qué su acento me pareció distinto. Hemos tenido varias entregas para los alojamientos del equipo estos últimos días.
Min-Jae asintió, tratando de no mostrar cuánto lo emocionaba esa coincidencia.
—Imagino que haya sido bastante trabajo.
—¡Sí! Pero no puedo quejarme. Me gusta mantener las manos ocupadas.
—¿Y la cabeza también?
Ethan lo miró.
La pregunta era simple, pero había algo en ella que parecía haber tocado un pensamiento escondido.
—Sobre todo la cabeza —respondió, tras una pequeña pausa.
Min-Jae quiso decirle que lo entendía. Quiso contarle que él también pasaba noches pensando en palabras que nunca tuvo el valor de escribir como respuesta, imaginando cómo sería el día en que por fin pudiera conversar con el autor de las cartas sin la distancia del papel.
Pero no era el momento.
Todavía no.
—Espero que su misión salga bien, capitán Kang —dijo Ethan.
Min-Jae levantó los ojos.
—¿Sabe que soy capitán?
Ethan señaló con discreción el uniforme que llevaba bajo el abrigo.
—Por la insignia. Además, Clara comentó que algunos oficiales visitaron la tienda hace unos días.
El capitán soltó una risa baja.
—Claro. Debí haberlo imaginado.
Ethan volvió a sonreír.
—Fue un placer conocerlo.
Min-Jae apretó el ramo con cuidado, consciente de que debía irse antes de que la emoción lo llevara a revelar más de lo que pretendía.
—El placer fue mío, Ethan.
Caminó hasta la puerta.
La campanita sonó cuando salió, y el aire frío de Ravenshire le golpeó el rostro.
Durante unos instantes se quedó parado en la acera, sosteniendo las flores que Ethan había elegido para él.
Lo había logrado.
Había hablado con el hombre que, durante meses, había existido para él a través de páginas y sobres. Había descubierto el sonido de su voz, la manera en que sonreía y el modo en que fruncía un poco el ceño cuando pensaba en algo.
Pero también había descubierto que la verdad sería más difícil de contar de lo que imaginaba.
Porque ahora Ethan no era solo alguien de quien se había enamorado por carta.
Era una persona real, con una vida propia, temores y sentimientos que merecían ser tratados con cuidado.
Y Min-Jae no quería que la revelación destruyera la confianza que empezaba a nacer entre ellos.
Dentro de la florería, Ethan siguió con la mirada al desconocido por el vitrina hasta que desapareció en la esquina.
Luego volvió despacio al mostrador.
Clara salió de la trastienda casi de inmediato.
—¿Y?
Ethan la miró.
—¿Y qué?
—El capitán extranjero compró flores, te preguntó el nombre y estuvo conversando contigo varios minutos. No me digas que no te diste cuenta de nada.
—Fue educado.
—Ah, claro. Extremadamente educado. Tan educado que casi se le olvida respirar cuando apareciste.
Ethan frunció el ceño.
—Te estás inventando cosas.
—Quizá. Pero te miraba como si hubiera cruzado medio mundo para comprar ese ramo.
El corazón de Ethan dio un pequeño latido fuera de ritmo.
Intentó ignorar el comentario, recogiendo las tijeras y ordenando los pedazos de listón sobre el mostrador.
—Es solo un cliente.
—Un cliente llamado Kang Min-Jae —canturreó Clara—. No olvides el nombre.
Ethan se detuvo.
Por alguna razón, el nombre se quedó resonando en su mente.
Kang Min-Jae.
Había oído muchos nombres de militares desde la llegada del equipo extranjero, pero aquel parecía haberse alojado en algún rincón de sus pensamientos.
Quizá fuera solo curiosidad.
Quizá porque el capitán lo había escuchado con una atención poco común.
O quizá porque, durante unos minutos, Ethan había sentido que podía hablar con aquel hombre sin tener que esconder las partes más complicadas de sí mismo.
—¿Clara?
—¿Sí?
