Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 17: SUSTO DE MUERTE
Harper Jones
A pocos metros de la puerta del baño, los dos guardias de seguridad que Mason había asignado para seguirme permanecían apostados cerca del cruce principal, hablando por sus pinganillos con la vista fija en la entrada. Confiada en que estaba en una zona segura, me ajusté la tira del tacón.
Fue en ese instante cuando una sombra densa se interpuso entre la luz de la araña de cristal y el suelo.
Un olor penetrante a whisky caro y a un perfume empalagoso me golpeó antes de que pudiera erguirme por completo. Cuando levanté la vista, me topé con un hombre alto, robusto, de unos cincuenta años, con el esmoquin desabrochado y la corbata de seda ligeramente torcida. Sus ojos, inyectados en sangre y nublados por el alcohol, me recorrieron con una lascivia descarada que me revolvió el estómago.
Lo reconocí de inmediato. Era uno de los inversionistas más pesados del sector inmobiliario que había visto antes junto a Arthur Pendelton en el centro del salón: Richard Sterling.
—Pero qué espectáculo... —arrastró las palabras con una sonrisa torcida, cerrándome el paso contra la pared de mármol—. La misteriosa señora Salvatore. Sabía que si esperaba lo suficiente cerca de este pasillo, encontraría al pajarito fuera de su jaula.
Retrocedí un paso de golpe, pero la frialdad del mármol chocó contra mi espalda.
—Señor Sterling —dije, elevando el mentón y esforzándome para que mi voz no delatara el pánico que amenazaba con paralizarme—. Con su permiso, debo regresar a la gala con mi esposo.
—¿Tu esposo? —soltó una carcajada ronca, dando un paso más hacia mí hasta quedar a menos de medio metro. El calor de su aliento alcoholizado me dio de lleno en la cara—. No me vengas con cuentos de hadas, niña. Todos en ese salón sabemos lo que eres. Una aparecida que Mason sacó del arroyo para tapar algún escándalo corporativo. Un adorno barato envuelto en seda.
—Apártese —ordené con firmeza, intentando dar un paso hacia la derecha.
Sterling reaccionó con una rapidez aterradora para alguien en su estado. Extendió su brazo masivo y apoyó la palma de la mano contra la pared, justo al lado de mi cabeza, bloqueándome la salida. Su cuerpo voluminoso me atrapó en un ángulo muerto del pasillo.
—Tranquila, preciosa. Mason no es el único que tiene dólares para quemar —murmuró, inclinándose sobre mí. La mirada se le fue directo al escote asimétrico de mi vestido—. Si supieras cuántas como tú han pasado por mis suites... Dime, ¿cuánto te pagó por el teatrito? Puedo triplicar su oferta solo por ver si esta seda se rompe fácil.
El miedo me convirtió la sangre en hielo. Mi corazón empezó a martillearme el pecho con una violencia desbocada, asfixiándome bajo el corsé ajustado.
—¡Le he dicho que se aparte de mí! —exclamé, alzando la voz para intentar llamar la atención de los guardias en la esquina, pero el sonido de la orquesta amortiguaba las voces en el tramo final del pasillo.
Levanté las manos para empujarle el pecho, pero Sterling me sujetó la muñeca derecha con una fuerza bruta que hizo que se me escapara un gemido de dolor. La presión de sus dedos fue violenta, despiadada, apretándome el hueso hasta dejarme sin fuerza en los dedos.
—No te me hagas la difícil, zorra —siseó Sterling, perdiendo la fachada de ebrio amigable. Su rostro se transformó en una máscara de arrogancia y rabia violentas—. Aquí todos sabemos qué clase de mujer eres. Vas a aprender a respetar a los hombres que pagan la fiesta.
Con la otra mano, sujetó la tela de mi vestido a la altura del hombro y me dio un tirón hacia abajo, intentando desgarrar el escote mientras me empujaba con fuerza contra el muro. El impacto de mi espalda contra la piedra me sacó el aire de los pulmones. Un pánico primario, salvaje, me quemó la garganta.
—¡Suéltame! ¡Ayuda! —grité con todas mis fuerzas, clavándole las uñas de la mano libre en el cuello.
