Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 21
REFUGIO EN LA OSCURIDAD, NOMBRE EN LA SOMBRA
Caminaron durante horas bajo la noche espesa, sin encender luces, sin hablar más que lo imprescindible. Leonardo guiaba el paso, firme y silencioso, con la mano de Katherine apretada entre las suyas. El testamento, envuelto en su propia chaqueta, descansaba oculto contra su pecho, como un corazón secreto que latía con la verdad.
—¿A cuánto falta? —preguntó ella, con la voz ronca por el cansancio y el humo.
—Poco más —respondió él, bajando la cabeza contra el viento frío—. Es una cabaña que mi padre construyó cuando era joven. Nadie la conoce. Nadie la busca.
Cuando por fin llegaron, la cabaña apareció entre los pinos: pequeña, de troncos oscuros, con el techo inclinado y una chimenea de piedra. Estaba intacta, olvidada, protegida por la maleza. Leonardo abrió la puerta con otra llave que llevaba colgada al cuello, y el interior olía a madera seca, a cera y a tiempo detenido.
—Aquí estaremos a salvo —dijo, encendiendo una lámpara—. Por ahora.
Se sentaron frente a frente junto a la chimenea. Leonardo sacó el sobre de cuero, lo extendió entre ambos y lo abrió con cuidado. Leyeron despacio, línea por línea, sin saltar nada. Las palabras confirmaban lo que ya sospechaban: su padre sabía que algo andaba mal. Había redactado el testamento final meses antes de morir, dejando claro que su fortuna y el control del Grupo Herrera pertenecían por entero a Leonardo. Pero lo que los heló fue el párrafo final, subrayado tres veces:
“Cuidado con Javier Moncada. Lo consideré mi hermano. Confió en él más que en nadie. Y él planeó todo para quedarse con mi lugar. No lo dejes acercarse. No le creas. Su ambición no conoce límites”.
Katherine contuvo el aliento.
—¿Javier Moncada? —repitió, sintiendo cómo el nombre le despertaba un recuerdo lejano—. Ese… es el socio de mi padre. El hombre que ha estado a su lado desde que yo era niña.
Leonardo apretó los dientes, la mandíbula rígida como piedra.
—El mismo. Mi padre y él fundaron el Grupo juntos. Crecieron juntos. Y él lo traicionó todo.
—Entonces… —el corazón le dio un vuelco—. Él sabe quién eres. Sabe que estoy contigo.
—Y sabe que sabemos —completó Leonardo, tomándola de las manos—. Por eso envió al abogado. Por eso lo silenció antes de que hablara. Ahora no se detendrá ante nada.
El silencio cayó sobre la habitación, pesado y frío. Katherine recordó las sonrisas de Javier en las cenas familiares, los regalos, los consejos… todo era una máscara. Había estado allí, cerca, observando, esperando el momento justo.
—Mi padre… ¿sabe algo? —susurró ella, sintiendo miedo por primera vez—. ¿Está involucrado?
Leonardo la miró con ternura, apretándole las manos.
—No lo creo. Tu padre es honesto, pero confía demasiado. Javier ha manipulado a todos a su alrededor. Incluso a ti. Incluso a mí.
Se levantó, encendió fuego en la chimenea, y las llamas iluminaron su rostro serio, decidido.
—Mañana nos pondremos en contacto con personas de confianza —dijo—. Presentaremos el testamento. Revelaremos todo. Pero esta noche… descansa. Nadie sabe que estamos aquí.
Sin embargo, el descanso fue esquivo. La cabaña era pequeña, y la única cama estaba junto a la pared. Se acostaron juntos, vestidos, abrazados, buscando calor y seguridad en el contacto del otro. Katherine recostó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón latir lento y fuerte.
—Tengo miedo —admitió en un susurro—. De que le hagan daño a mi padre. De que Javier nos encuentre. De que todo se rompa antes de arreglarse.
Leonardo la abrazó con más fuerza, besando su frente.
—No te dejaré caer. Lo prometo. Incluso si tengo que enfrentarme a él solo.
—No estarás solo —lo corrigió ella, levantando la vista para encontrarse con sus ojos—. Ya no.
La mirada de él cambió entonces. La ternura se mezcló con algo más profundo, más oscuro, un fuego que nada tenía que ver con la chimenea. Le acarició la mejilla despacio, con la yema de los dedos, y sus labios rozaron los de ella suavemente, como pidiendo permiso.
—Eres lo único real que tengo —murmuró contra su boca—. Todo lo demás es mentira y sombra. Tú eres la verdad.
La besó entonces, despacio, profundo, con una urgencia contenida que la hizo temblar de pies a cabeza. No era un beso de miedo ni de despedida. Era de pertenencia, de entrega total. Sus manos la recorrieron con reverencia y deseo a la vez, despojándola de la inquietud, llenándola de la certeza de que estaban vivos, juntos, unidos contra todo. Katherine respondió con la misma intensidad, aferrándose a él, sintiendo cada roce como una promesa silenciosa. No había tratos ni mentiras ni disfraces. Solo ellos dos, desnudos ante el fuego y ante la noche, dispuestos a arder juntos antes que separarse.
Cuando se separaron, ambos respiraban agitadamente, con las frentes juntas.
—Te amo —dijo él, claro y firme, como si declarara la verdad más importante—. No importa lo que pase. No importa lo que venga. Te amo.
—Yo también te amo —respondió ella, con lágrimas en los ojos—. Con todo lo que eres.
Se durmieron abrazados, y por primera vez en mucho tiempo, el sueño fue tranquilo. Pero fuera, entre los árboles, una sombra se detuvo junto al sendero. Había visto la luz apagarse. Sabía que estaban allí. Y esperó, en silencio, con una sonrisa fría dibujada en los labios.