Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.
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CAPITULO 4. UNA BOCANADA DE AIRE FRESCO
Hay mañanas en las que el peso de la responsabilidad corporativa se siente el doble de pesado sobre los hombros. El lunes había comenzado de esa manera, con una pila de informes de mercado sobre mi escritorio y una lista interminable de correos electrónicos por responder. Sin embargo, no eran los números ni las estrategias de expansión lo que me tenía con el ceño fruncido mientras contemplaba el horizonte de la ciudad a través del enorme ventanal de mi oficina. Lo que verdaderamente me amargaba el día era el mensaje de texto que había recibido apenas una hora antes por parte de Clarisa. En él, me adjuntaba la fotografía de un salón de banquetes extravagante y pretencioso, acompañado de un texto que decía: "O sea, gordi, este tiene que ser el lugar para la fiesta de compromiso. El cubierto es carísimo, así que a tus amigos les encantará". Sentí una punzada de dolor de cabeza instantánea. A ella no le importaba el significado del matrimonio, ni el compromiso, ni mucho menos mis gustos; solo le importaba el estatus, el precio de las cosas y aparentar frente a su círculo de amistades tan vacías como ella.
Solté un suspiro cargado de frustración y me froté las sienes, intentando apartar aquellos pensamientos de mi mente. Tenía una empresa que dirigir y problemas reales que resolver. El día anterior, el señor Martínez, nuestro veterano jefe de contabilidad, me había presentado formalmente su carta de jubilación anticipada debido a problemas de salud. Era una baja sensible para la organización, ya que Martínez había cuidado de las finanzas de la fábrica con una lealtad intachable durante más de tres décadas. Sin embargo, antes de marcharse, me había dejado una recomendación muy firme sobre su mesa. Se negaba rotundamente a que buscáramos a un consultor externo para ocupar su puesto. En su lugar, me había entregado el expediente de su asistente personal, una joven llamada Christine. Martínez me aseguró que la chica poseía una mente brillante para los números, una honestidad a toda prueba y que conocía los balances de la fábrica mejor que él mismo. Tras revisar su historial académico y su impecable rendimiento de los últimos dos años, decidí confiar en el criterio de mi viejo empleado y autorizar su ascenso inmediato.
Se suponía que la joven subiría a mi despacho a primera hora para firmar el nuevo contrato de manera oficial. Mientras esperaba, me dediqué a repasar las proyecciones presupuestarias para el próximo trimestre, pero mi concentración se vio interrumpida por tres golpes suaves, casi tímidos, en la puerta de madera de roble.
—Adelante —dije, utilizando mi habitual tono firme y profesional de negocios.
La puerta se abrió despacio y una joven cruzó el umbral. En ese mismo instante, el ambiente tenso y cargado de mi oficina pareció aligerarse de golpe. Era ella, Christine. La había visto un par de veces de pasada cuando yo bajaba a supervisar la planta de producción, pero la distancia y el bullicio del lugar nunca me habían permitido detallarla de verdad. Al verla entrar y cerrar la puerta tras de sí, me quedé mirándola fijamente por un momento, gratamente sorprendido por su presencia.
Christine vestía con una sencillez absoluta que resultaba refrescante en un entorno tan lleno de trajes de diseñador y joyas llamativas. Llevaba unos pantalones oscuros de vestir, una blusa azul cielo que contrastaba hermosamente con su piel y el cabello castaño pulcramente peinado. No llevaba grandes accesorios, ni capas exageradas de maquillaje, ni emanaba ese perfume empalagoso y caro que Clarisa solía usar para anunciar su llegada a tres calles de distancia. Christine irradiaba una belleza natural, limpia y sumamente elegante. Pero lo que más me llamó la atención no fue su físico, sino su mirada. A pesar de que se notaba a leguas que estaba nerviosa —pues mantenía las manos entrelazadas con fuerza—, me sostuvo la mirada con unos ojos almendrados que reflejaban una inteligencia vivaz y una determinación de hierro. No había rastro de la altanería pretenciosa a la que estaba acostumbrado en las mujeres de mi entorno social; en ella solo había una honestidad transparente.
—Buenos días, señor Rubén. Soy Christine, de contabilidad —dijo con una voz suave pero sorprendentemente firme, dando un paso decidido hacia mi escritorio.
Dejé los documentos que tenía entre las manos de inmediato. Me levanté de mi asiento, rodeé el imponente escritorio de cristal y caminé hacia ella. Al estar frente a frente, me percaté de que era bastante más baja que yo, lo que la obligaba a inclinar sutilmente la cabeza hacia arriba para no perder el contacto visual conmigo. Aquella cercanía me permitió notar la seriedad profesional con la que asumía el momento. Extendí mi mano derecha hacia ella con educación.
