Nadie te advierte sobre la gravedad de las pequeñas cosas.
En los libros y en las películas, el amor se mide en grandilocuencias: carreras bajo la lluvia a través de un aeropuerto, declaraciones apasionadas frente a una multitud, bailes a la luz de las velas con música de cuerdas resonando de la nada. Te enseñan a buscar la chispa, el momento cinematográfico donde dos miradas se cruzan y el universo entero parece guardar silencio.
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Capítulo 18: La Tregua del Balcón.
Si el orgullo tuviera una forma física, mediría exactamente un metro con ochenta y cinco centímetros, llevaría un traje de diseñador arrugado y estaría dando vueltas como un león enjaulado en la terraza del apartamento de Valeria y Leo.
Sebastián irrumpió en el edificio de su mejor amigo a las cinco de la tarde con el dramatismo de quien acaba de presenciar el fin del mundo. Había rechazado la reunión con el equipo legal, ignorado tres llamadas de la junta directiva y conducido por la ciudad sintiéndose el hombre más miserable, celoso y torpe del hemisferio occidental.
—¡Es que no fue un apretón de manos normal, Leo! —exclamó Sebastián por quinta vez, agitando las manos en el aire mientras caminaba de un extremo a otro del diminuto balcón del 4B.— ¡Se las sostenía! ¡Con las dos manos! ¡Y ella se reía! ¡Camila no se ríe así con cualquiera!
En la barra de la cocina, Leo observaba la escena mientras picaba tranquilamente una cabeza de ajo con precisión de cirujano. A su lado, Valeria tomaba notas en su laptop, ajustándose los lentes con una paciencia milimétrica.
—Seba, amigo, respira —dijo Leo, dejando el cuchillo sobre la tabla—. Estás a dos hiperventilaciones de desmayarte sobre mis macetas de albahaca. Además, por lo que nos contaste, el tipo resulta ser su amigo de la universidad que le estaba ofreciendo una entrevista de trabajo.
—¡Un amigo que acaba de llegar de España con acento pretencioso y modales de galán de telenovela! —protestó Sebastián, tirándose del cabello—. ¡Me miró como si yo fuera un cavernícola!
—Bueno... es que actuaste exactamente como un cavernícola en traje de tres piezas —intervino Valeria sin levantar la vista de la pantalla—. Interrumpiste una reunión profesional, la marcaste como territorio frente a un desconocido y la acusaste de coquetear a tres metros de una cafetería pública. Si yo fuera Camila, te habría tirado el capuchino caliente en la cara en lugar de solo dejarte hablando solo en la acera.
Sebastián se detuvo en seco y miró a Valeria como si ella acabara de apuñalarlo con una regla de medir.
—¿De qué lado estás, Val? —protestó él, poniéndose una mano en el pecho—. Vine aquí buscando apoyo moral, no un diagnóstico clínico de mis defectos.
—Estoy del lado de la lógica —respondió ella con serenidad—. Camila ha estado semanas buscando una oportunidad laboral por su cuenta porque no quiere depender de ti ni de tus influencias. Llega un amigo del pasado, le ofrece una puerta de entrada legítima y tú llegas arrollando todo como un tanque de guerra. Arruinaste su momento, Sebastián.
Sebastián se dejó caer en una de las sillas del balcón, pasando las manos por su rostro. El pánico genuino reemplazó finalmente a la rabia.
—La arruiné... —murmuró, con la voz apagada—. Me miró con una decepción que me partió el alma. Me dijo que si voy a hacer esas escenas cada vez que hable con un hombre, no tiene nada que hacer conmigo. Leo, ¿qué hago? Si la pierdo por esto, me muero.
Leo sirvió tres vasos de limonada con menta y caminó hacia el balcón, entregándole uno a su amigo.
—Primero, te calmas. Segundo, dejas de actuar como el "dueño del mundo" por cinco minutos y reconoces que te equivocaste feo. Y tercero, activamos la Operación Des-celos.
—¿'Operación Des-celos'? —preguntó Sebastián, arrugando la frente—. ¿Qué es eso?
—Un plan de rescate digno de un tipo que metió las dos patas en el barro —explicó Leo con una sonrisa entusiasta—. Valeria y yo somos expertos en crisis de convivencia y malentendidos tontos. Si pudimos sobrevivir a una inundación de agua helada a las seis de la mañana y a una guerra por la pasta de dientes, podemos salvar tu relación de un ataque de celos estúpido.
—¿Y cuál es el plan? —preguntó Sebastián, aferrándose al vaso de limonada como si fuera un salvavidas.
Valeria cerró la laptop de golpe y se unió a ellos en el balcón.
—El plan consiste en humildad pura y dura —sentenció ella—. Nada de flores gigantes en su departamento ni serenatas ridículas. Camila no es de las que se compran con gestos dramáticos. Necesita ver que entiendes por qué te equivocaste y que respetas su independencia.
—Paso uno —tomó la palabra Leo, señalándolo con un dedo—: vas a llamar a Mateo.
—¡¿A Mateo?! —Sebastián casi escupe la limonada—. ¡Ni loco! ¡Ese sujeto representa todo lo que detesto en este momento!
—Vas a llamarlo, le vas a disculpar como un caballero maduro por el espectáculo en la calle y le vas a pedir que, por favor, no cancele la entrevista de trabajo de Camila. Le vas a demostrar a ella que su carrera te importa más que tu ego de macho herido.
Sebastián tragó saliva. La sola idea de pedirle disculpas al tipo de la cafetería le retorcía el estómago, pero al recordar la mirada de enfado y dolor en los ojos de Camila, su resistencia se desintegró por completo.
—Está bien... —aceptó en un suspiro amargo—. Lo haré. ¿Y el paso dos?
—El paso dos es prepararle una cena aquí, en nuestro departamento —anunció Leo con una chispa de emoción en los ojos.— Un ambiente neutral, sin la presión de tu penthouse ostentoso. Yo me encargo del menú; tú te encargas de pedir perdón con el corazón en la mano y sin excusas.
—¿Ustedes harían eso por mí? —preguntó Sebastián, mirando a la pareja con una mezcla de gratitud y sorpresa.
—Lo hacemos por Camila, para que no tenga que aguantar a un novio neurótico el resto de la semana —bromeó Valeria, dedicándole una sonrisa tibia—. Y porque Leo necesita un pretexto para usar los platos nuevos.
Sebastián soltó una risa corta, la primera en todo el día. Se puso de pie, sacó el teléfono del bolsillo del saco y miró a sus dos amigos.
—Vale. Consíganme el número del tal Mateo. Voy a tragarme el orgullo antes de que se me enfríe el café.
En el balcón del 4B, mientras la tarde caía sobre la ciudad, Sebastián marcó el número con manos temblorosas, aprendiendo por primera vez en su vida que el verdadero amor no consistía en marcar territorio, sino en saber bajarse del pedestal a tiempo.