Sterling soltó una maldición y me apretó la muñeca con más rabia, acorralándome con su peso mientras intentaba meter su mano por debajo del dobladillo de mi falda.
—¡Cállate la boca! —gruñó.
Pero antes de que su mano tocara la piel de mi muslo, una presencia formidable segó el aire detrás de él.
No hubo advertencia. No hubo palabras ni amenazas.
De repente, una mano con un guante de poder absoluto se incrustó en la nuca de Sterling. Con un movimiento brutal y carente de cualquier esfuerzo aparente, Mason Salvatore agarró al magnate por el cuello de la camisa y lo arrancó de encima de mí como si fuera un muñeco de trapo.
Sterling salió despedido hacia atrás, chocando de espaldas contra el suelo de moqueta con un impacto sordo que resonó en todo el corredor.
Me quedé pegada a la pared, jadeando fuera de control, sujetándome la muñeca magullada con la mano izquierda. Tenía las lágrimas amontonadas en las pestañas por el dolor y el susto, y el vestigio de la tela estirada en mi hombro delataba el ataque.
Cuando miré a Mason, un escalofrío mil veces más profundo que el miedo a Sterling me atravesó la espina dorsal.
Mason no parecía humano. Los ojos azules, habitualmente calculadores y fríos, estaban reducidos a dos rendijas de un fuego negro y asesino. Las venas de su cuello y de sus sienes estaban tensas como cables de acero, y la mandíbula apretada producía un chasquido perceptible. Había perdido la pajarita de seda; se la había quitado, dejando el primer botón de la camisa blanca abierto.
A su espalda, los dos guardias de seguridad llegaron corriendo con los rostros pálidos, seguidos por un grupo de invitados y ejecutivos que, alertados por mis gritos, se agolpaban en la entrada del pasillo.
Sterling, tambaleándose en el suelo, escupió un hilo de saliva e intentó incorporarse, usando la mano derecha para apoyarse en el mármol.
—¡Salvatore! —bramó Sterling, todavía cegado por el alcohol y la ira de haber sido derribado—. ¡¿Qué demonios te pasa?! ¡Esta cualquiera me atacó primero! ¡Sólo estaba poniéndola en su...!
Mason dio dos pasos metódicos.
Sin decir una sola palabra, levantó la pierna y le asestó una patada brutal en las costillas a Sterling, haciendo que el hombre se retorciera en el suelo soltando un alarido de dolor. El grupo de invitados que observaba desde el fondo ahogó un grito colectivo de horror.
—Mason... —susurré, con la voz entrecortada por el pánico de ver hasta dónde podía llegar esa furia desencadenada.
Mason ni siquiera me miró. Su atención estaba concentrada en Sterling con una fijación letal. Se agachó sobre el hombre caído con una lentitud casi de pesadilla.
Sterling, aterrorizado por la mirada de Mason, intentó arrastrarse hacia atrás, levantando la mano derecha —la misma con la que me había apretado la muñeca y desgarrado el vestido— para protegerse la cara.
—Ni se te ocurra, Mason... no sabes con quién estás... —gimoteó Sterling, con la voz quebrada por el miedo al ver la muerte en los ojos del hombre que tenía encima.
Mason extendió la mano con una precisión quirúrgica y atrapó la mano derecha de Sterling en el aire.
Le rodeó la palma y cuatro de los dedos con su agarre de hierro, bloqueándole la articulación de la muñeca contra el suelo de mármol.
—Tocaste a mi esposa —dijo Mason.
Su voz no era un grito; era un susurro grave, rasposo, cargado de una autoridad asesina que congeló el aire del pasillo. Era el tono de un ejecutor.
—¡Espera! ¡Mason, por favor! —suplicó Sterling, intentando soltarse con desesperación mientras las lágrimas de dolor le salían de los ojos.
Mason no pestañeó. Con un movimiento seco, frío y despiadado, aplicó una fuerza descomunal sobre los dedos de Sterling, doblándolos en el ángulo opuesto a su flexión natural.
Un crujido seco y desgarrador —el sonido inequívoco de huesos y cartílagos rompiéndose de forma violenta— resonó en todo el pasillo de mármol.
—¡AAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHH! —el alarido de Sterling fue un chillido agudo, inhumano, que rebotó en las paredes de la galería.