—Buenos días, Christine. El señor Martínez me ha hablado maravillas de ti —le aseguré, intentando que mi tono fuera lo suficientemente cálido como para transmitirle confianza.
Cuando nuestras manos se unieron en un saludo, experimenté una sensación completamente extraña e inesperada. Su agarre fue firme, lo que demostraba que, a pesar de su juventud y del imponente entorno ejecutivo, no se dejaba intimidar fácilmente. Pero en el instante en que mi piel entró en contacto con la suya, una especie de descarga eléctrica, un calor súbito y repentino, subió por todo mi brazo, haciéndome tensar los músculos por la sorpresa. Fue un segundo de una conexión tan intensa que me obligó a parpadear para recuperar la compostura. Ella pareció notar algo similar, pues vi cómo sus ojos se abrían un poco más antes de soltar mi mano de manera educada.
—Por favor, toma asiento. Tenemos mucho de qué hablar sobre el futuro del departamento —añadí, regresando a mi sillón ejecutivo mientras ella se acomodaba con elegancia en una de las sillas de cuero frente a mí.
Durante los siguientes cuarenta minutos, Christine me demostró que los elogios del señor Martínez se quedaban cortos. Abrimos las carpetas de los presupuestos y la vi desenvolverse con una soltura magistral. Explicaba cada balance de situación, cada coste de producción y cada desviación de la planta alimentaria con una precisión matemática que me dejó verdaderamente impresionado. No dudaba, no titubeaba. Cuando le planteé mis dudas sobre el incremento de los costes de una de las materias primas importadas, no se limitó a darme una respuesta genérica; me ofreció tres alternativas viables de optimización fiscal que ni siquiera a mis asesores financieros de la planta principal se les habían ocurrido.
Mientras ella hablaba con pasión sobre hojas de cálculo y optimización de recursos, yo no podía evitar observarla con creciente admiración. Era fascinante ver a una mujer tan joven con esa capacidad analítica y ese compromiso con su labor. De manera inevitable, una odiosa pero realista comparación cruzó por mi mente. Pensé en Clarisa. Si a Clarisa le pusieras delante un balance de pérdidas y ganancias, probablemente pensaría que se trata de un folleto de alguna tienda de calzado o una lista de deseos para su próximo cumpleaños. Clarisa no sabía lo que era esforzarse por conseguir un logro, no entendía el valor del trabajo duro ni tenía la menor aspiración de ser útil en la sociedad. Christine, en cambio, se había ganado aquel puesto a base de puro talento y dedicación. Era una mujer hecha a sí misma, una profesional brillante que no necesitaba de un apellido ni del dinero de nadie para brillar con luz propia.
Cuando terminamos de revisar los documentos, deslicé el nuevo contrato de jefa de contabilidad hacia su lado del escritorio, junto a una pluma estilográfica de alta gama.
—Aquí tienes, Christine. Tu nuevo contrato, con el ajuste salarial correspondiente a tu nuevo cargo y las bonificaciones por objetivos del departamento. Solo falta tu firma para que sea oficial —le dije, observando cómo un brillo especial de absoluta emoción y alivio iluminaba su rostro al leer las cláusulas económicas. Por un momento, me pareció que contenía el aliento, como si aquel aumento de sueldo significara algo vital para ella, mucho más allá de un simple capricho material.
Ella tomó la pluma y firmó el documento con una caligrafía clara y decidida. Al levantar la mirada hacia mí, me dedicó una sonrisa genuina, amplia y hermosa que me desarmó por completo.
—Muchas gracias por la oportunidad, señor Rubén. Le aseguro que no se va a arrepentir de haber confiado en mí —afirmó con una gratitud que se sentía real, sin falsedades.
—No tengo dudas de ello, Christine. El departamento queda en excelentes manos —respondí, sosteniéndole la sonrisa mientras ella se ponía de pie y recogía sus carpetas.
Cuando la vi caminar hacia la salida y abandonar mi oficina, me quedé sentado en silencio durante varios minutos. La habitación se sentía extrañamente vacía tras su partida. Por primera vez en muchos meses, la pesadilla de mi compromiso matrimonial con Clarisa no parecía ocupar todo el espacio de mis pensamientos. Christine se había marchado, pero había dejado una huella imborrable en mi despacho y una sensación extraña en mi pecho que no lograba descifrar. El destino nos había unido en esa oficina por motivos estrictamente laborales, pero muy dentro de mí, sentí la fuerte corazonada de que esto era solo el principio de algo mucho más grande.