—¿Crees que es posible conocer a alguien y sentir que esa persona no es exactamente un extraño?
La expresión bromista de Clara se suavizó.
—Creo que sí. A veces una conversación logra eso. Pero conocer a alguien de verdad lleva tiempo.
Ethan asintió despacio.
—Sí. Supongo que sí.
Aun así, mientras volvía al trabajo, no logró apartar del todo el recuerdo de la mirada de Min-Jae.
Esa noche, el capitán regresó a la posada con el ramo cuidadosamente apoyado sobre la mesa del cuarto.
Ji-Ho estaba sentado junto a la ventana, terminando una conversación por el celular. En cuanto notó la llegada de su amigo, apagó la pantalla y miró las flores.
—Volviste con un ramo. ¿Eso significa que la misión fue un éxito?
Min-Jae se quitó el abrigo.
—Hablé con él.
Ji-Ho se puso de pie de inmediato.
—¿Hablaste con Ethan?
—Sí.
—¿Y?
Min-Jae soltó el aire, como si apenas entonces dejara salir toda la tensión acumulada.
—Es todavía más amable en persona.
La sonrisa de Ji-Ho se fue apagando y dio paso a una expresión más seria.
—¿Le contaste la verdad?
Min-Jae negó con la cabeza.
—No. Todavía no. Pero sabe mi nombre y sabe que estoy aquí, en Ravenshire.
—Es un comienzo.
—Me contó que hay alguien con quien le gusta conversar. Alguien que lo escucha y no lo juzga.
Ji-Ho tardó un instante en comprender.
Entonces abrió los ojos como platos.
—¿Hablas de las cartas?
—Sí.
—Min-Jae... hablaba de ti.
El capitán miró a su amigo.
—Lo sé.
Decirlo en voz alta lo hizo todo más real.
Ethan empezaba a enamorarse de alguien a quien creía inexistente. Y ese alguien estaba ahora a pocos kilómetros de distancia, sin saber cómo revelar su identidad sin dañar la confianza que Ethan había depositado en las cartas.
Min-Jae abrió el cajón de la mesa y sacó el fajo de correspondencia cuidadosamente guardada.
Pasó los dedos sobre el sobre más reciente.
—Tengo que escribirle.
Ji-Ho ladeó la cabeza.
—¿Vas a responder una de las cartas?
—No. Voy a escribir una carta nueva.
—¿Y qué le vas a decir?
Min-Jae tomó una hoja limpia.
Durante unos segundos se quedó mirando el papel vacío. Luego comenzó a escribir.
Querido Ethan,
Hoy oí tu voz por primera vez.
No sabes quién soy en realidad, y todavía no tengo el valor de contártelo todo. Pero quiero que sepas que, cuando hablas del miedo a perder la libertad y del deseo de ser amado sin tener que convertirte en otra persona, tus palabras llegan a alguien que te comprende.
Conocerte en persona dejó algo aún más claro para mí: no quiero ser una persona más que intenta decidir tu futuro.
Quiero tener la oportunidad de conocerte, si algún día me lo permites.
Min-Jae se detuvo.
La punta de la pluma quedó suspendida sobre el papel.
Releyó las líneas, sintiendo que, por primera vez, lograba escribir algo que no escondía por completo sus sentimientos.
Pero todavía faltaba lo más importante.
La verdad.
Dobló la hoja con cuidado, pero no la metió en un sobre. No la enviaría así. No quería seguir escondiéndose detrás de palabras anónimas mientras Ethan creía que le escribía a una persona imaginaria.
La carta se quedaría guardada hasta que encontrara el valor de entregarla en persona.
Afuera, las luces de Ravenshire brillaban a través de la neblina.
Y, en esa misma ciudad, Ethan Ashford preparaba una hoja nueva para escribirle al hombre que creía inexistente.
Sin saber que esa mañana había hablado con él.
Sin saber que había oído su voz.
Y sin imaginar que el capitán Kang Min-Jae estaba más cerca que nunca de convertir sus cartas en una historia real.