El magnate se retorció en el suelo, convulsionando de agonia mientras sujetaba con la otra mano su muñeca rota, con los dedos en una posición grotesca y deformada.
En el fondo del corredor, el grupo de la élite de Wall Street se quedó paralizado en un silencio sepulcral. Nadie se atrevió a dar un paso adelante. Nadie se atrevió a defender a Sterling. La brutalidad de la escena había pulverizado la máscara de civilización de la gala, exponiendo el verdadero monstruo que gobernaba ese imperio.
Mason se puso de pie despacio. No había un solo rasguño en su rostro. Se acomodó los puños de la camisa blanca con una calma aterradora, como si acabara de firmar un contrato rutinario. Miró a Sterling, que lloraba desconsoladamente retorciéndose en el suelo.
—Si vuelves a respirar el mismo aire que ella —dijo Mason, mirando al hombre caído como si fuera una plaga que pisar—, no te romperé la mano. Te enterraré vivo bajo tus propios edificios.
Mason se giró hacia los dos guardias de seguridad que temblaban a pocos metros.
—Sáquenlo de aquí. Y asegúrense de que la prensa no vea a este imbécil salir.
—S-sí, señor Salvatore —respondieron al unísono, abalanzándose sobre Sterling para arrastrarlo por los brazos fuera del pasillo.
Mason caminó hacia mí.
Cada uno de sus pasos retumbaba en mi pecho. Me quedé inmóvil, pegada al mármol, respirando con dificultad. El miedo a Sterling había desaparecido, sustituido por una conmoción absoluta ante la demostración de violencia salvaje que acababa de presenciar.
Cuando llegó a mi lado, la tormenta de fuego en sus ojos aún no se había apagado por completo. Me miró la muñeca derecha, donde las marcas rojas y moradas de los dedos de Sterling empezaban a florecer sobre mi piel pálida. Luego miró el rasgón en la seda de mi hombro.
Un músculo en su mandíbula volvió a contraerse con rabia.
Extendió la mano. Por un segundo temí que me tocara con la misma brusquedad, pero sus dedos rozaron la tela de mi vestido con una delicadeza desconcertante. Acomodó la seda sobre mi hombro para cubrir el desgarro, asegurándose de que nada de mi piel quedara expuesta ante los ojos de los chismosos que miraban desde lejos.
—¿Te hizo algo más? —preguntó. Su voz era baja, rasposa, pero había un matiz oscuro e impenetrable en su tono.
Negué con la cabeza, aunque un temblor incontrolable me sacudía los hombros.
—No... llegaste antes —conseguí articular con un hilo de voz.
Mason se quitó la chaqueta del esmoquin en un movimiento fluido y me la colocó sobre los hombros. La prenda, impregnada de su aroma a madera, tabaco y su propio calor corporal, me envolvió por completo, pesada y protectora, cubriendo las marcas de mi cuerpo y el rasgón de la seda.
Me pasó el brazo por la cintura, sujetándome con una firmeza que no me permitió dudar.
—Nos vamos —ordenó.
Nos dimos la vuelta para salir del pasillo. Los invitados que abarrotaban el cruce se abrieron en canal de inmediato, retrocediendo dos pasos con los rostros pálidos y las miradas llenas de un terror absoluto hacia el hombre que me llevaba tomada del costado. Nadie dijo nada. Nadie intentó detenernos.
Cruzamos el gran salón de la gala bajo un silencio sepulcral que aplastó la música de la orquesta. La élite de Wall Street nos vio pasar como si viéramos a un rey tirano y a su prisionera atravesar las ruinas de una conquista.
Sostuve la mirada erguida, envuelta en la chaqueta de Mason, con el dolor de mi muñeca latiendo al ritmo de mi corazón. Sabía que esta noche lo había cambiado todo.
Mason Salvatore no solo me había reclamado en el vestidor; le había mostrado al mundo que cualquiera que intentara destruirme respondería ante su propia brutalidad.
Y la certeza de que este hombre aterrador estaba dispuesto a pulverizar el mundo por mantener su dominio sobre mí me hizo comprender que la jaula en la que estaba encerrada era infinitamente más peligrosa de lo que jamás había imaginado.